miércoles, 15 de octubre de 2025

El despertar


          No tengo buen despertar, eso es así. No se lo había advertido ni una ni dos veces, no ha sido culpa mía y ahora, sin embargo, soy yo el que tiene que pensar qué hace con su cuerpo sin vida.

         En mi defensa quisiera poder decir que lo lamento, pero todavía fluye hambrienta la adrenalina por mi torrente sanguíneo. La misma que me llevó a seguir golpeándole cuando sus ojos de sorpresa habían perdido ya la vida y yacían inertes en el suelo.

        De niño me habían hecho decenas de estudios del sueño tratando de descubrir por qué me ocurría esto. Mi madre fue la primera en descubrir las consecuencias de tratar de despertarme cuando estaba sumido en un sueño profundo.

     Algunos neurólogos habían intentado poner distintos nombres a lo que me ocurre, pero unos desmentían a otros y el resultado final fue que mis padres se quedaron sin dinero y sin ganas de seguir experimentando con mi cerebro. Así que optaron porque fuera mi padre el que me despertase a voces desde la puerta de mi habitación. Cuando llegué a la adolescencia, me regalaron un despertador y así evitaban entrar. 

       Soy un adulto funcional, trabajo, soy ordenado y los que me conocen pueden decir que jamás me han visto enfadado ni levantando la voz. Sin embargo, mis sueños son terribles. Oscuros. 

        Cada vez que me despierto noto que el corazón se me va a salir del pecho a través de mi garganta. Mi respiración está entrecortada y creo sentir que me ahogo. Es entonces cuando se activa mi instinto de supervivencia, a cualquier coste. Es un sentido animal. Siento un fuego dentro de mí que solo quiere protegerme.

       Había escuchado a mi madre decirle en diversas ocasiones a sus amigas que cuando me despertaba siendo yo un niño mi mirada era otra, parecía una fiera, un desconocido ante los ojos de una madre que no entendía quién o qué había tomado el cuerpo de su hijo convirtiéndolo en aquello.

       Por esto nunca he podido ir a un campamento de verano ni me he quedado en casa de ningún amigo a dormir. De adulto, las cosas no mejoraron y procuraba siempre, después del sexo, esperar a que mi acompañante se durmiera para escabullirme y salir de allí buscando cobijo en mi tranquila casa. Aquello me llevó a ser considerado un insensible o alguien que rehuía del compromiso.

      Los años han ido pasando y todo el círculo de amigos se han ido casando y comprometiendo. Yo había conseguido mantener mi primera relación seria. Llevábamos más de un año juntos y ella no dejaba de reprocharme que nunca me quedaba a dormir en su casa ni le invitaba yo a quedarse en la mía.

      Le había explicado mi problema y ella, entre risas, no se lo creía. Me llamaba exagerado y por desgracia mis padres ya no podían constatar lo que le estaba confesando y que mi hermana no me quisiera coger el teléfono tampoco le dio una señal de que algo en mi cabeza no estaba bien.

      Me prometió que no iba a pasar nada, que ella cuidaría de mis sueños. Yo lo intenté y le dije que estaba bien, que ese fin de semana lo probaríamos. Fue un día increíble que cerramos con un sexo de esos que merecen salir en una película. Nuestros cuerpos, desnudos y sudados, se enredaban el uno en el otro hasta que noté su respiración pausada indicándome que se había dormido.

       El momento había llegado. Solo tenía que cerrar los ojos y dejarme arrastrar al sueño. Habíamos pautado que era mejor así en fin de semana para que no fuera necesario poner el despertador ni levantarse de forma brusca. Simplemente abriría los ojos y ella seguiría allí, abrazada a mí. No me parecía un mal despertar la verdad.

       Me costó al menos dos horas conseguir dormirme. Al ver que el miedo me desvelaba decidí jugar a respirar al ritmo de ella, tan suave, tan pausado. Cuando ella cogiese aire yo lo haría también y cuando ella lo expirase la imitaría. Aquello me sirvió, poco a poco mi cerebro fue meciéndose en el sueño.

     Me veía a mí mismo, de niño. Llevaba mis viejas Converse rojas. Jugaba con mi balón de baloncesto entre los coches amontonados del desguace de mi padre. Caminaba despacio botando el balón y escuchaba entre el ruido amortiguado de aquel caucho, el ruido de algo que arañaba el interior de motor de un viejo Peugeot gris. Pensé que serían ratas, no era la primera vez que las oía, pero aquella forma rabiosa de rascar no podían provocarla las minúsculas patas de un roedor. Me acerqué despacio…dejé el balón el suelo que rodó muy lejos de allí. 

      Mis rodillas tocaban la fría defensa metálica del coche. Quería salir corriendo de allí y, sin embargo, mirando hacia abajo, vi cómo mis manos abrían al capó del vehículo. En décimas de segundo un enorme perro lobo saltó hacia mi cara, yo cerré el puño con todas mis fuerzas y golpeé al animal con intención de matarlo.  

