miércoles, 19 de marzo de 2025

Amor eterno

          Sabía que aquello la condenaba a una vida de oscuridad. Que no era la vida eterna lo que le estaba ofreciendo, era una muerte sin fin. La estaba condenando a ser una sombra. Era posible que maldijera haberle conocido, pero no se sentía capaz de renunciar a ella.

          Cuando comenzó sus estudios de niño se sentía fascinado por la longevidad de algunos animales. Apuntaba en cuadernos fichas técnicas de cada uno de ellos con la meticulosidad de un científico cuando todavía tenía el rostro lleno de acné y un bigote prepúber asomando bajo su nariz como una procesión de hormigas.

          En uno de los apartados especificaba claramente el tiempo de vida de cada uno de ellos. Cuando alguna de sus mascotas fallecía, en lugar de guardarle duelo como cualquier niño a su edad, él iba a su libreta y abría una nueva ficha. Nadie tuvo ninguna duda de que su camino en la vida sería el estudio de la biología. 

          Cuando terminó la carrera se especializó en conquiliología, es decir, en el estudio de las conchas de los moluscos. Había leído un artículo científico en una de las revistas a las que estaba suscrito desde adolescente en el que aseguraban que la almeja de Islandia podía sobrepasar los quinientos años de vida. Eso suponían más de cinco generaciones actuales de un ser humano.

          Comenzó de esta forma en obsesionarse con encontrar la forma de alargar la esperanza de vida de las personas. Sin embargo, todos los estudios por costosos eran insostenibles sin una financiación que no conseguía. Había dejado de lado incluso su vida personal. Vivía con sus padres, pero en realidad solo coincidía con ellos en el desayuno ya que la mayoría de las veces se olvidaba de salir de su cuarto para comer, sumergido en aquel microscopio.

         Cuando por fin consiguió una beca de investigación para pasar una temporada en Islandia, tuvo que buscar un pequeño equipo que lo siguiese. Aunque era con los gastos cubiertos, pocos eran los que se apuntaban a hipotecar sus vidas durante al menos cinco años. Sin embargo, ella se apuntó sin pestañear. Sin saber siquiera cuánto tiempo sería. Había sido la última en unirse al equipo y, a pesar de ello, era la más entusiasta de la idea de partir cuanto antes.

        La soledad del lugar y aquella pasión común hizo que ambos se sintieran uno. Las condiciones eran terribles y ya habían perdido a uno de los técnicos en un desgraciado accidente. Incluso ellos mismos habían perdido un dedo del pie cada uno por congelación. Nada iba a alejarlos de allí, incluso aunque la estancia de la beca se acabase, ellos se juraron no regresar nunca a casa.

         Por eso cuando aquella mañana, ella no despertaba y su respiración era casi un hilo de fino aliento, él creyó volverse loco. Habían conseguido extraer parte de uno de los aminoácidos de la cadena de ADN de aquellos moluscos y sintetizándolo lo habían metido en pequeñas cápsulas que les enviaban desde Oslo. Habían pedido un primer envío de un millar de cápsulas esperando que, en unos meses, cuando ella se recuperase de aquella pulmonía, pudieran presentar su descubrimiento en diversas compañías farmacológicas y que pasasen a la fase I de experimentación.

          Por desgracia, el tiempo de ella se agotaba y él se negaba a moverse de allí. Cuando al amanecer vio el color violáceo de sus labios supo que su tiempo se acababa. Sin pensárselo introdujo en la garganta de ella uno de aquellos comprimidos. Repitió el proceso cada día durante los cuatro siguientes años hasta que un infarto prematuro acabó con su vida. Cuando lo encontraron dentro de aquella rústica construcción de piedra, su cuerpo reposaba sobre una enorme piedra con forma de cuerpo humano. Ella se había convertido en el nuevo ser vivo con mayor longevidad de la historia, pero nunca nadie lo supo.


miércoles, 12 de marzo de 2025

El final

        La sombra del cuerpo balanceándose a medio metro del suelo fue lo primero que le llamó la atención al entrar aquella mañana en el desván de la vieja casa que había heredado de sus ya difuntos padres.

         El quejido del travesaño de madera de la viga central de aquel alto techo hizo que su piel se erizase. Al levantar la vista hacia el origen de aquel sonido se encontró con el rostro azulado de aquel junto al que había compartido los últimos veinte años de su vida. Tenía la boca abierta en una tétrica mueca, dejando a la vista la inflamada lengua.

