miércoles, 18 de diciembre de 2024

El descanso

          No recordaba cuándo había dormido la última vez. Su ritmo de sueño se resumía en algunas cabezadas momentáneas que duraban apenas unos minutos. El estrés del trabajo había conseguido que incluso fuera de la empresa se mantuviera en permanente alerta. Le habían recetado diversas marcas de somníferos, ninguno parecía funcionarle así que se había rendido.

          Al principio nadie lo notaba, pero cuando las ojeras eran evidentes, enmarcadas por unas abultadas bolsas bajo los ojos la gente le preguntaba si se encontraba bien. Intentaba disimular el temblor de las manos de los últimos días escondiéndolas debajo de la mesa cuando alguien se acercaba a hablarle o en los bolsillos cuando iba andando.

          Sin embargo, los constantes despistes le habían delatado. Los informes que había mandado a su supervisor habían hecho saltar las alarmas. Compuestos de oraciones sin sentido con frases con verbo, reflexiones sobre algo que había visto por la calle, fragmentos de alguna receta inacabada que se entremezclaba con balances mensuales de ventas. Todo ello bastante alejado de los informes esperados por parte de una editora.

          Le habían dado vacaciones forzadas. La preocupación en el rostro de su jefa no parecía fingida. Le había comentado que quizás se había incorporado muy pronto al trabajo tras dar a luz. Ella insistía en que se encontraba bien pero el temblor en su voz era evidente. Tenía quince días para dormir, para descansar. El problema era que no podía hacerlo. Una noche, mientras tenía la mirada fija en el techo, tratando de contar el dibujo de las luces que se colaban a través de la persiana en el techo, las voces habían empezado.

          Al principio era un siseo, como en una biblioteca llena de universitarios molestos. Poco a poco el tono y el ritmo habían aumentado. Le exigían atención. Gritaban su nombre. Parecían distintos locutores, todos soltando enfurecidos diversos reproches. Les pedía perdón, les rogaba que la dejasen dormir.

          Casi no sentía fuerzas ni para caminar. Había perdido hasta el apetito y sin darse cuenta lloraba sin hipo, simplemente las lágrimas resbalaban lastimosamente por su rostro. Se había visto de pasada delante del espejo del baño y por un momento se asustó al creer que había entrado una desconocida en su casa.

       Intentaba leer a ver si conseguía relajarse, pero era imposible porque aquellos gritos eran constantes. Alguna vez intentaba contestarles a gritos ella también, pero la intensidad en las respuestas era todavía peor.

          Aquella noche sin duda había sido la peor de todas, las voces habían aumentado de número y ya le resultaba imposible identificarlas, por un momento parecían algunas familiares, creyó reconocer la de su madre recordándole lo inútil que era en todo, siempre se había sentido una decepción para ella y ahora se lo gritaba dentro de sus oídos. Su jefa también le gritaba acusándola de su enorme fracaso editorial, sus amigas se reían estruendosas hablando de su físico, le decían que aquella abultada tripa la afeaba y que jamás nadie iba a quererla. Hasta su hermano la acusaba de haber perdido a su marido por no haber sabido ser una buena esposa. Todos a la vez… 

         Abrió los ojos cuando por fin sus gritos habían perdido intensidad. Poco a poco la respiración antes perdida cobraba de nuevo el ritmo. Las voces se habían silenciado. El vacío más absoluto le dejaba percibir con claridad hasta el zumbido del fluorescente del baño. 

          Silencio total. Felicidad absoluta. Quizás por fin se había dormido y estaba soñando. Sentía frío, estaba mojada. Le costó reconocer el tacto del lacado de la bañera. El pijama mojado se había pegado a su piel. Bajó la mirada a sus manos, agarraba algo. Entre sus dedos apretados al máximo estaba el delicado cuello de su bebé ya sin vida. Más que nunca deseó volver a despertar de un sueño que nunca tuvo.


martes, 10 de diciembre de 2024

Fresas y champán

          No podía quitarse de la cabeza la imagen de Marta en el agua, podía sentir su mirada cuando comprendió que era el final de su vida todavía clavada en sus ojos. Al principio intentó ayudarla a volver a subir a bordo, pero enseguida se dio cuenta de que lo mejor era alejarse de allí. No podía acudir a un hospital con ella herida por un cuchillo. 

          Había sido un accidente y los dos lo sabían. Sin embargo, ella estaba llena de hematomas y de arañazos, igual que él. Consumían habitualmente distintos tipos de drogas y cuando mantenían relaciones sexuales, la situación se descontrolaba.

