No podía quitarse de la cabeza la imagen de Marta en el agua, podía sentir su mirada cuando comprendió que era el final de su vida todavía clavada en sus ojos. Al principio intentó ayudarla a volver a subir a bordo, pero enseguida se dio cuenta de que lo mejor era alejarse de allí. No podía acudir a un hospital con ella herida por un cuchillo.
Había sido un accidente y los dos lo sabían. Sin embargo, ella estaba llena de hematomas y de arañazos, igual que él. Consumían habitualmente distintos tipos de drogas y cuando mantenían relaciones sexuales, la situación se descontrolaba.
Los vecinos se habían quejado muchas veces a la policía acerca de las fuertes discusiones que escuchaban entre ellos cuando el subidón de los opiáceos desaparecía y necesitaban otra dosis.
A ambos les había parecido una buena idea salir en el barco de los padres de él y cenar en medio del mar. Nunca habían aprobado la relación de su hijo con aquella chica a la que culpaban de haberlo metido en un círculo de autodestrucción. En realidad, había sido al revés. Cuando Ricardo conoció a Marta, ella era una muchacha sencilla que trabajaba de camarera cerca de la oficina de él.
A la hora del almuerzo solía comer allí y poco a poco habían comenzado a salir. La primera noche que se acostaron, él le ofreció su primera raya y, desde entonces, había caído en picado. Junto a él no necesitaba trabajar por lo que se despidió de la cafetería. Sus padres habían fallecido hace años por lo que se había quedado sola en la gran ciudad. Se pasaba el día en el enorme piso del chico, completamente sola.
Al principio le parecía una vida de ensueño, pero poco a poco, aquella soledad fue metiéndose en su cabeza, llenándosela del fantasma de los celos, de inseguridades y de un incremento enorme del consumo de las drogas para evadirse de aquellos miedos. Él, cada vez más harto de aquella situación, procuraba llegar tarde a casa, con la esperanza de que ella ya se hubiera ido a dormir. Esperaba que quizá algún día, al volver a casa ella se hubiera marchado porque no tenía el valor suficiente para romper con ella.
Discutían y hacían las paces por medio de un sexo desenfrenado, brutal. Ella estaba cada vez más enganchada a las drogas y él a ella. Había comenzado a autolesionarse y a amenazarle con denunciarle si la dejaba por violencia de género. Él realmente se hundía al verla en aquella espiral autodestructiva.
La cena de aquella noche sería romántica, le propondría matrimonio con la condición de que ambos se desintoxicaran y llevasen una vida ordenada. Ya a bordo, disfrutaron del anochecer abrazados en la cubierta del barco. Entonces, llegó el gran momento, posó su rodilla en el suelo y le hizo la gran pregunta.
La chica lloraba ilusionada, aceptó asintiendo con la cabeza porque no era capaz de articular palabra. Él sugirió un brindis, la idea era poner unas fresas con champán sobre la mesa y hacer el amor con ella allí mismo hasta que el amanecer los encontrase. Sin embargo, todo se torció.
Ella todavía emocionada, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Llevaba días nerviosa, tratando de encontrar la forma de darle la noticia. No habían tomado precauciones y aquella prueba que había comprado en la farmacia confirmaba el motivo del retraso. Había pensado en cómo darle la noticia en cuál sería la reacción de él. Si no quería seguir adelante con el embarazo, ella no sabría qué decisión debía tomar. Ahora todo era distinto.
Cuando consiguió tranquilizarse, llamó al muchacho que, cortando aquellos fresones en la cocina del barco, no la escuchó. Ella volvió a llamarlo, pero al ver que no respondía decidió ir a su encuentro. Él desde dentro de la cocina creyó oír que ella lo llamaba así que decidió asomarse. Se encontraron de frente, de golpe. Algo entre ellos impedía el contacto absoluto. Aquel afilado cuchillo atravesaba la incipiente barriga de ella. La sangre comenzaba a teñir de oscura sangre aquel ceñido vestido dorado.
Instintivamente, él soltó el cuchillo, pero había entrado tan profundo en el cuerpo de la chica que se mantenía en el mismo sitio. Ella echó las manos hacia su vientre. De nuevo no podía hablar. Se tambaleaba hacía atrás mecida por las olas. Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Cuando él fue consciente de lo que ocurría ella caía por la borda. Rápidamente intentó cogerla, agarrar su mano. Ella le pedía auxilio a gritos.
Entonces él, en ese momento, subió de nuevo su brazo. Tenía la camisa salpicada de sangre de ella. Había sido un accidente, pero no le creerían. Sus padres le quitarían todo. En esos segundos ella dejó de gritar, sabía qué estaba pasando por la mente del muchacho cuando aquel se puso de pie. Tiró la camisa a mar y volvió al timón del barco. Cuando ella escuchó los potentes motores en marcha, entendió que nunca vería aquel amanecer.
Magnífico, como siempre
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias!
ResponderEliminarComo siempre expertacular!🤩
ResponderEliminarMil gracias, reina mía¡
EliminarBuahhhhhh madre mía!!!!!!!!!!muerta me dejas........ves x eso me da miedo salir al mar🤣🤣🤣🤣🤣 me encanta es genial.....
ResponderEliminarjajajajajajaj El secreto está en llevar muchos testigos a bordo Noe, un besazo amor¡
EliminarEspectacular Rocio !!! Un relato que nos pone en aviso de que todo puede cambiar en un segundo, incluso en los momentos que parecen mas felices!! Pero como nos mostro el gran Roberto Benigni, "La vida es bella". jajjaja.
ResponderEliminarGracias por compartir
Gracias a ti por tu comentario. Efectivamente, tenemos que vivir y ser felices todo lo que podamos. Esa película es una de mis favoritas me rompe por dentro a la vez que me llena de ternura. Un abrazo muy grande¡
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