Odiaba cuando le tocaba el turno de noche. No era un tipo miedoso, pero aquel dichoso libro de relatos que estaba leyendo le había vuelto algo paranoico y cada ruido detrás de sus espaldas hacía que su corazón palpitase como loco.
El trabajo en la zona de restauración del cine era una tarea llevadera la gran mayoría de los días, aunque los turnos de tardes cuando se estrenaba algún éxito de dibujos animados se convertía en una locura. Aun así, aquellos pequeños con sus miradas de emoción y sus risas nerviosas no dejaban de divertirle. Las noches, sin embargo, eran turnos de trabajo más cortos, pero más duros ya que tocaba el cierre y conteo de cajas, la limpieza de la maquinaria de bebidas, palomitas y control de la temperatura de cámaras antes de salir.
Su hermano, Hugo, fanático de las películas de terror, le había regalado aquel libro de relatos. Desde pequeño había asombrado a todos con su memoria fotográfica y aquellos datos que no dejaban de hacer estremecer a quien los escuchaba. Con el paso de los años, se había ganado a pulso el apodo de bicho raro en el colegio cuando lo habían visto jugando con un gato muerto detrás del pabellón de deportes o en el instituto cuando hizo una exposición antes sus compañeros de temática libre en la que explicó con todo lujo de detalles el proceso de momificación en el Antiguo Egipto con evisceración incluida.
Cuando David abrió el envoltorio del regalo que le había entregado su hermano y supo cuál era la temática de aquel libro firmado por un tal James Shiver, se aventuró a hacerle ver que aquellos cuentos no le asustarían en absoluto, sin embargo, le dio su palabra de leerlos. Empezando esa misma semana en la que su turno terminaba pasada la medianoche.
No solían quedarse solos por seguridad, pero aquella noche, Mónica, la compañera que debía cerrar con él, le pidió el favor de salir antes ya que su madre estaba hospitalizada y debía pasar la noche cuidándola en el hospital. No puso problema ya que llevaba enamorado de ella desde el primer día que la vio.
Cuando comenzaron los pases de las películas de las diez de la noche, los pasillos del cine estaban casi desiertos, algo habitual entre semana. Aquellos largos pasillos de paredes forradas de un perturbador terciopelo rojo con un suelo de infinita moqueta negra. Los pesados sacos de basura se bajaban en el ascensor interno de personal a una entrada al almacén a la que se accedía desde el último piso del parquin. Mientras arrastraba aquellos sacos tuvo la sensación de escuchar unos pasos detrás suyo. Se volvió un par de veces para comprobarlo, pero no había nadie.
No podía dejar de tener la sensación de que alguien lo observaba por el pasillo, detrás de aquellas enormes figuras publicitarias de los monstruos de las películas proyectadas. Se reprendía por tener aquellos pueriles pensamientos, sin embargo, comenzó a realizar las operaciones de cierre de cajas tan apresuradamente que erraba los cálculos y el tener que realizar nuevos recuentos retrasaba inexorablemente su salida.
Cuando entró en el office tuvo la sensación de que alguien en el mostrador susurraba su nombre. Se asomó convencido de que se trataría de Antonio, el compañero de la empresa de seguridad que había tenido la misma suerte de turno de trabajo que él y que debía estar metiéndole prisa para salir de allí. Cuando salió al mostrador para informarle de que en cinco minutos los dos estarían fuera no vio a nadie. Volvió al office pensando que debía haber sido un ruido de las cámaras frigoríficas que le habían creado esa ilusión.
Apagó la luz y cuando iba a cerrar la puerta, en lo más profundo de la oscuridad de aquel cuarto volvió a escuchar su nombre. Aquella vez estaba seguro de que la pronunciación vocal de las letras no provenían de ningún electrodoméstico. Volvió a encender la luz, nada. El único zumbido que escuchaba era el de aquel viejo tubo incandescente. Cogió el afilado cúter con el que abrían los paquetes de mercancía que recibían. Sabía que sus compañeros en el turno de la tarde echarían humo al no encontrarlo, pero necesitaba sentir que llevaba una suerte de arma.
Cerró y deseó salir de allí cuanto antes. Se sentía estúpido por dejar que aquel miedo infantil le estuviera paralizando las piernas. De nuevo debía cruzar aquel pasillo, pasando por delante de todas aquellas figuras que en la oscuridad del local ahora se antojaban vivas. Sacó el cúter. Lo llevaba abierto en su mano derecha. Le extrañaba no haber visto a Antonio por los pasillos, seguramente estaba comprobando en las salas que no quedase nadie.
La moqueta del suelo amortiguaba sus pisadas y, sin embargo, de nuevo aquella sensación de que alguien le seguía. Se detuvo en seco. Los pasos de su perseguidor se detuvieron también. Sabía que estaba cerca, tanto que podía escuchar su respiración casi acariciando su nuca. Las luces del pasillo que se apagaban automáticamente a una hora determinada lo dejaron sumido en una espesa oscuridad. Trató de agudizar sus sentidos, sin embargo, aquel que nos mantiene alerta le decía que tenía a su perseguidor a unos centímetros. No se lo pensó, nadie se hubiera quedado a esas horas con buenas intenciones. Lo más probable era que su vida estuviera en peligro. Dio una voz llamando a Antonio, pero no apareció por ninguna parte.
Cuando una palomita olvidada en el suelo de aquel lúgubre pasillo crujió detrás de él no se lo pensó. Apretó el cúter en su mano y con un giró rápido de su torso la hundió en el cuello de aquella sombra que estaba detrás de él. El cuerpo oscuro de alguien cayó pesadamente a sus pies. Balbuceaba echándose la mano al cuello tratando de cortar aquella hemorragia que lo desangraría en cuestión de segundos.
La voz de Antonio lo sacó del trance cuando desde la puerta del montacargas le dijo en voz alta:
—David, ha venido tu hermano a buscarte. Le he dejado pasar para que no estés solo. Nos vemos mañana.
Sin palabras y sin respirar... Me has dejado... Patri
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario, me hace mucha ilusión saber qué os parecen. Un abrazo muy grande¡
EliminarWow!!
ResponderEliminarTremendo final .
Te quedas rayandote el cerebro un buen rato.
Espectacular 👏👏👏
Muchas gracias María por tu comentario. Me alegra haber conseguido sorprenderte con el final. Un besote grande¡
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