miércoles, 28 de mayo de 2025

Aquella mirada

       No llevaba mucho tiempo trabajando en la morgue. A pesar de que sus amigos y familiares se habían tomado a chiste la elección de su profesión, ella la amaba. La tanatopraxia aunaba el silencio y la calma. Desde luego que algo se le removía dentro cuando empezó en el oficio, pero con el paso del tiempo había aprendido a consolar aquella angustia con el hecho de saber que ella conseguía que las familias se llevasen un último recuerdo de sus seres queridos que les permitiera alejar la pesadilla de la pérdida.

         No siempre era fácil, especialmente cuando se trataba de niños. Por suerte, no eran muy habituales y los padres solían preferir guardar el último recuerdo del infante vivo antes que verlo como un muñeco.

         Aquel día, cuando llegó a la sala, repasó las sesiones que tenía programadas. Casi una decena. Las festividades navideñas, en las que el alcohol regaba las mesas, solían, por desgracia, aumentar el número de fallecidos.

        Comenzaba por urgencia funeraria, es decir, aquellos que debían estar terminados sí o sí antes de cierta hora de recogida, dejando así para el final los más recientes. En este caso, la última sería una joven que se había cortado las venas.

       Repetía con diligencia el proceso rutinario de preparación de los cuerpos, poniendo especial esmero en disimular las cicatrices de las autopsias, las heridas, las fracturas… Los dos primeros habían sido un par de ancianos. Uno de ellos había fallecido por un infarto de miocardio y el otro por un fallo multiorgánico propio de la vejez. Ambos fueron procesos sencillos. Al ser varones de elevada edad, la idea era que lucieran dignos, elegantes e incluso bonachones.

       A estos les siguió un accidente de tráfico que había llevado a tener dos cuerpos allí postrados y era posible que llegase un tercero del mismo siniestro. Por lo que pudo leer en el informe, el conductor, una víctima varón, iba ebrio y se había llevado, además de su vida, la de su esposa. La hija luchaba por vivir en la UCI, aunque su pronóstico era muy grave. Apretó la mandíbula de rabia mientras negaba con la cabeza. Los recuerdos de su padre alcohólico acudían siempre a su mente.

      La siguiente cámara tenía el cuerpo de un pandillero acuchillado en una pelea. Era joven, demasiado. Se imaginaba el tormento que habría supuesto para su familia en vida, y ahora en muerte. Tenía la piel completamente tatuada. Las heridas habían sido certeras al corazón y a varios órganos vitales. Al menos, todas las lesiones podrían ocultarse con la ropa.

        Cuando había terminado la mitad de los cuerpos, ya pasaban de las cinco de la tarde, y decidió que era hora de parar a comer. No había sentido apetito en toda la mañana y prefirió esperar a llegar a la mitad del trabajo, por lo menos. Salió a la azotea del edificio; le gustaba sentarse allí, alejada del ruido, del mundo.

     Repasó mentalmente el mensaje de Carlos, su novio. La cosa no iba bien y ambos lo sabían. Evitaban mantener contacto visual para que ninguno se viera obligado a dar el paso. Sin embargo, aquel mensaje era un adiós. Lo sabía. Durante unos minutos recordó aquellos momentos felices, que le parecían muy lejanos en el tiempo. Poco a poco, los dos se habían ido sumergiendo en sus trabajos, llevando su relación a una rutina que había matado el amor y la pasión inicial.

      Llevaba la mitad del sándwich solamente, pero ya no le entraba más. Lo envolvió en el resto del papel de aluminio y se lo metió en el bolsillo. Volvió a la sala. Abrió el siguiente expediente. Causa del fallecimiento: politraumatismo debido a una caída desde una gran altura. Al parecer, había ingerido alguna sustancia y se había proyectado desde el balcón de un hotel en el centro. Recordaba haber escuchado algo sobre el caso en las noticias del día anterior. La verdad es que, cuando vio el cuerpo, escribió en el informe “Se aconseja ataúd cerrado” e hizo lo que pudo. No le dedicó mucho tiempo porque no había forma de evitar que aquello destrozase a los familiares.