       Ahora ella yacía allí, en medio del suelo de mi habitación con la mandíbula rota y un enorme charco de orina que salía de su interior. Se había levantado al baño, pero para mí, había salido del interior de aquel coche.


miércoles, 1 de octubre de 2025

Los noto

          Cierro los ojos y los noto moverse bajo mi piel. Al principio, intenté ignorarlo. “Es efecto de las pastillas para el pelo” pensé. Aquellas malditas gominolas que me prometen frenar la caída. Supuse que mi cabeza me picaba porque era normal que los pelos nuevos al salir irritasen el cuero cabelludo. Es más, llegué a sentirme esperanzada cada vez que sentía esa sensación de picor. Volvía mi larga melena a querer brotar. Nada más lejos de la realidad.

         Esa sensación de picor se fue extendiendo por todo el cuerpo. Dentro de mí seguí tranquilizándome, pensando en que hay poros por todo el cuerpo y, aunque las mujeres no tenemos el vello tan fuerte como los hombres, también tenemos. Así que intentaba no rascarme para no dejarme las piernas como si me hubiera cruzado con un tigre por el pasillo de mi casa.

         Mis amigos me decían que me notaban más seria, que muchas veces parecía distraída mientras me hablaban. Realmente me costaba mucho no clavar las uñas en mi piel y tratar de calmar aquel picor, pero todos sabemos que rascarnos puede llevar a una irritación de la piel que haga que nos pique más así que intentaba pensar en otra cosa, todo ello mientras veía a mis acompañantes mover la boca y yo era consciente de que no me estaba enterando de los últimos cotilleos de sus trabajos o parejas.

        Cuando por fin me atreví a pedir cita al médico sentí vergüenza de estar allí por algo que, seguro que no era más que una tontería, sin embargo, después de cambiar la marca de gel a uno especial para pieles atópicas y de dejar las puñeteras vitaminas, seguía notando aquella picazón en la piel que no me dejaba dormir apenas. Sentada en la sala de espera, miraba a ambos lados, reconocía a prácticamente todos, aunque no consiguiera recordar sus nombres. Sabía que la mujer mayor que me sonreía desde la silla más alejada a mí llevaba muchos años encogida por una artritis que había ido retorciendo su cuerpo, llevaba años padeciendo un dolor del que jamás se quejaba.

         Uno de los hijos de mis vecinos, llevaba el brazo en cabestrillo por lo que deduje que la sesión de patinaje de ayer en el bordillo delante de casa no terminó bien. Debió de callarse toda la noche para no recibir la bronca de su nerviosa madre, sin embargo, los dedos hinchados como chorizos ya no podían ocultarse más. 

         Así, uno tras otro, casos médicos que requerían una atención más urgente que la mía, o al menos eso pensé. Allí sentada trataba de no rascarme compulsivamente por no parecer enferma de alguna enfermedad contagiosa que diese lugar a la extensión de un rumor infundado por el pueblo.

         Algo no iba bien, y era posible que, aunque no fuera contagioso, tampoco era bueno. Se había ido extendiendo y apenas había un centímetro de mi piel que no me picase como si fuego en lugar de sangre corriese bajo mi epidermis.

         Cuando entré en la consulta, la mirada cansada de mi doctor me hizo arrepentirme de inmediato de haber pedido la cita. Me sentía avergonzada si salía de allí con una receta de una cremita calmante, pero la verdad es que estaba asustada. Mucho.

         Mientras le contaba mis síntomas, él escribía en el ordenador sin mirarme siquiera. Me pidió que me sacase la ropa para observar mi piel y volvía al ordenador a escribir. Algo leía y negaba con la cabeza y volvía a la camilla donde el roce del papel que la cubría hacía que mis ganas de arañarme entera crecieran.

        Me solicitó varias pruebas y me citó hace dos días para hablar de los resultados. Cuando me llamó por teléfono para adelantar la cita me asusté. Siempre me habían dicho eso de “si tuvieras algo, te llaman por teléfono”, yo pensaba que era una leyenda urbana, pero allí estaba de nuevo en la sala de espera.

       Al entrar, noté preocupación en su rostro. Me pidió que me sentase y está vez sí que me miraba directamente a los ojos. Junto a él, por primera vez desde que acudía a su consulta, había otro médico que se presentó como un especialista en procesos infecciosos del sistema digestivo. No entendía nada.

       —¿Le gusta el sushi? —comenzó mirándome fijamente para analizar mi expresión. 

        No entendía el porqué de aquella pregunta. No era momento de ligar o de hablar de cosas banales. El hecho de que tuvieran que darme la noticia dos médicos acerca de qué me ocurría ya era bastante inquietante. Sin embargo, asentí. Con el cambio de horario en los turnos de la oficina, apenas me quedaba tiempo para ir a casa, comer de forma ordenada y volver a tiempo al trabajo, así que disfrutaba muy a menudo de aquel manjar oriental en el Sushi Island que habían abierto allí cerca.

        —¿Qué tiene eso qué ver con lo que me pasa? —pregunté irritada.

        —Verá…padece usted de parasitosis intestinal —leyó el informe como si aun no pudiera creérselo.

        —¿Cómo? —pregunté sin entender.

    —Tiene el cuerpo lleno de larvas, habitualmente es algo producido por comer pescado crudo contaminado. 

       Siguió hablando y me dio una retahíla de recetas con el tratamiento y las citas a seguir. Llevo dos días tumbada en la cama con la mirada fija en el techo atenazada por el pánico al sentirlos moverse bajo mi piel.