          Los vecinos se habían quejado muchas veces a la policía acerca de las fuertes discusiones que escuchaban entre ellos cuando el subidón de los opiáceos desaparecía y necesitaban otra dosis.

          A ambos les había parecido una buena idea salir en el barco de los padres de él y cenar en medio del mar. Nunca habían aprobado la relación de su hijo con aquella chica a la que culpaban de haberlo metido en un círculo de autodestrucción. En realidad, había sido al revés. Cuando Ricardo conoció a Marta, ella era una muchacha sencilla que trabajaba de camarera cerca de la oficina de él.

          A la hora del almuerzo solía comer allí y poco a poco habían comenzado a salir. La primera noche que se acostaron, él le ofreció su primera raya y, desde entonces, había caído en picado. Junto a él no necesitaba trabajar por lo que se despidió de la cafetería. Sus padres habían fallecido hace años por lo que se había quedado sola en la gran ciudad.  Se pasaba el día en el enorme piso del chico, completamente sola.

         Al principio le parecía una vida de ensueño, pero poco a poco, aquella soledad fue metiéndose en su cabeza, llenándosela del fantasma de los celos, de inseguridades y de un incremento enorme del consumo de las drogas para evadirse de aquellos miedos. Él, cada vez más harto de aquella situación, procuraba llegar tarde a casa, con la esperanza de que ella ya se hubiera ido a dormir. Esperaba que quizá algún día, al volver a casa ella se hubiera marchado porque no tenía el valor suficiente para romper con ella.

          Discutían y hacían las paces por medio de un sexo desenfrenado, brutal. Ella estaba cada vez más enganchada a las drogas y él a ella. Había comenzado a autolesionarse y a amenazarle con denunciarle si la dejaba por violencia de género. Él realmente se hundía al verla en aquella espiral autodestructiva.

        La cena de aquella noche sería romántica, le propondría matrimonio con la condición de que ambos se desintoxicaran y llevasen una vida ordenada. Ya a bordo, disfrutaron del anochecer abrazados en la cubierta del barco. Entonces, llegó el gran momento, posó su rodilla en el suelo y le hizo la gran pregunta.

       La chica lloraba ilusionada, aceptó asintiendo con la cabeza porque no era capaz de articular palabra. Él sugirió un brindis, la idea era poner unas fresas con champán sobre la mesa y hacer el amor con ella allí mismo hasta que el amanecer los encontrase. Sin embargo, todo se torció.

          Ella todavía emocionada, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Llevaba días nerviosa, tratando de encontrar la forma de darle la noticia. No habían tomado precauciones y aquella prueba que había comprado en la farmacia confirmaba el motivo del retraso. Había pensado en cómo darle la noticia en cuál sería la reacción de él. Si no quería seguir adelante con el embarazo, ella no sabría qué decisión debía tomar. Ahora todo era distinto.

          Cuando consiguió tranquilizarse, llamó al muchacho que, cortando aquellos fresones en la cocina del barco, no la escuchó. Ella volvió a llamarlo, pero al ver que no respondía decidió ir a su encuentro. Él desde dentro de la cocina creyó oír que ella lo llamaba así que decidió asomarse. Se encontraron de frente, de golpe. Algo entre ellos impedía el contacto absoluto. Aquel afilado cuchillo atravesaba la incipiente barriga de ella. La sangre comenzaba a teñir de oscura sangre aquel ceñido vestido dorado.

         Instintivamente, él soltó el cuchillo, pero había entrado tan profundo en el cuerpo de la chica que se mantenía en el mismo sitio. Ella echó las manos hacia su vientre. De nuevo no podía hablar. Se tambaleaba hacía atrás mecida por las olas. Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Cuando él fue consciente de lo que ocurría ella caía por la borda. Rápidamente intentó cogerla, agarrar su mano. Ella le pedía auxilio a gritos.

         Entonces él, en ese momento, subió de nuevo su brazo. Tenía la camisa salpicada de sangre de ella. Había sido un accidente, pero no le creerían. Sus padres le quitarían todo. En esos segundos ella dejó de gritar, sabía qué estaba pasando por la mente del muchacho cuando aquel se puso de pie. Tiró la camisa a mar y volvió al timón del barco. Cuando ella escuchó los potentes motores en marcha, entendió que nunca vería aquel amanecer.


miércoles, 4 de diciembre de 2024

La publicidad

          La publicidad es muy importante cuando te dedicas a autopublicar tus obras, eso es algo que he aprendido desde el primer momento. En las redes muchos se quejan amargamente de la cantidad de peces que hay en el mar de la literatura. Quizás es que todos los peces tienen el mismo tamaño y es tan pequeño que no invita a gastar el dinero en él.

