miércoles, 24 de septiembre de 2025

Estoy muerto


        Estoy muerto. Al menos eso es lo que le ha dicho el médico a Mary, mi mujer. Pude escucharlo, aunque estaban a unos metros de la cama de hospital en la que estaba tumbado fingiendo dormir.

        Cuando volvió a la habitación he escuchado como ahogaba el hipo de un llanto interno. Intentaba ser fuerte, Dios sabe todo lo que esa mujer ha pasado y superado y, sin embargo, esta enfermedad nos ha cogido por sorpresa a ambos. 

      Durante unos minutos sentí como si estuviesen hablando de otra persona, no podían estar poniéndole fecha de caducidad a mi vida. Joder, solo tengo cincuenta y dos años. He dejado de fumar, de beber y hasta me obligo a comer más sano. Mary me arrastra cada mañana a caminar con ella una hora. Al principio me costaba, ahora que veo que nos quedan pocos paseos solo deseo salir de este hospital y coger su mano mientras la escucho contarme las novedades del pueblo.

         Notaba un dolor intenso en la garganta, es la rabia, el desconsuelo, la negación. Como cuando eres niño y viendo una escena triste en una película no quieres llorar delante de tus amigos. No pensaba llorar, no podían precisar cuánto tiempo me quedaba, pero no iba a doblar la rodilla de forma sumisa ante la muerte.

      Cuando el médico me dio la noticia a la vez que el alta y me aconsejó que guardase reposo y disfrutase de mis seres queridos lo miré y le agradecí a regañadientes que fuera el portador de tan aciaga noticia. Mary sujetaba mi mano, pero rehuía mi mirada. Aun no estaba preparada para esto. Yo tampoco, Mary, yo tampoco.

      Cuando llegamos al coche se sentó ella al volante, no quise disgustarla, estaba claro que en su cabeza había otras preocupaciones y que dentro de ellas estaba la extraña idea de que cuanto menos hiciera más horas le ganaríamos al triste desenlace. Durante un segundo estuve a punto de bromear acerca de si sería seguro que llevase ella el coche a pesar de llevar una veintena de años sin conducir por miedo, pero cuando iba a hacerlo me di cuenta de que le temblaba el mentón y preferí callar.

        Al llegar a casa, suspiré mirando a mí alrededor, me gustaba el hogar que habíamos construido. Me alegraba saber que ya estaba pagada y que sería uno de aquellos asuntos a poner en orden que no supondría un gasto para Mary y, al no tener hijos, los asuntos, en general, se simplificaban mucho.

         Comimos en silencio y la siesta habitual esta vez fue en la cama, ella insistió en que era mejor para mí. Se abrazó fuerte a mi cuerpo, no sé si para asegurarse que mi corazón seguía latiendo o para que no me alejasen de ella mientras dormía.

         Esa noche cenamos en el porche, escuchando el sonido del bosque. Todavía nos costaba hablar entre nosotros, buscábamos palabras que no arrastrasen sentimientos y nos provocaran caer al vacío del llanto. Así que fui yo el que comenzó a hablar como si ese día nunca hubiera existido. Decidí seguir hablando de planes futuros, de cosas que quería arreglar en el campo, de viajes que haríamos a ver cómo estaban sus padres…Ella me miraba absorta, debatiéndose en si prohibirme aquellos esfuerzos o dejarme hablar y hacerle creer que aún nos quedaba un futuro juntos. Doy gracias a Dios por optar por lo segundo ya que la primera opción sería aceptar que mi vida, lo que me quedase de ella, de no ser así se limitaría a estar sentado mirando al vacío y esperando el final.

          Una mañana, me desperté temprano y decidí salir a respirar el aire puro del amanecer, cargado de la humedad del rocío. Salí sigiloso, intentaba no despertar a Mary ya que había pasado toda la noche inquieta y entonces dormía plácidamente.

