¡Qué curiosa es la memoria! Juraría haber entregado el informe en el plazo que me había dicho el encargado de planta. Casi podría describir todo lo que había junto a la metálica bandeja donde lo dejé posado.
Hoy cuando he ido por la mañana y he visto las caras largas no supuse que fuera por mí, sentí lástima por el pobre pringado sobre el que iba a caer la ira del jefecillo. Aquel puñetero informe que me había llevado dos semanas redactar. Un estudio de mercado con el que mi jefe tenía previsto dar el bombazo y salvar a la empresa de la ruina más absoluta. Si alguien conseguía entregar un buen informe, sería ascendido con todo lo que eso llevaba consigo: aumento de sueldo, despacho propio, tarjeta de gastos de la empresa…Necesitaba aquel ascenso y no me lo pensé cuando tuve que dejar de lado mi vida personal.
Cuando mi madre me telefoneó para contarme que mi padre había sufrido un infarto y que debía ir a la otra punta del país para pasar las últimas horas con él, la muy estúpida no entendió que no podía perder el tiempo. Estoy seguro de que mi padre sí que lo entendería.
Él siempre lo entendía todo, había sido un cómplice cada vez que la cagaba de niño. Me protegía siempre en los castigos o conseguía que el humor de mi madre mejorase para que me los levantasen. Me pasaba los cigarros a escondidas, aquellos Ducados negros que hacían que me doliera el pecho al toser. Cuando iba a ir de pesca me llevaba con él, así descubrí qué era aquello de los club de carretera y por qué la pesca siempre era en fin de semana y duraba un par de días.
No estuve allí para cogerle de la mano, pero él siempre me había dicho que había que ser ambicioso en la vida. Y eso estaba haciendo. Pensaba que resistiría, que yo entregaría el informe y me daría tiempo a darle las gracias por haber sido mejor padre de lo que yo lo sería jamás.
Mi hermana y mi madre nunca tuvieron lo que él y yo teníamos, era una complicidad que iba más allá de la relación padre e hijo. Fue él quien me enseñó a conducir aquella incómoda y dura C15 que chirriaba dando giros en el polígono de las afueras.
Recuerdo incluso el sabor de la cerveza caliente que nos bebíamos después sentados sobre el morro de la misma mientras el sol se acababa de ocultar. No volvíamos a casa enseguida, me llevaba a comer un bocadillo de sardinas rancias, que según él ayudaba a que mi madre no me soltase una zurra por notar el alcohol en mi boca.
Cuando el encargado entró esta mañana en nuestro departamento y se quedó de pie junto a mi mesa, todos me mirasteis en silencio. Yo me hice el despistado porque quería que pareciera que no me esperaba aquel reconocimiento ni por supuesto el ascenso.
Me imaginaba lo fuertes que sonarían los aplausos. Las últimas cuarenta y ocho horas había pensado en que había llegado el momento de cambiar de coche. Llevaba años sin sentir el aire acondicionado y el humo negro que escupía me decía que no pasaría la siguiente revisión. Quién sabe, quizá Rebeca accedería al fin a acostarse conmigo ahora que podía pagarle sus caprichos. Es posible que me hiciera el duro, después de todo iba a ser el héroe de la empresa.
Cuando dijo mi nombre, levanté la mirada, todo el fin de semana había practicado aquella mirada. Humilde pero poderosa, inteligente. Sin soberbia, pero decidida. Cuando mis ojos se posaron en los suyos vi el color de la ira camuflado en aquellos oscuros iris. Todos los músculos de mi cara se agarrotaron y nervioso os miré a todos. Buscaba que alguien me recordase qué había ocurrido, algo me había perdido y, por su mirada, supe que yo era el culpable.
El despido fue inmediato. Fulminante. Me gritó que me lo había advertido, si el informe no estaba listo antes del viernes a última hora, que no me molestase en volver. Yo traté de balbucear que había cumplido, que el informe debía de estar en.… en…la bandeja metálica vacía. No podía recordar nada, me quedé en blanco. No recogí ni mis cosas. Salí por la puerta y eché un último vistazo atrás, a vosotros, a mis compañeros de trabajo los últimos quince años de mi vida. Entre vuestras insulsas caras, ¿sabes qué vi? Tu sonrisa, y entonces lo recordé todo.
Recordé aquella bandeja metálica, recordé el plato con caramelos de tofe y piñones junto a ella que Amparo siempre saquea al llegar por las mañanas. Recordé que la oficina a aquellas horas olía a tabaco mentolado, a tu tabaco mentolado. Y en ese momento supe que tú habías entregado mi informe con tu nombre, por eso sonreías. Porque mientras yo el fin de semana soñaba con llevar mi nuevo coche hasta mi ciudad natal para coger la mano de mi padre por última vez, tú estabas ya celebrando tu éxito. El que debía ser mío.
Bueno, ¿sabes qué decía mi padre? Que a todo cerdo le llega su san Martín y hoy es el tuyo. Voy a arrancarte diente a diente las casi cuarenta páginas del informe. Espero que no te falte ninguna pieza o saltaré a los dedos. Te aseguro que esta experiencia tú tampoco la vas a olvidar en tu vida.
Me han cantado eres increíble
ResponderEliminarMuchas gracias por leer mis pequeñas locuras,😘😘
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