No tengo buen despertar, eso es así. No se lo había advertido ni una ni dos veces, no ha sido culpa mía y ahora, sin embargo, soy yo el que tiene que pensar qué hace con su cuerpo sin vida.
En mi defensa quisiera poder decir que lo lamento, pero todavía fluye hambrienta la adrenalina por mi torrente sanguíneo. La misma que me llevó a seguir golpeándole cuando sus ojos de sorpresa habían perdido ya la vida y yacían inertes en el suelo.
De niño me habían hecho decenas de estudios del sueño tratando de descubrir por qué me ocurría esto. Mi madre fue la primera en descubrir las consecuencias de tratar de despertarme cuando estaba sumido en un sueño profundo.
Algunos neurólogos habían intentado poner distintos nombres a lo que me ocurre, pero unos desmentían a otros y el resultado final fue que mis padres se quedaron sin dinero y sin ganas de seguir experimentando con mi cerebro. Así que optaron porque fuera mi padre el que me despertase a voces desde la puerta de mi habitación. Cuando llegué a la adolescencia, me regalaron un despertador y así evitaban entrar.
Soy un adulto funcional, trabajo, soy ordenado y los que me conocen pueden decir que jamás me han visto enfadado ni levantando la voz. Sin embargo, mis sueños son terribles. Oscuros.
Cada vez que me despierto noto que el corazón se me va a salir del pecho a través de mi garganta. Mi respiración está entrecortada y creo sentir que me ahogo. Es entonces cuando se activa mi instinto de supervivencia, a cualquier coste. Es un sentido animal. Siento un fuego dentro de mí que solo quiere protegerme.
Había escuchado a mi madre decirle en diversas ocasiones a sus amigas que cuando me despertaba siendo yo un niño mi mirada era otra, parecía una fiera, un desconocido ante los ojos de una madre que no entendía quién o qué había tomado el cuerpo de su hijo convirtiéndolo en aquello.
Por esto nunca he podido ir a un campamento de verano ni me he quedado en casa de ningún amigo a dormir. De adulto, las cosas no mejoraron y procuraba siempre, después del sexo, esperar a que mi acompañante se durmiera para escabullirme y salir de allí buscando cobijo en mi tranquila casa. Aquello me llevó a ser considerado un insensible o alguien que rehuía del compromiso.
Los años han ido pasando y todo el círculo de amigos se han ido casando y comprometiendo. Yo había conseguido mantener mi primera relación seria. Llevábamos más de un año juntos y ella no dejaba de reprocharme que nunca me quedaba a dormir en su casa ni le invitaba yo a quedarse en la mía.
Le había explicado mi problema y ella, entre risas, no se lo creía. Me llamaba exagerado y por desgracia mis padres ya no podían constatar lo que le estaba confesando y que mi hermana no me quisiera coger el teléfono tampoco le dio una señal de que algo en mi cabeza no estaba bien.
Me prometió que no iba a pasar nada, que ella cuidaría de mis sueños. Yo lo intenté y le dije que estaba bien, que ese fin de semana lo probaríamos. Fue un día increíble que cerramos con un sexo de esos que merecen salir en una película. Nuestros cuerpos, desnudos y sudados, se enredaban el uno en el otro hasta que noté su respiración pausada indicándome que se había dormido.
El momento había llegado. Solo tenía que cerrar los ojos y dejarme arrastrar al sueño. Habíamos pautado que era mejor así en fin de semana para que no fuera necesario poner el despertador ni levantarse de forma brusca. Simplemente abriría los ojos y ella seguiría allí, abrazada a mí. No me parecía un mal despertar la verdad.
Me costó al menos dos horas conseguir dormirme. Al ver que el miedo me desvelaba decidí jugar a respirar al ritmo de ella, tan suave, tan pausado. Cuando ella cogiese aire yo lo haría también y cuando ella lo expirase la imitaría. Aquello me sirvió, poco a poco mi cerebro fue meciéndose en el sueño.
Me veía a mí mismo, de niño. Llevaba mis viejas Converse rojas. Jugaba con mi balón de baloncesto entre los coches amontonados del desguace de mi padre. Caminaba despacio botando el balón y escuchaba entre el ruido amortiguado de aquel caucho, el ruido de algo que arañaba el interior de motor de un viejo Peugeot gris. Pensé que serían ratas, no era la primera vez que las oía, pero aquella forma rabiosa de rascar no podían provocarla las minúsculas patas de un roedor. Me acerqué despacio…dejé el balón el suelo que rodó muy lejos de allí.
Mis rodillas tocaban la fría defensa metálica del coche. Quería salir corriendo de allí y, sin embargo, mirando hacia abajo, vi cómo mis manos abrían al capó del vehículo. En décimas de segundo un enorme perro lobo saltó hacia mi cara, yo cerré el puño con todas mis fuerzas y golpeé al animal con intención de matarlo.
Ahora ella yacía allí, en medio del suelo de mi habitación con la mandíbula rota y un enorme charco de orina que salía de su interior. Se había levantado al baño, pero para mí, había salido del interior de aquel coche.