   Continuó con los otros tres cuerpos con premura. Dos de ellos serían incinerados y, además, pertenecían a los servicios fúnebres municipales, por lo que se trataba de personas sin hogar o sin familia. En todo caso, los trató con el mismo mimo y respeto, recortando las barbas y los descuidados cabellos.

      Cuando sacó el último cuerpo, miró el reloj: no faltaba mucho para las once de la noche. De nuevo salía tarde de allí. Abrió despacio la bolsa que cubría el cuerpo, descubriendo a una joven de una belleza inaudita. La palidez de su piel hacía que pareciese una ninfa de porcelana. Su delicado rostro estaba enmarcado por una lacia melena negra. Tenía los ojos cerrados y su boca parecía mostrar una mueca de alivio. Quizá su muerte le había dado, por fin, una paz que no había sabido encontrar en vida.

       Con suma delicadeza pasó la esponja enjabonada por su cuerpo. La secó y perfumó. Planchó su pelo y pintó sus uñas. Sus facciones eran tan bellas que apenas necesitaba un poco de rubor en las mejillas y brillo en los labios para conseguir que pareciera que el calor de la sangre en sus venas y la inocencia de su juventud todavía insuflaban vida a su cuerpo. Tomó ambos productos del carro del maquillaje. Desechó la idea de utilizar ninguna sombra, ya que, al tener los ojos cerrados, parecía que dormía plácidamente. Aplicó el brillo de labios de un tono natural y subió hacia las mejillas, dispuesta a aplicar el rubor.

      Sin embargo, por primera vez, algo la asustó de verdad. Aquellos ojos ahora miraban al techo: sin vida, sin brillo, fijos en el infinito de un mundo al que ya no pertenecía y, sin embargo, allí estaba. Jamás olvidaría aquella mirada.


miércoles, 21 de mayo de 2025

Chiquillos

          Desde que nací había sido el ojito derecho de mamá. Hasta que aquel mocoso llegó a casa, yo era el dueño de todo el tiempo y las sonrisas de mamá. Disfrutaba de toda su atención. Cada nueva meta que alcanzaba se convertía en una fiesta de abrazos y besos y, por supuesto, de obligada repetición ante papá, los abuelos y cuanta visita viniera a verme.

        Porque sí, porque era a mí a quien venían a visitar, y siempre me traían chucherías de todo tipo: chocolates, bolsas de aperitivos, caramelos… Incluso, en contadas ocasiones, juguetes. Yo lucía mi mejor sonrisa y pronunciaba un "gracias" de esos que dejaban a los adultos con cara de lelos, mirando el hueco de mi primer diente caído. Luego, mi primera bata del cole de mayores, después mis primeras notas, mi mochila de mayores…

        Una tarde de verano —y lo recuerdo muy bien porque estaba disfrutando del reflejo del sol en el agua de la piscina de casa—, mis padres me llamaron. Me hicieron salir del agua, cosa que no me gustó, aunque pensé que sería para ofrecerme un helado, así que intenté cambiar el morro de enfado por una mirada curiosa hacia la mesa. No vi el helado, así que volvieron los morros.

        Mi madre me miraba muy fijamente y se reía de mi cara de ancianito. No lo entendí, por lo que al morro fruncido le acompañaron las cejas bajas. Yo quería volver al agua; además, empezaba a tener frío mientras notaba el agua resbalando por mis piernas.

      —¿Te cuento un secreto? —la miré embelesado. Aquella pregunta podía ser mejor aún que el helado. Esperé allí, expectante, a conocer ese secreto que hacía que mi padre también sonriera como un tonto. Dios, aquel helado debía de ser impresionante—. Vas a tener un hermanito.

        No sé la cara que debí de poner, porque estaba demasiado preocupado en volver al agua si no iban a darme ningún premio por haber salido de la piscina. Mi padre me hizo una foto en la que yo miraba a la piscina. Aquel hermanito ya empezaba mal.

