Cada día que pasaba odiaba más aquel pequeño piso en el extrarradio en el que vivía. Los últimos recortes presupuestarios en la facultad de Historia le habían obligado a mudarse a aquel horrible apartamento.
No tenía más que una única y diminuta habitación por lo que se había visto obligada a montar un improvisado despacho en uno de los laterales del salón. Tampoco le importó demasiado ya que no veía nunca la televisión ni esperaba visitas.
Cuando la simpática mujer de la inmobiliaria le enseñó el sitio no pudo ocultar su decepción. Lo cierto es que la franja de precios que podía permitirse era tan reducida que todos los que habían visitado hasta entonces eran igual de deprimentes. Y parecía que la cosa empeoraba en cada visita por lo que a aquellas alturas había asumido dos cosas. La primera, que no iba a encontrar el piso de sus sueños por menos de cuatrocientos euros, y lo segundo que empezaba a desesperarse al ver que el siguiente piso sería igual o peor que ese, así que susurró poco convencida “me lo quedo”.
La mujer de la inmobiliaria pareció sentir lástima por ella y le dijo que seguro que con una buena decoración conseguiría hacer milagros. Además, antes de despedirse le estrechó la mano con la promesa de intentar negociar el precio del alquiler.
Ella misma sabía que el precio era desorbitado para aquel cuchitril que olía a pocilga. Enseguida trató de convencerse a sí misma de que seguro que era debido a aquella moqueta verde mohosa que recubría todo el piso. Le daba tanto asco que había conseguido lo que su madre siempre le pedía de pequeña cuando le gritaba que no anduviera descalza.
Dedicó el mes de vacaciones de verano a pintar las paredes, cambiar algún electrodoméstico siempre asumiendo el costo y con la firme advertencia del propietario de que cuando se fuera tendría que dejar esos electrodomésticos nuevos allí.
Se molestó en cambiar las cortinas y poner otras con colores crema para darle un toque más agradable y elegante y, sin embargo, a mitad se había cansado al ver que era cierto el dicho que dice que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Para terminar de rematar su sensación de desesperación, a la semana de vivir allí, el piso se llenó de mosquitos. Inofensivos pero molestos. Cuando dejaba los restos de un sándwich en un plato a los pocos minutos decenas de mosquitos se habían quedado pegados en la margarina o en la salsa que contuviera dentro.
Al principio, pensó que al haber llegado la primavera era algo normal ya que en el portal y las escaleras que subían hasta el segundo piso, el suyo, mostraban la abundancia de los mismos insectos. Compró multitud de insecticidas en espray, pero se cansó de que su vivienda oliera de forma perpetua a citronela. Así que, como había ocurrido en el resto de la operación de decoración, también se rindió.
Pasaban las semanas y guardaba la esperanza de que, en septiembre, con la llegada del nuevo curso, el número de matrículas aumentase y la universidad pudiera volver a ofrecer los salarios propios de su cargo. Porque aquellos recortes que habían anunciado como temporales, casi hacía un años que se habían vuelto, al menos en apariencia, definitivos.
Trataba de buscarle algo positivo a aquel lugar y aunque le costaba reconocerlo, era la vivienda más silenciosa en la que había vivido. Solo tres viviendas en el viejo edificio. Debajo suya, la señora Amparo, una mujer viuda y sin hijos que no tenía más compañía que la de sus gatos y que nunca llegó a ver. En el piso de encima, un marinero de alta mar que según le habían contado en el bar de debajo de casa, se pasaba medio año embarcado y medio año en tierra. Al parecer, se había ido hacía dos meses por lo que no esperaba verle hasta empezado el curso y, con un poco de suerte, como se repetía a menudo, para entonces quizá ya estaría de nuevo en su anterior casa en el Paseo Pereda, junto al mar.
Un día, cuando volvía de una reunión en la facultad, le llamó la atención ver su calle abarrotada de gente. Todos miraban en una dirección, el portal de su casa. Al ver el camión de bomberos pensó en un incendio, casi al borde de la histeria nerviosa, algún electrodoméstico habría hecho contacto quemando toda la instalación de hilo de un piso atiborrado de paredes de papel pintado y con una moqueta sintética como acelerante.
Conforme se acercaba, la ausencia de olor a quemado o humo le inquietaron. No tenía nada de valor en el piso, nunca había sido una mujer ostentosa en cuanto a joyas. Y lo único que podía terminar de hundirle sería la pérdida de su portátil o de su proyecto investigador que sumaba ya más de medio millar de documentos y del que guardaba copia en un pendrive, y por suerte, jamás se separaba de lo uno ni de lo otro.
Se convirtió en otra curiosa más de su propio edificio mientras se aproximaba al mismo. Cuando se encontraba a un par de metros del portal, se tuvo que hacer a un lado para permitir el paso de los sanitarios que llevaban una aparatosa camilla sobre la que descansaba una bolsa funeraria. Al parecer, la señora Amparo había fallecido hacía unos días y su cuerpo se había ido descomponiendo, sirviendo de alimento para los felinos, muertos también. De ahí los mosquitos y aquel olor…pobre mujer.
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