Odiaba que su padre lo arrastrase a aquellas horas de la noche a aquel bosque. No ocurría muy a menudo porque normalmente solía quedarse con su madre. Sin embargo, alguna vez coincidía que su madre tenía guardia en el hospital y era su padre quien debía cuidarlo.
No tenía una gran relación con él ya que era un hombre estricto, callado. Las veces, pocas, que le había pedido ayuda con algo, le había costado algún azote, por lo que había reducido cualquier interacción con él a la mínima expresión. De hecho, aunque sus amigos en la escuela llamaban “papá” sus figuras paternas, él se refería al mismo como “señor”, manteniendo así un aséptico contacto entre ambos.
Las noches como aquella en la que entraba en su cuarto y le despertaba de madrugada, le producían un inmenso terror, ya que al arrancarlo tan bruscamente de sus sueños abría los ojos y en la penumbra de su cuarto, veía allí de pie a un hombre de rostro inexpresivo que le ordenaba que se metiese en el coche.
Agradecía que le dejase sentarse en el asiento de atrás. Al principio, intentaba mantenerse despierto, pero el cansancio podía con él arrastrándolo de nuevo a sueños inquietos en los que veía a su padre bajarse del coche y caminar dando zancadas hasta el barro junto el río.
Allí, entre unos árboles, arrastraba un bulto que parecía un montón de ropa. Veía cómo se arrodillaba sobre ellos. Sacaba una larguísima lengua que rozaba sobre la parte que no podía ver de aquel montón y, tras unos minutos, comenzaba un movimiento rítmico en el que el largo cuerpo de su padre se restregaba contra aquel bulto que le costaba discernir.
Juraría que parecía un cuerpo, pero desde donde él estaba no podía distinguirlo bien.
Ese sueño se repetía algunas veces, el mismo sitio, el mismo bulto, otras veces eran en las proximidades, pero los bultos cambiaban. Creía despertarse cuando su padre volvía al coche. Su corazón latía tan fuerte que temía que el sonido de su pulso fuera tan sonoro que lo enfureciera así que fingía seguir dormido, aunque aquel olor que desprendía el cuerpo de su padre le provocaba náuseas.
Por las mañanas al despertarse, veía a su padre sentado en la cocina desayunando, con la espalda rígida mientras ojeaba el periódico y su madre preparaba tortitas. Intentaba tranquilizarse, todo había sido un sueño…o no. En la primera página del periódico una fotografía acompañaba un titular: “El asesino de Shadow River ataca de nuevo”. En la imagen en blanco y negro costaba ver poco más que un bulto de ropa junto a la orilla de un río.