         Conforme la tripa de mamá parecía una pelota, ella empezaba a sentirse siempre muy cansada para jugar conmigo. La gente venía a verla a ella y no a mí, y de las bolsas de regalo ya solo salía estúpida ropa de bebé.

      El día que mamá volvió del hospital con mi hermano, yo decidí hacerme pis encima. Era mi bienvenida a aquel niño que no hacía nada más que dormir y que no sabía ni sumar dos números. Cuando, con el tiempo, consiguió mantenerse sentado —ya que solía caerse de espaldas el muy tonto—, mis padres aplaudían y le hacían mil fotos. Me puse de pie y le empujé un poco hacia atrás, y volvió a caerse. Yo estaba seguro de que era porque le pesaba mucho la cabeza. Mi madre, sin embargo, se molestó conmigo y me llevó a "la silla de pensar", que no solía visitar mucho hasta que él llegó.

       Conforme pasaron los años, empecé a verle un poco la gracia a eso de tener a alguien con quien jugar, y me iba cayendo un poco mejor. Incluso, cuando comenzó en el cole de mayores, yo dejé de jugar con mis amigos para vigilar que nadie le hiciera nada. Era mi hermano pequeño, era mi deber. O así lo entendí yo.

       Yo ya tenía doce años cuando, una mañana de sábado, se me ocurrió jugar con mi hermano al escondite. La idea era que mamá y papá no lo encontrasen. El problema era aquella risa suya tan aguda y contagiosa que siempre lo delataba, así que le puse un pañuelo bien atado en la boca. Se me ocurrió que el mejor sitio para esconderlo era bajo mi cama, metido en el canapé.

       El juego debía empezar cuando mamá me llamó a voces para que me acercase a la tienda de Matilde a comprar el pan. Iba a explicarle el juego, pero pensé que eran unos minutos y que, al volver, seguiríamos jugando.

       Con las prisas por ir y volver, crucé sin mirar, y el estúpido coche del vecino chocó contra mí. No recuerdo mucho, porque todo se apagó, y cuando desperté, estaba en el hospital. Mi madre había envejecido como mil años y mi padre tenía los ojos tan hinchados de llorar que me costó reconocerlos.

        Estaba confuso. Cuando conseguí hablar, les pregunté por mi hermano, y aquello provocó de nuevo el llanto de mis padres. Al parecer, había desaparecido. La policía creía que debía haber salido detrás de mí a la calle y se había perdido, o alguien pudo llevárselo.

        Pregunté, nervioso, cuántos días llevaba en el hospital. Tres. Llevaba allí tres días.

      Me entristecía la desaparición de mi hermano más de lo que me había imaginado jamás. Recordé cómo me divertía jugando con mi hermano… Jugar… Escondite. Dios mío.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Bicho raro

      Recordaba haber sentido dolor toda su vida. Daba igual la parte del cuerpo: cuando no tenía infección de oído, era de garganta, de espalda o de pies. Había tenido que pasar por múltiples tratamientos, hostigada por una débil salud. Sin pretenderlo, se había ganado múltiples apodos en el colegio debido a sus enormes botas ortopédicas, al aparato de dientes, a las gafas que, año tras año, se volvían más gruesas, etc.

      En el instituto, las cosas no mejoraron: pasó de ser el hazmerreír a ser el bicho raro, y en la universidad, la eterna virgen. Cuando acabó la carrera de Biomedicina, su propósito más firme era ayudar a otros para que no tuvieran la vida que ella había tenido. Sin embargo, la vida la golpeó de nuevo cuando el único chico con el que había salido le contagió una infección genital que volvió a doblegarla a base de antibióticos y antivirales. Al parecer, el muchacho había tenido un escarceo con una mujer una noche que había salido con sus amigos.

       La relación se terminó en ese mismo instante y, rota por la desesperación, pasó esa noche sentada en una de las sillas de la cocina, con la mirada fija en una de las baldosas de la pared. Se había pasado la vida llorando en secreto, en la soledad de su habitación. Sin embargo, aquella noche no lloraba. Su mente había conseguido desconectarse del dolor, de la realidad de su cuerpo tangible.