          Escribí mi primera novela cuando tenía veinte años y la sangre y el ímpetu de la juventud corría salvaje por mis venas. Sentía que iba a convertirme de la noche a la mañana en una promesa de la literatura negra. La envié a todas las editoriales de mi provincia a ver si alguien veía en mí una inversión interesante. Sin embargo, una tras otra rechazaban mi obra. En lugar de rendirme, pensé que todos aquellos provincianos no sabrían diferenciar un diamante de un simple trozo de hormigón por lo que me lancé a las grandes editoriales nacionales que ni se molestaron en rechazarme.

     Tras meses de silencio, decidí publicar a través de una plataforma de distribución online independiente. Allí nadie te rechazaba y aunque los beneficios eran mínimos, por lo menos la gente empezaría a conocerme y seguro que llegaba el eco a algún editor.

          Cada mañana antes de levantarse, miraba los informes de ventas, el contador seguía a cero. No salía de la cama sin volver a comprobarlo cada mañana. Nada. Aquella redonda cifra parecía reírse de mí. Cuando le comentaba a la gente que la autopublicación era una ruina todo el mundo insistía en lo mismo, publicidad, había que invertir tiempo y dinero en publicitarme.

          Sentado en casa delante de un folio en blanco, comencé a valorar el dinero que tenía para invertir y me di cuenta de que, con mi salario como carretillero, apenas me alcanzaba para cubrir los gastos mensuales. Podría intentar dejar algunos recibos sin pagar e invertir esa cantidad en un único intento publicitario, pero aun así no me aseguraban unas ventas mínimas que justificasen aquel riesgo.

        Mi novela es buena, oscura, sangrienta, realista. Mi personaje es creíble, podría ser yo mismo. Aquellas tres últimas palabras se clavaron en mi mente el resto del día y toda la noche. Había una forma de no tener que pagar aquellos recibos y a la vez hacer tanta publicidad gratuita que me haría millonario. 

         Por la mañana me hice el mejor desayuno de mi vida. Por fin había tenido la mejor idea de mi vida. Nunca volvería a pasar apuros, el mundo debía prepararse para conocerme. Me duché y me vestí con mis mejores galas. Tras un último vistazo en el espejo salí por la puerta con cuidado, tratando de ocultar el sacacorchos que escondía en mi bolsillo derecho.

          Una vez en la calle me dirigí al centro, allí con el sacacorchos en mi mano derecha me aproximé uno a uno a los peatones que se cruzaban en mi camino y lo hundí en su cuello. No tardó en cundir el pánico. En menos de diez minutos estaba tendido en el suelo rodeado de más de media docena de cuerpos. Ni siquiera me resistí cuando la policía me colocaba las esposas.


         «Mike, en un estado de excitación próximo a la locura, apuró el último trago de aquella carísima botella de vino. La había comprado para la romántica pedida de mano que pensaba hacerle a aquella mujer que acababa de romperle el corazón solo por el hecho del qué dirá la gente cuando sepan que una alumna se acostaba con su profesor. Nadie lo entendería. Los juzgarían, era mejor terminar con aquel amor.

           El problema eran ellos. Todos aquellos que paseaban por la calle creyéndose jueces morales de la vida de los demás. Ellos eran los verdaderos culpables. Si no existieran ella hubiera dicho que sí y nunca tendrían que volver a esconderse. 

         Como un Quijote enloquecido, salió del portal con el sacacorchos asomando entre índice y el corazón de su mano derecha. Los odiaba a todos, quería apagar aquellas estúpidas sonrisas».


          Mi novela relataba exactamente esa escena y cuando mi nombre y ese hecho saltó a las noticias mi libro y yo mismo fuimos noticia internacional, las ventas de mi libro se dispararon y todas las visitas que recibía en la cárcel eran de agentes literarios y de editores que me ofrecían contratos estratosféricos.

          Tras cinco años en prisión, con buena conducta en una celda protegido salí a la calle. No invertí nada en publicidad, he seguido cotizando a la seguridad social, mi libro ha agotado tres veces las ediciones y desde mañana comienzo un tour televisivo donde a cambio de obscenas cantidades de dinero contaré cómo me vi cegado por un brote psicótico que no me dejaba discernir la realidad de la fantasía.