         Al pasar por el lateral del porche, me pareció escuchar algo de revuelo en el gallinero, al principio no le di importancia, pero las palabras maldiciendo al gallo me pusieron en alerta. Desde hacía meses, notábamos que cada vez teníamos menos gallinas. Le echábamos la culpa a algún zorro hambriento. Desde la entrada del cobertizo, agazapado, comprobé que el zorro tenía nombre y apellidos, mi vecino. Otra de las condenas con las que había acarreado parte de mi vida. 

       Era un ser malhumorado, maleducado y faltón. La falta de higiene hacía que supiéramos de su visita desde antes de que llamase a la puerta y su presencia perduraba varios minutos después de su partida. Él era quien había ido llevándose nuestras gallinas, parte del futuro alimento de mi mujer, una viuda a la que la vida se le pondría complicada. No podía permitirlo. Mi mano se cerró alrededor del mando de la azada y en un mismo movimiento vi como mi brazo dejaba caer con toda mi fuerza la herramienta sobre el cráneo de mi ya difunto visitante. Lo eché con cuidado a una carretilla y lo serví de desayuno a los cerdos.

         Mary se ocupaba del huerto y yo de los animales, así que sabía que no se asomaría por allí.

        Después de aquello decidí que dedicaría mis últimos días a facilitarle la vida futura a Mary, sí, eso haría. Mientras desayunábamos, ella me dijo que había tenido problemas con el nuevo repartidor del correo. Al parecer la miraba de una forma que la incomodaba y nunca entregaba los paquetes a tiempo y tenía que desplazarse ella a buscarlos. Yo solo sonreí pensando en que nuestros cerdos desayunarían bien el tiempo que me quedase de vida. En la próxima matanza del cerdo, los nuestros serían los más hermosos y grandes y Mary se aseguraría buena carne para varios meses. 



miércoles, 17 de septiembre de 2025

El bocadillo

          Odiaba ir a la escuela desde el primer día que entró en aquella aula y Unai puso sus ojos en él. En aquel preciso instante había dado comienzo una etapa de su vida en la que las collejas, los insultos y los escupitajos en el pelo eran diarios.

        Al principio, lloraba y se escondía. Había comenzado a orinarse en la cama y por las mañanas, cuando su madre lo despertaba para ir al colegio, deseaba con todas sus fuerzas encontrarse tan enfermo por fuera como se sentía por dentro a ver si su madre le permitía quedarse en casa. A salvo.

         Había perdido el apetito y las ganas de hablar. Se mantenía en constante estado de alerta y es que, con el paso de los años, las maldades de Unai habían ido agravándose hasta el punto de ser peligrosas.

        Había probado de todo siguiendo las sugerencias de aquellos adultos que auspiciados en una supuesta experiencia le decían que lo ignorase, que se aburriría, que hablase con él, que lo enfrentase, que le parase los pies e incluso que se lo dijese a los profesores. Nada dio resultado, bueno sí, una nueva paliza o humillación pública.

         Todo había dado comienzo con la última paliza de su padre a su madre. Ella se cansó de él, pidió el divorcio y volvieron a la ciudad natal de su madre. «Tenía que empezar de cero», había dicho, pero se había olvidado que para él también era un cambio.

       Aquel miércoles tenían excursión al monte Aloya. Algo que podía haberle producido una ilusión tremenda ya que siempre había adorado la naturaleza y salir del centro, desde que vivía allí, aquellas excursiones se traducían en oportunidades de Unai para amenazarlo o atemorizarlo con miedos nuevos.

          Intentaba caminar siempre próximo a los profesores, en silencio, con la mirada nerviosa controlando los flancos. La idea era complicarle lo máximo posible la posibilidad de herirle, ya que aquel malvado ser conseguía siempre ocultar sus actos de la mirada de unos profesores que empezaban a dudar de que sus quejas no fueran más que para llamar la atención al ser nuevo y que para ello no dudaba en calumniar a otro compañero.