       Cuando por fin la primera luz del día iluminó sus manos, se levantó y se puso un chaquetón encima del camisón. Salió de casa y, de forma autómata, se dirigió al laboratorio en el que llevaba trabajando los últimos cinco años de su vida. A esas horas, el vigilante de la garita de entrada al recinto no reparó en su apariencia física, ya que disfrutaba de un cálido café mientras escuchaba la radio. Simplemente la saludó con la mano, facilitándole el acceso al edificio.

      Subió a su planta, donde, tras pasar su carnet magnético, tuvo acceso a todas las cámaras en las que se conservaban miles de probetas con diversas muestras vivas de organismos que estudiaban a diario.

       Abrió su bolso y, media hora más tarde, volvió a salir del edificio sin que nadie reparara en ella ni en su camisón de cerezas, que asomaba desgastado debajo de aquel chaquetón.

      Se subió al coche y, sin apenas parpadear, condujo diligente hacia su destino. Ya no habría más humillaciones. Se acabaría el ser un bicho raro. No respetó ni uno solo de los semáforos que le cortaban el paso, pero a esas horas de la mañana de un sábado, las calles estaban desiertas.

      Desde el coche saludó a Herminio, el orondo agente de seguridad de la central de suministros de agua de la ciudad. Estaba avisado de que, aleatoriamente, los miembros del Laboratorio Central de Sanidad podían ir a recoger muestras de agua, por lo que, cuando vio la identificación de ella, le facilitó la entrada saludándola con un gesto militar.

       Sabía perfectamente dónde estaba la central de distribución general del agua potable de la ciudad, por lo que no le costó acceder a la puerta que llevaba al interior de aquel enorme búnker. Una vez dentro, se quitó el chaquetón y lo dejó en el suelo. Abrió con cuidado el bolso y, una a una, fue vaciando las probetas de aquel líquido transparente, dejándolo caer en aquel inmenso manantial de agua ya depurada.

      Casi un centenar de probetas vacías se apilaban a sus pies. Cuando terminó, se dirigió a las metálicas escaleras que se introducían en el agua y permaneció allí, dejándose flotar, mirando el techo de hormigón de aquel lugar. Rápidamente comenzó a dejar de sentir dolor, en desaparecer para siempre.

         La policía no tardó en personarse en el vestíbulo del Laboratorio Central. Aquella llamada hablaba de una gran tragedia. Al parecer, uno de sus empleados podría haber sustraído centenares de una de las bacterias más agresivas.

        —¿De qué demonios estamos hablando? —preguntó exasperado el inspector Robles.

     —Del Vibrio vulnificus… o, si lo prefiere… la bacteria «come carne» —contestó con un claro temblor en la voz.

        Esa semana no cesaban de oírse sirenas de ambulancias por toda la ciudad. Nadie sabía cómo se habían contagiado. Pasaron dos semanas buscando alimentos en común. Todos los laboratorios del país analizaban miles de muestras. Hasta que uno de los empleados acudió al depósito de agua a recoger unas muestras y, al entrar en el búnker, pisó un montón de probetas de cristal.


miércoles, 7 de mayo de 2025

La niña

         Siempre les había preocupado la actitud de su hija. Desde que había nacido, no recordaban haberla visto mostrar ninguna emoción. Ni siquiera lloraba para mamar: su madre simplemente la ponía al pecho cada tres horas para asegurar su alimentación, y la niña, como una parte más de su vida, mamaba porque su cuerpo lo exigía, aunque su rostro no lo mostrase. No sabían siquiera cuál era el sonido de su risa. Le habían hecho pruebas de todo tipo y los resultados siempre eran los mismos: biológicamente sana, pero todavía muy pequeña para poder hacer otro tipo de análisis psiquiátricos.