            No pudo gritar. Se quedó allí de pie con el nudo de la angustia instalado en la garganta.

          Aquella semana había sido la peor de su vida y este parecía el final más justo para todos. Después de todo ya no tenían cabida en aquella casa las risas y el amor que hubo años atrás.Volvió al piso de abajo y puso la vieja tetera al fuego. Mientras el agua hervía, se preparó unas tostadas. Puso la mesa con el mantel que tenía para las ocasiones especiales. En el comedor sonaba More of you, de Chris Stapleton. Aquella melodía que bailó abrazada al pecho del que se convertiría apenas unos meses después en su marido. Allí había comenzado todo.

         Habían sido unos años maravillosos. Al escuchar aquella melodía volvieron a su mente cientos de momentos que se movían a cámara lenta. Entre ellos estaban aquel primer beso robado durante el festival de último curso del instituto, el día que le había pedido matrimonio o el nacimiento de Elías.

       Elías, su hijo. Aquel niño que había llegado a completar su felicidad. Dando pequeños pasos se acercó al aparador junto a la chimenea. Allí, como si de un pequeño altar se tratase, tenía fotos del niño. En aquellas instantáneas se habían quedado plasmados los grandes logros del pequeño. Mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios una cristalina lágrima descendía lastimosamente por su rostro.

        Uno de aquellos momentos fue el día que aprendió a montar en bicicleta. Aquella maldita bicicleta. Volvió a la mesa del comedor con una de aquellas fotos. La que plasmaba la caída de su primer diente. El pequeño sonreía con orgullo mostrando aquel vacío en su impoluta dentadura.

      Posó el marco de la foto delante de ella para que le hiciera compañía. Aquella balada dejó paso a otra en la que Stapleton le decía a su amor que era su trébol de cuatro hojas. Ella sonreía de forma triste. Suerte, eso era lo único que nunca habían tenido.

      Desde niña, cuando sus padres discutían, se había acostumbrado a sonreír enterrando sus lágrimas en lo más profundo de su pecho. Esa forma de actuar se había convertido en su modo de vida. No ignoraba los problemas, ella sabía que estaban ahí, pero creía que, si no se quejaba, si no interfería, los problemas poco a poco se solucionarían. Por eso no hizo nada cuando su marido empezó a llegar a casa apestando a alcohol y a perfume barato de mujer.

     Aquello se convirtió en un hábito todos los viernes por la noche. Después fueron dos días por semana y al final ya no le esperaban nunca para cenar. Ella había renunciado a su trabajo como maestra de Historia por cuidar de su hijo. Había resultado ser un pequeño muy brillante y sociable. Aquella tarde habían invitado a Elías a un cumpleaños. Habían quedado todos en casa de Xandra a las cinco de la tarde. 

      Ella estaba vistiéndose mientras el pequeño insistía en que llegarían tarde. “Dame un minuto” fue lo último que alcanzó a decirle mientras se calzaba. Un último vistazo frente al espejo con la esperanza de que hubiera conseguido disimular las oscuras bolsas de sus ojos tras pasar la noche en vela llorando, esperando a su marido que aún no había vuelto a casa desde el día anterior. Mientras se aplicaba un poco brillo escuchó un frenazo en seco y un golpe metálico. Corrió escaleras abajo. No necesitaba verlo. Su corazón de madre había dejado de latir en ese momento. Las madres saben esas cosas.

     Su marido, completamente borracho volvía a casa con su destartalado Volvo haciendo eses por la carretera. Le costaba mantener el rumbo a su casa debido a lo borroso que veía. Había perdido el trabajo hacía unos meses y no era capaz de decírselo a su mujer. En lugar de ello, iba al club de carretera Christis y bebía hasta asegurarse de que ella estaría ya dormida. No soportaba ver su cara de decepción. 

       Estaba a unos veinte metros de su casa, bajó la mirada para tratar de coger el mando de apertura del garaje cuando al volver a enfocar la vista, el brillo del manillar de una pequeña bicicleta por el medio de la carretera lo asustó. Frenó todo lo rápido que le permitieron sus aletargados reflejos. El golpe seco y el balanceo del coche al pasar sobre la bicicleta le heló la sangre.

      Cuando la policía entró en la vivienda encontró el cuerpo de una mujer tumbado en el sofá abrazada a una fotografía con ambas muñecas cortadas. En el desván estaba el marido. Su vecina y amiga acudía a menudo a ver cómo estaba. Supo que algo no iba bien cuando nadie había contestado al timbre.