Cuando el móvil dejó de devolverle la voz de ella, lo supo. Negaba con la cabeza deseando que el desenlace fuera otro. Repetía su nombre a gritos, una y otra vez. Rogaba a Dios que el aparato le dejase escucharla de nuevo. Que aquella voz que tanto amaba volviera a sonar. Conducía de forma mecánica, sin ser consciente del tráfico. La velocidad era tan alta que los conductores de los coches que circulaban cerca se apartaban con un sonoro pitido abroncando su agresividad. No le importaba, ya nada lo hacía. Tenía que llegar a casa, era lo único en lo que pensaba.
El fotograma mental de su sonrisa aquella mañana cuando se habían despedido, se había quedado fija en sus pupilas. No veía nada más y, si lo que creía que por desgracia había pasado era verdad, ya no quería volver a ver, ni vivir. Volvió a negar con la cabeza hundiendo todavía más el pie en el acelerador.
Podía haber colgado la llamada y llamar a urgencias, pero le aterraba la idea de cortar aquella llamada si había sido la última, era lo único que aún le mantenía conectado a ella y no quería cerrar aquella ventana. Solo era capaz de repetir su nombre a gritos. Le pedía que le dijese algo, le preguntaba si estaba bien y, cuando el silencio volvía a ser la única respuesta sollozaba un “ya llego mi amor, ya llego, por favor aguanta”.
Aquel golpe seco que había escuchado le había dejado sin respiración. Fue entonces cuando la voz agitada, nerviosa, de ella se había cortado. Le decía que alguien la seguía. Que escuchaba sus pasos, cada vez más cerca. Había empezado a correr y aquellas pisadas sonaban igual de rápidas y cercanas. Estaba apenas a un par de metros de casa, le había dicho.
Cuando enfiló las calles de la urbanización el tiempo pareció ralentizarse, aunque él seguía conduciendo a una velocidad no permitida. La gente parecía mirar en la dirección a la que él se dirigía. Algunos murmuraban o se echaban las manos a la boca.
Su casa estaba al final de esa misma calle. El parachoques de su viejo Volvo frenó en seco a punto de golpear las piernas del tumulto que se había formado a las puertas de su hogar. Cuando se bajó del vehículo, el grupo de curiosos se fue abriendo, dejando un estrecho pasillo que enlazaba su cuerpo con las escaleras de entrada a su casa. Como si de un cortejo fúnebre se tratase, el pasillo se fue volviendo a cerrar en silencio tras él mientras avanzaba.
Llegó al primer escalón y se detuvo. Un líquido manto de rojo carmesí enmarcaba el cuerpo de la que había sido el amor de su vida. En la mano sujetaba todavía el teléfono móvil con la llamada contando los segundos.
Espectacular, brillante y conmovedor! Nunca me canso de leer tus relatos 😍😘
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Charo. Siempre consigues insuflarme ilusión¡
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