No llevaba mucho tiempo trabajando en la morgue. A pesar de que sus amigos y familiares se habían tomado a chiste la elección de su profesión, ella la amaba. La tanatopraxia aunaba el silencio y la calma. Desde luego que algo se le removía dentro cuando empezó en el oficio, pero con el paso del tiempo había aprendido a consolar aquella angustia con el hecho de saber que ella conseguía que las familias se llevasen un último recuerdo de sus seres queridos que les permitiera alejar la pesadilla de la pérdida.
No siempre era fácil, especialmente cuando se trataba de niños. Por suerte, no eran muy habituales y los padres solían preferir guardar el último recuerdo del infante vivo antes que verlo como un muñeco.
Aquel día, cuando llegó a la sala, repasó las sesiones que tenía programadas. Casi una decena. Las festividades navideñas, en las que el alcohol regaba las mesas, solían, por desgracia, aumentar el número de fallecidos.
Comenzaba por urgencia funeraria, es decir, aquellos que debían estar terminados sí o sí antes de cierta hora de recogida, dejando así para el final los más recientes. En este caso, la última sería una joven que se había cortado las venas.
Repetía con diligencia el proceso rutinario de preparación de los cuerpos, poniendo especial esmero en disimular las cicatrices de las autopsias, las heridas, las fracturas… Los dos primeros habían sido un par de ancianos. Uno de ellos había fallecido por un infarto de miocardio y el otro por un fallo multiorgánico propio de la vejez. Ambos fueron procesos sencillos. Al ser varones de elevada edad, la idea era que lucieran dignos, elegantes e incluso bonachones.
A estos les siguió un accidente de tráfico que había llevado a tener dos cuerpos allí postrados y era posible que llegase un tercero del mismo siniestro. Por lo que pudo leer en el informe, el conductor, una víctima varón, iba ebrio y se había llevado, además de su vida, la de su esposa. La hija luchaba por vivir en la UCI, aunque su pronóstico era muy grave. Apretó la mandíbula de rabia mientras negaba con la cabeza. Los recuerdos de su padre alcohólico acudían siempre a su mente.
La siguiente cámara tenía el cuerpo de un pandillero acuchillado en una pelea. Era joven, demasiado. Se imaginaba el tormento que habría supuesto para su familia en vida, y ahora en muerte. Tenía la piel completamente tatuada. Las heridas habían sido certeras al corazón y a varios órganos vitales. Al menos, todas las lesiones podrían ocultarse con la ropa.
Cuando había terminado la mitad de los cuerpos, ya pasaban de las cinco de la tarde, y decidió que era hora de parar a comer. No había sentido apetito en toda la mañana y prefirió esperar a llegar a la mitad del trabajo, por lo menos. Salió a la azotea del edificio; le gustaba sentarse allí, alejada del ruido, del mundo.
Repasó mentalmente el mensaje de Carlos, su novio. La cosa no iba bien y ambos lo sabían. Evitaban mantener contacto visual para que ninguno se viera obligado a dar el paso. Sin embargo, aquel mensaje era un adiós. Lo sabía. Durante unos minutos recordó aquellos momentos felices, que le parecían muy lejanos en el tiempo. Poco a poco, los dos se habían ido sumergiendo en sus trabajos, llevando su relación a una rutina que había matado el amor y la pasión inicial.
Llevaba la mitad del sándwich solamente, pero ya no le entraba más. Lo envolvió en el resto del papel de aluminio y se lo metió en el bolsillo. Volvió a la sala. Abrió el siguiente expediente. Causa del fallecimiento: politraumatismo debido a una caída desde una gran altura. Al parecer, había ingerido alguna sustancia y se había proyectado desde el balcón de un hotel en el centro. Recordaba haber escuchado algo sobre el caso en las noticias del día anterior. La verdad es que, cuando vio el cuerpo, escribió en el informe “Se aconseja ataúd cerrado” e hizo lo que pudo. No le dedicó mucho tiempo porque no había forma de evitar que aquello destrozase a los familiares.
Continuó con los otros tres cuerpos con premura. Dos de ellos serían incinerados y, además, pertenecían a los servicios fúnebres municipales, por lo que se trataba de personas sin hogar o sin familia. En todo caso, los trató con el mismo mimo y respeto, recortando las barbas y los descuidados cabellos.
Cuando sacó el último cuerpo, miró el reloj: no faltaba mucho para las once de la noche. De nuevo salía tarde de allí. Abrió despacio la bolsa que cubría el cuerpo, descubriendo a una joven de una belleza inaudita. La palidez de su piel hacía que pareciese una ninfa de porcelana. Su delicado rostro estaba enmarcado por una lacia melena negra. Tenía los ojos cerrados y su boca parecía mostrar una mueca de alivio. Quizá su muerte le había dado, por fin, una paz que no había sabido encontrar en vida.
Con suma delicadeza pasó la esponja enjabonada por su cuerpo. La secó y perfumó. Planchó su pelo y pintó sus uñas. Sus facciones eran tan bellas que apenas necesitaba un poco de rubor en las mejillas y brillo en los labios para conseguir que pareciera que el calor de la sangre en sus venas y la inocencia de su juventud todavía insuflaban vida a su cuerpo. Tomó ambos productos del carro del maquillaje. Desechó la idea de utilizar ninguna sombra, ya que, al tener los ojos cerrados, parecía que dormía plácidamente. Aplicó el brillo de labios de un tono natural y subió hacia las mejillas, dispuesta a aplicar el rubor.
Sin embargo, por primera vez, algo la asustó de verdad. Aquellos ojos ahora miraban al techo: sin vida, sin brillo, fijos en el infinito de un mundo al que ya no pertenecía y, sin embargo, allí estaba. Jamás olvidaría aquella mirada.