       Al principio, a los conocidos les hacía gracia que un bebé los mirase desde el carro tan atentamente. Se reían cuando, a pesar de todos los intentos de sus padres haciendo el ridículo con muecas o ruidos absurdos, no conseguían más que la misma cara seria y atenta.

    Comenzó a dar los primeros pasos y pensaban que, poco a poco, conforme la niña fuera descubriendo el mundo, sus expresiones comenzarían a bullir. Sin embargo, no fue su caso. Todo parecía generarle el mismo estado de ánimo. La pediatra, entre bromas, les decía que en toda su carrera nunca había visto un bebé que no hubiese llorado nunca durante las vacunas ni en cualquiera de las revisiones, con todos los meneos que les daban a los niños.

      Los cinco primeros años de su vida continuaron sin novedad. Las tardes en el parque se las pasaba sentada en un columpio, balanceándose rítmicamente. Si algún niño se acercaba reclamando su turno en el columpio, ella simplemente echaba los pies al suelo, deteniendo el movimiento, y se bajaba como si hubiera perdido totalmente el interés.

     Cuando la madre se quedó embarazada, dudó sobre si seguir adelante o no con el embarazo, por miedo a que aquello pudiera afectar negativamente al desarrollo emocional de la pequeña. Aun así, decidieron que quizá un hermano le ayudase a socializar, a reír, a llorar... a ser una niña «normal».

      La niña se quedaba mirando aquella tripa cada vez más abultada de su madre, y cuando esta le decía si quería tocarla para notar a su hermanito, la pequeña la miraba muy seria, se daba la vuelta y volvía por donde había venido.

     No solía sufrir muchas caídas, por lo tanto no era habitual que se hiciera heridas y cuando, en rara ocasión, ocurría, simplemente se mojaba la herida y seguía a lo suyo. No parecía impresionarle ni la sangre, aunque sí se quedaba mirando, con aquellos enormes ojos marrones, cómo salía por la piel lastimada.

      Antes de que naciera el pequeño, habían decidido ir de picnic a un bosque que estaba a un par de horas en coche. Había salido un día increíble y tenían la esperanza de que, si llenaban la vida de la niña de momentos bonitos, al menos sería feliz, aunque no lo expresase.

      Nada más llegar, el primero en bajar del coche fue el viejo Thor, el golden retriever de la familia, que salió disparado hacia un árbol buscando alivio urinario. Las viejas mesas de madera de la zona de comedor estaban libres todavía a esas horas, por lo que, mientras el padre hacía un par de viajes al coche a por las bolsas, madre e hija paseaban por los alrededores buscando pequeñas frutas del bosque.

      No habían pasado más de unos minutos cuando el aullido de Thor los alertó. Corrieron al lugar del que procedían aquellos quejidos lastimeros del can. Estaba a unos metros de ellos y la imagen era dantesca: una delgada y larga rama le atravesaba su ojo derecho. Allí tumbado, se retorcía de dolor. La niña fue la primera que se acercó al perro. Sus padres estaban allí parados, en shock, mientras su hija cogía con ambas manos la rama y, de un tirón seco, la retiraba del cuerpo de la mascota, llevándose en ella el globo ocular.

      Tiró la rama y se quedó junto a Thor, que ya no aullaba: había empezado a convulsionar. El padre lo envolvió en su chaqueta y todos se subieron corriendo al coche para ir al veterinario de urgencia. La madre respiraba despacio; había empezado a notar unos fortísimos dolores en la parte baja del vientre desde hacía unos minutos, pero no quería pensar en ello.

     Miró por el espejo retrovisor hacia donde su hija estaba sentada, preocupada por si la escena que acababan de vivir podía hacerla reaccionar de alguna forma. Su hija estaba medio inclinada sobre el animal. Le abría un poco el envoltorio que su padre había improvisado en la cabeza del perro para poder ver mejor el agujero del que brotaba la vida de Thor. Iba a pedirle que no mirase aquello, cuando se dio cuenta de que aquella escena tan espantosa hacía sonreír a su hija. En ese momento, un cálido y turbio líquido comenzó a derramarse desde su cuerpo por sus propias piernas.