miércoles, 3 de diciembre de 2025

El abismo

        Lo he leído en algún sitio, estoy seguro. Cuando te asomas a un precipicio o a alguna altura que augura una muerte segura, nuestro cuerpo se siente atraído hacia ella. Cuando caminas no titubeas, no sientes que te vas a caer hacia delante y, sin embargo, allí estaba, mirando hacia esa impresionante caída libre desde la cornisa de aquel edificio al que había acudido los últimos quince años de mi vida.

        Qué estúpidos habíamos sido. Aquella quedada debía haber terminado con un montón de recuerdos y de anécdotas que recordar y echarnos en cara el resto de nuestras vidas. Ninguno pensamos que terminaría en un carrusel de entierros y de despedidas.

       Siempre habíamos sido solo nosotros cuatro, pero en aquel viaje fuimos cinco. Se había unido el último ligue de Susan. Un tipo que la verdad encajaba con ella, vaya par de bichos raros. Gótico, oscuro y, como a ellos les gustaba autodenominarse, “adoradores del diablo”. Lo de Susan era una etapa rebelde, todos lo teníamos claro, sus padres la habían machacado desde niña vistiéndola de niña repollo, siempre de rosa y con enormes lazos sobre su cabeza. Esto no era más que ir al lado contrario de lo que siempre habían querido para ella.

       Cuando nos presentó a Perro, sí, ese juro que era su nombre, todos nos miramos e intentamos no reírnos. Perro y ella parecían inseparables. No era muy hablador, cosa que agradecimos porque estábamos seguros de que poco tendríamos en común con él. Susan era todo lo contrario, divertida, vivaracha, todo lo contrario, a su aspecto. 

       No tardamos en llegar a la casa rural que habíamos alquilado para ese fin de semana. Nadie pensaba lo que nos deparaba la noche del sábado en la que comenzó el fin para todos nosotros.

       Perro nos habló de una página que conseguía que la gente hiciera cosas impensables, era como si por leer unas líneas en una estúpida página de internet, alguien a distancia se pudiera hacer con el control de nuestras mentes. Nadie le creímos, ojalá nos lo hubiéramos tomado más en serio.

       La primera en querer probar fue Susan, cómo no. Su chico le mostró la página. Unos ojos rojos en medio de un fondo negro escaneaban el rostro de nuestra amiga. Se activó el reconocimiento facial, algo que nos pareció extraño y agradecimos que fuera el teléfono de Perro el utilizado para aquello ya que todos pensamos que se le estarían instalando cientos de virus en el dispositivo.

        A los pocos segundos, aparecieró en el dispositivo la única norma a cumplir, uno a uno después de nuestros nombres, se mostraría una frase que solo podía leer esa persona para sus adentros, nadie podía saber qué decía aquella pantalla. Uno tras otro aceptamos jugar. Solo queríamos reírnos un poco y, a falta de los juegos de mesa que Paul olvidó llevar, aquello no era más que una forma de pasar el tiempo. Cada uno de nosotros leía su frase y guardaba silencio, pensativos.

      Mi frase, “Cuando miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Menuda chorrada, pensé. Le devolví el móvil al muchacho y me sentí muy cansado, nadie tenía ganas de trasnochar más, todos lo acusamos al viaje, aunque no habían sido más de un par de horas.

        Al amanecer, el grito ensordecedor de Susan nos despertó a todos, que corrimos en ropa interior a su cuarto para ver qué le había provocado aquel estallido de pánico. No necesitamos preguntar. Cuando entramos en la habitación vimos a Perro bocarriba sobre la cama, tenía ambas muñecas cortadas y por las manchas en el camisón y cuerpo de Susan supimos que lo había hecho mientras ella dormía acurrucada a su cuerpo.

        Tras llamar a la policía y prestar declaración, volvimos a casa. No entendíamos qué había pasado. Susan estaba en estado de shock y no quisimos dejarla sola. Esa noche se vino a mi casa. No quise preguntarle nada, pero ella me dijo antes de dormir que su novio no quiso decirle nada de su frase, pero tenía algo que ver con el calor de la sangre. Ella había dormido sobre aquel cálido caldo y no se había dado cuenta.

        Me despertaron los ladridos del puñetero perro de mi vecino. La cartera había llamado a su puerta y el animal como siempre se había puesto nervioso. Me desperecé y salí de aquel incómodo sofá. Le había dejado mi cuarto a Susan, necesitaba descansar bien. Me vestí y decidí salir a comprarle algo dulce para desayunar. 

        Agradecí salir a la calle y respirar el aire fresco. Notaba todo mi cuerpo entumecido. A pesar de ser lunes, me habían dado la semana libre por lo que había pasado. No tuve prisa en volver ya que era muy temprano y no quería despertar a Susan. Decidí darle tiempo. Además, le había dejado una nota advirtiéndole que había bajado a por algo para desayunar, que fuera preparando los cafés.

      Cuando entré en el piso, enseguida vi la puerta de la habitación abierta por lo que no me costó deducir que ya se había levantado. Escuchaba el agua de la ducha. Me metí en la cocina para preparar los desayunos de ambos. Ya habían pasado veinte minutos y comencé a preocuparme. Me acerqué a la puerta del baño y pregunté en varias ocasiones a voces si se encontraba bien. Al no haber respuesta, abrí la puerta y la vi. Desnuda y con los ojos muy abiertos su piel de porcelana le daba un aspecto tétrico allí colgada dentro de la ducha. Suicidio, determinó la policía, el impacto de haber perdido a su novio debió de ser el detonante. 

       Cuando llamé por teléfono a Paul y a Tom y ninguno me cogió el teléfono, yo no lo sabía en ese momento, pero ninguno de ellos podría hacerlo. Los dos reposaban en la cámara del tanatorio.

       Esa noche sentado en mi sofá no dejaba de ver hacia la puerta del baño. Había bajado al bar de debajo de casa a tomarme un café cuando la imperiosa necesidad de orinar era inaguantable. Me negaba a entrar en el baño por miedo a volver a encontrarme con aquellos ojos sin vida.

      Cuando salí del bar me eché a caminar sin rumbo, o al menos, yo creía que era sin rumbo. Ni siquiera cuando abrí el portal que daba acceso al bloque de oficinas donde trabajaba me sorprendió. El portero me saludó con un leve levantamiento de cejas. Estaba acostumbrado a que las noches de entrega de informes acudiéramos a terminarlos a horas intempestivas. 

       No recuerdo muy bien cómo he llegado a la cornisa de la fachada de un edificio de dieciséis plantas, ni sé por qué aquello no me asusta. Miro hacia abajo y mi cuerpo cimbrea con la brisa nocturna. Qué pequeño parece todo desde allí arriba. Me siento en paz, libre. Recuerdo mi frase, el abismo, ahora el suelo de la acera parece más lejano, quizás solo es un sueño, me pregunto si tras la caída despertaré. Vuelo.


2 comentarios:

  1. Uf ! Impresionante 🤩, se te quita la piel de gallina. Vaya mente que tiene tan privilegiada. Me encanta todo lo que escribe. 😘😘

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Charo, qué bonito que sigas a mi lado. Un abrazo enorme, preciosa

      Eliminar