Lo cuento porque lo viví. No es una de esas historias que le pasaron a un amigo de un amigo. Mientras escribo estas palabras veo mis dedos bailando por el teclado, nunca supe escribir sin ver hacia él. Bajo mis uñas todavía está la fina línea carmesí que ha dejado la sangre de aquella muchacha mientras la arrullaba sobre mis rodillas escuchando los balbuceos de súplica de alguien que expiraba su último aliento.
En cuanto la policía me ha dejado venir a casa podía haberme dado una ducha, haberme tomado un tiempo para procesar todo lo que ha ocurrido, pero necesitaba dejar plasmadas estas palabras antes de que lo olvide.
Ninguno de los allí presentes podía imaginarse que su día iba a seguir así, es más, estoy seguro de que aquella joven no imaginó mientras se ponía aquel delicado perfume o aplicaba la máscara de pestañas que sería la última vez que lo haría. Me preguntaba si ya habrían avisado a su familia.
Mientras esperábamos la ambulancia me sentí tentado a buscar su documentación, a que algún ser querido cogiera su mano, escuchase su voz por última vez. Que al menos tuviera la oportunidad de despedirse. No lo hice porque enseguida nos rodearon decenas de personas y no quería que pensasen que mi intención era robarle. Además de que no tenía ninguna mano libre ya que con una sujetaba su cabeza y la otra apretaba el profundo corte del abdomen como si así pudiera contener sus vísceras en el interior.
El mundo se había detenido, aquello había apagado las bocinas de todos los coches colindantes, incluso la respiración de todos aquellos curiosos, que se acercaban movidos por el morbo y que al ver la oscura sangre que emanaba caliente del cuerpo de ella dejando escapar su vida entre mis dedos, parecía haberse cortado.
Cuando los técnicos de emergencias me pidieron que les dejase sitio, que ellos se ocupaban, yo ya sabía que no iban a poder hacer nada por ella. Hacía un par de minutos que pude ver cómo sus ojos perdían el brillo de la vida, de los sueños por cumplir. Me vi reflejado en aquellos enormes ojos verdes.
El corte había sido mortal de necesidad, nadie hubiera podido salvarla. Había cruzado la calle tambaleándose, pidiendo auxilio con ambas manos tapando una herida que ya teñía del todo aquel precioso vestido de gasa beige. Los coches se habían detenido sin colisionar con ella, pero los ocupantes miraban hipnotizados una imagen que parecía sacada de una película sin moverse del interior de los vehículos.
Vi que iba a desplomarse y corrí todo lo que me alcanzaron las piernas. Me acerqué a ella y de un rápido movimiento saqué el cuchillo que todavía llevaba clavado para que mis manos cubriesen aquel agujero.
Me acerqué a ella y le susurré que no tuviera miedo, que ya no había dolor, que me quedaría con ella hasta el final. Ella me miraba fijamente mientras dos cristalinas lágrimas resbalaban por su rostro. De repente, el día pareció hacerse noche ya que la luz del sol quedaba oculta detrás del grupo de personas que hicieron corrillo encerrándonos en un círculo de piernas.
La policía y las dos ambulancias llegaron casi a la vez. Los agentes despejaban el lugar de curiosos permitiendo que los sanitarios se acercasen con todo lo necesario para intentar salvar la vida de aquella mujer que yacía sobre mis piernas simulando la escena de La piedad de Miguel Ángel.
Cuando los sanitarios comenzaron sus maniobras de reanimación, intenté ponerme de pie. Tenía ambas piernas entumecidas por la adrenalina y la postura incómoda sobre el asfalto. Un agente se dio cuenta y se acercó para darme un punto de apoyo.
Me acompañaron a la parte de atrás de una de las ambulancias y allí mismo me tomaron declaración. Les dije la escena que había presenciado, y cómo vi a la chica gravemente herida. Vi que uno de los agentes de la científica traía el cuchillo dentro de una bolsa cerrada en la que se recogían las pruebas. El detective que me estaba interrogando me preguntó si había visto quién llevaba el cuchillo.
—¡Por supuesto que lo he visto! —contesté sin pensarlo —Ella misma lo llevaba, hundido en su abdomen. Yo mismo se lo saqué para poder cubrir su herida e intentar salvarla.
El detective me dijo que no debería haberlo extraído, que era posible que aquello hubiera acelerado la muerte de la chica, por no hablar de que debían tomarme las huellas para descartarlas de las que encontrasen en el arma y ver si conseguían distinguir las del autor del crimen.
Acepté a regañadientes la reprimenda de aquel imberbe detective que pareció compadecerse de este pobre anciano que solo intentaba salvar a aquella mujer y que se sentía molesto por la falta de reconocimiento a su valor.
—Es posible que hubiera muerto igualmente, a simple vista la herida parece mortal y me sorprende incluso que haya sido capaz de avanzar unos metros. La próxima vez no retire nunca un objeto que esté dentro de una herida porque en cierto modo ese mismo objeto que produce la herida, la tapa y si lo retira hace mayor el corte.
—De acuerdo, agente. Lo siento…—contesté bajando los ojos. Me tomaron las huellas y salí de allí cabizbajo, después de que me avisasen de que igual necesitaban más adelante volver a tomarme declaración.
Me hubiera gustado decirles que sabía de sobra lo de retirar el cuchillo, pero es que mi intención era que la mujer no hablase, no pudiera decir que había sido yo mismo el que unos minutos antes le había introducido aquel horrible cuchillo en lo más profundo de su ser. Claro que iban a ver las huellas del asesino y, por supuesto que no podrían diferenciarlas de las mías, pero eso aun no lo saben.
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