El aullido de dolor de aquella madre despertó a todo el edificio. Su marido, que dormía plácidamente, sintió que el corazón se le salía por la boca del susto. Se incorporó en la cama y sin las gafas solo alcanzó a ver a su mujer arrodillada junto a la puerta del dormitorio.
En un primer momento, pensó que quizá su mujer se había caído al levantarse para ir al baño, sin embargo, aquel grito desolador le parecía exagerado para una simple caída. Agudizó la mirada y se dio cuenta de que una sombra negra alargada estaba postrada en el suelo delante de ella.
—¿Qué ocurre, Amelia? —preguntó buscando a tientas sus viejas gafas sobre la mesita de noche. Cuando los cristales le devolvieron la definición óptima a sus ojos lo vio con claridad, aquella sombra alargada, esas viejas zapatillas rojas que le había comprado las navidades pasadas y los pantalones negros llenos de descosidos que tanto odiaba le decían que se trataba de su hijo mayor.
Su mujer lloraba y negaba arrodillada. Se levantó para ver qué ocurría, por qué su hijo seguía allí tumbado sin calmar a su madre. No solía beber y le extrañaba que lo hubiera hecho hasta el punto de desmayarse. Además, que Amelia se pusiera así por una borrachera juvenil le parecía desproporcionado.
No tardó en darse cuenta del oscuro charco que bordeaba el cuerpo de su hijo y que, sin duda alguna, era el principal motivo de que no se moviera. Por la cantidad que veía mientras los ojos se llenaban de lágrimas, entendía que era incompatible con la vida.
—Oh, Dios mío, no, por favor, no… por favor… —rogaba que todo fuera un sueño, que en unos segundos él mismo se despertaría asustado y con el corazón a mil pulsaciones por hora mientras su hijo dormía tranquilo en su cuarto al final del pasillo. Sin embargo, ese despertar no llegaba y su hijo seguía tumbado sobre el viejo parqué con los ojos abiertos mirando al techo.
La puerta de la entrada al piso estaba abierta y el frío llenaba la vivienda. La pequeña perra de blanco pelaje había llenado el pasillo de pisadas sangrientas, sin duda extrañada de que pudiera moverse libremente hasta el ascensor.
Su hermano pequeño se despertó malhumorado por el ruido. No entendía qué estaba ocurriendo y por qué su madre lloraba. Cuando salió al pasillo y vio a su hermano allí tumbado palideció. Su padre le dijo que volviera a su cuarto y no saliera de allí. No quería que aquella fuera la última imagen que el pequeño conservase de su hermano.
La policía y las ambulancias no tardaron en llegar y hablar con los compungidos padres que seguían en estado de shock y sin entender qué había pasado. Su hijo había salido con sus amigos, como cada viernes. No solía volver muy tarde, pero ellos ya estaban mayores para esperarle despiertos.
La madre, a diferencia de su marido, siempre había tenido el sueño ligero y se despertaba cada vez que la perrita ladraba anunciando la llegada de alguien a casa sin entender que de madrugada resultaba muy molesta. Sin embargo, desde hacía unos meses, le habían recetado unos fortísimos calmantes para paliar el dolor de las articulaciones y, desde entonces, dormía profundamente.
Las primeras deducciones indicaban que el joven debió de ser agredido en el camino de regreso a casa. Aunque en el ascensor no se apreciaban restos de sangre, es posible que la ropa hubiera ido empapándose. No encontraron el arma blanca por lo que hicieron una batida por el parque cercano al hogar a ver si la encontraban.
Levantaron el cuerpo y después de recoger las muestras necesarias, les preguntaron si podían quedarse a pasar la noche en otro sitio. Se fueron a casa de los padres de ella, que vivían a unos minutos de allí y que a punto estuvieron de sufrir un ataque al corazón cuando supieron lo ocurrido.
Tardaron una semana en poder volver al domicilio, pero antes el abnegado padre quiso ir a limpiar la vivienda para que su hijo no viviera con la imagen de aquel horror. Tras fregar entre lágrimas los restos de sangre de su primogénito. Fue cuarto por cuarto cambiando las sábanas y haciendo las camas. Empezó por el cuarto de matrimonio y recordó aquella maldita noche en la que deseó que todo hubiera sido una pesadilla. A continuación, entró en la de su hijo menor. Estaba impoluta, siempre había sido un niño metódico, ordenado, educado. A veces en exceso, por eso cuando los estudios se vieron resentidos por su sonambulismo ocasional, impusieron una rutina de horarios nocturnos muy estricta para que pudiera descansar las horas necesarias. La perrita siempre dormía sobre su cama, junto a él, protegiendo su sueño.
Cuando el padre retiró la manta, algo brilló entre las sábanas. Cuando se fijó más de cerca comprobó que se trataba del filo de un cuchillo ensangrentado que había teñido aquel blanco lienzo de ahora un descolorido marrón.
Sin duda, cuando su hermano entró en el domicilio la perra debió de ladrar y despertarlo en estado de sonambulismo y acudió a defender la casa sin saber a qué intruso estaba atacando.
Roto por el dolor, metió el arma entre las sábanas y haciendo una enorme bola lo hundió en el enorme saco de basura. No iba a permitir que la vida le arrebatase otro hijo y que, mucho menos, su pequeño supiera qué había ocurrido en realidad.
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