miércoles, 10 de diciembre de 2025

El escritor

        Me miraba sonrojada, tímida. No tardé más de unos segundos en analizar su actitud y hacerme una idea acerca de ella. Estaba seguro de que era su primera entrevista. Era posible que fuera una invitación por parte del organizador del evento, aquel cincuentón que me había dado la mano al entrar mostrando una dentadura de un blanco antinatural. Por el lugar en el que le había posado la mano en las últimas lumbares estaba claro que esperaba una compensación por aquello.

       Llevaba un vestido vaporoso que le daba un aire etéreo a su blanca piel. Sus ojos esquivos hablaban de muchas inseguridades, quizá una infancia de acoso en la escuela. Uñas cuidadas y manos delicadas, en casa no tenía que fregar ni encerar los suelos, o seguía protegida por papá y mamá o podía permitirse tener servicio doméstico.

       El maquillaje muy suave, casi ausente. Una delicada capa de rímel y un brillo en los labios que le daba aquel toque adolescente, apetecible. Color del cabello a juego con sus cejas, era natural y no se veían canas incipientes, era joven, mucho. No llevaba altísimos tacones de aguja como estaba acostumbrado a ver en otras presentadoras, no buscaba llamar la atención, es más, parecía incómoda cuando el foco acariciaba su piel y le tocaba acercar el micro a la boca para hablar. Pude imaginarme pequeñas gotas perladas de sudor resbalando por su piel bajo aquel vestido. Deseé arrancárselo y comprobarlo. 

       Dedicó unos minutos a leer el breve currículum que mi agente había escrito para que pudiera hacer la presentación. Todavía me producía cierta añoranza escuchar cómo habían sido mis primeros pasos. Dediqué aquellos instantes previos al comienzo de mi exposición para seguir acariciando su cuerpo con mi pensamiento.

       No tenía pareja, nadie hubiera sonreído o permitido aquella intimidad con el viejo verde, y tampoco ella parecía muy pendiente de nadie en concreto. Después de las cientos de entrevistas que me habían hecho, sabía que estos segundos debía sonreír y poner mi mirada más humilde, buscando conectar con el público.

     Las últimas líneas las hizo de memoria, según me había contado era una gran fan y había leído mucho sobre mi vida. Parecía sincera cuando con la mano sudada había estrechado la mía con la ilusión de una chiquilla. Creo que hoy iba a descubrir algo que no sabía.

       Tras su speech, comenzaron las preguntas camufladas de distendido diálogo pactado con semanas de antelación. Me había preguntado muchas veces si esas preguntas estaban estipuladas en alguna especie de manual, algo así como qué preguntarle a un escritor, ya que sin fallo se repetían una tras otra en cada acto así.

        Estaba en la promoción de mi última novela por lo que esta era la última presentación, 40 ciudades en los últimos dos meses. Yo mismo habría aborrecido mi novela si no fuera porque hablar de ella me seguía excitando en mi fuero interno. Aquel inconfesable lugar que escondía turbios secretos.

       Tras banales cuestiones acerca de la novela: fuente de inspiración, labor de documentación, alguna anécdota de esas que gustan, comenzó el turno de preguntas del público. Algunos de mis compañeros de profesión confesaban entre risas que ese era el momento más tenso para ellos porque no sabían nunca lo que se podían esperar. A mí eso no me ocurría. Cuando alguien levantaba la mano pidiendo el micro, los segundos hasta que podía escuchar su voz a través de los altavoces le hacía un análisis similar al de la presentadora y podía predecir qué era lo que le inquietaba. Esa primera mano era de una mujer que se mostraba segura, incluso agresiva en sus gestos, dominadora, uñas rojas perfectamente cuidadas, ojos de gata y mirada fija en mí, puede que su fetiche fuera meterse en la cama de un escritor que tenía la suerte de vivir de sus libros. Tocaba pregunta personal, quizá si tenía pareja. La respuesta era que no, siempre, según mi agente, aunque en algún momento la situación cambiase, debía mantener una imagen accesible para un público así. Todo eran ventas.

       No iba a cambiar la situación. Lo tuve claro desde la primera vez que sentí que mi placer estaba más allá de despertarme cada día al lado de la misma persona. Además, una pareja lo complicaría todo. Serían necesarios más cerrojos en casa. No, me gustaba la intimidad de mi casa alejada de todo, en medio del bosque.

       Siguieron varias preguntas igual de fútiles, y entonces la ponente se excusó en mis apretada agenda y dijo que solo había tiempo para una pregunta más. Otra mano. Un potente foco a unos metros sobre aquella cabeza me impedía distinguir su rostro, intenté cubrir mis ojos con una mano a ver si distinguía algo más, pero era imposible. Me gustaba poder ver los ojos de las personas con las que hablaba, me daba una sensación de control. 

       El voluntario que portaba el micro se lo acercó a la persona que solicitaba el turno de pregunta.

      —Buenas tardes, está claro que es un escritor excelente, pero ¿cuál cree que es su verdadero talento? —Aquella voz. Era imposible que fuera él. Había pasado mucho tiempo. Todavía me volvía loco aquel timbre, la cadencia de cada palabra, su sensualidad. Se me habían quedado tantas cosas por hacerle.

       —A lo largo de mi vida he escrito más de dos docenas de libros, a cada cual más oscuro. Todos ellos me han proporcionado una fama y un éxito de ventas que no sé si es merecido o no, pero no creo que sea ese mi verdadero talento. Llevo más de treinta años escribiendo y creo que no podría dejar de hacerlo. Lo que relato en mis libros no son más que mis memorias, momentos reales de mi vida que me causa excitación releer una y otra vez. Creo que mi talento ha sido salir impune de todos ellos. Saber que nunca han buscado a mis víctimas, que nunca las han encontrado y que nunca sabrán si lo que les acabo de contar es cierto o no.

        El silencio fue tan absoluto que parecía que el público no era real, no se movían, no respiraban. Quizá todo era un sueño, pero entonces un aplauso ensordecedor atronó en aquel salón de actos. Todos sonreían y tras terminar se acercaban a comprar otro ejemplar firmado de mi novela. Llevaba treinta años confesando mis actos y seguían siendo mis memorias sobre ellos auténticos best-sellers. Qué curiosa es la gente.


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