          A la hora del almuerzo, los profesores se sentaron todos juntos en unas mesas de piedra que había en una especie de merendero en la cima. Pensó en pedirles si se podía sentar en la mesa con ellos, pero se lo pensó mejor ya que aquello seguro que lo avergonzaría más delante de sus compañeros.

        Alejándose unos metros, se sentó apoyando su espalda contra el tronco de un árbol, así cubriría su espalda. Masticaba despacio los trozos de aquel reblandecido bocadillo de tortilla de patatas que su madre le había preparado por la mañana con todo su cariño. Estaba delicioso. Tanto que cerró los ojos dejándose llevar por el sabor de la tortilla, el pan y el armonioso ruido del bosque. Por ello no se dio cuenta de que alguien se le había acercado por detrás sigilosamente. Alguien que llevaba algo en la mano, posado sobre un pañuelo de papel. Cuando abrió los ojos le dio el tiempo justo para ver la mano de Unai acercándose velozmente a su cara y restregando aquel papel sobre su boca. El olor y la textura no dejaban lugar a dudas, era boñiga aun caliente de vaca. Unai se echó a correr y él se quedó allí con el último trozo del bocadillo todavía en la boca.

           Los profesores desde la mesa avisaban a los niños para que fueran terminando y mirando hacia él le preguntaron si estaba rico el bocadillo de chocolate que se estaba comiendo. Con los ojos vacíos y la mirada perdida asintió mientras se limpió como pudo en una fuente cercana. Aquello era el fin, no podía más. Se acercó al borde del mirador mientras todos se subían al autobús para volver a casa. 

           Él no tenía intención de volver. Se sentía vacío, sin latido en el pecho. Miró hacia abajo, la caída era mortal. Un hormigueo en el estómago le invitaba a saltar, a poner fin a todo. Mientras una lágrima resbalaba por su mejilla como única despedida, se agachó para pasar por debajo de aquella roída barandilla protectora de madera. De nuevo Unai, se había acercado corriendo por detrás para propinarle una sonora colleja, sin embargo, no esperaba que su víctima se agachase en el preciso momento en el que ejercía toda su fuerza aprovechando la velocidad de la carrera.

          Al encontrarse con el vacío que había dejado el cuerpo de su víctima agachada, su cuerpo pasó por la inercia por encima de la barandilla. Solo fueron unos segundos, tres a lo sumo, y entonces su cráneo sonó como un coco cuando se abre. El niño ya de pie volvió a asomarse y lo vio en el fondo del precipicio, con la mirada inerte fija en el cielo. Sonrió.

        Se subió al autobús y cuando pasaron lista los profesores y dijeron el nombre de Unai, el silencio denunció su ausencia. Nadie reparó en aquel niño nuevo que seguía con la mirada fija en el suelo del vehículo, esta vez para que nadie viera que seguía sonriendo.


jueves, 11 de septiembre de 2025

Hacernos viejitos

          La idea de morir no le asustaba, nunca lo hizo. Estaba tranquila incluso allí subida, sobre aquella mesa redonda de la terraza donde tantas veces habían tomado café juntos. La madera carcomida por las termitas crujía bajo sus pies, amenazando con romperse en cualquier momento propulsando su cuerpo al vacío desde aquel octavo piso.

       Se tomó unos segundos para recordar los años que habían vivido juntos. En ningún momento habían pensado en que su final no sería a la vez y uno de los dos tenía que afrontar el resto del tiempo que le quedase solo.

         Sus hijos, a los que habían cuidado, querido y protegido, habían volado pronto del nido y, cuando los ahorros se les habían terminado, habían dejado de preocuparse por sus ancianos padres. Al menos se habían tenido el uno al otro.

       El temblor de la mesa bajo su peso hizo tintinear una tuerca que encontraron en el suelo y que habían dejado en el interior de un viejo jarrón de boca ancha que tenían allí y no habían tirado solo porque era un regalo de su difunta suegra y les hacía duelo ser irrespetuosos.

          Miró al frente. Desde allí el barrio parecía mucho más grande. Podía ver a los niños en el patio del colegio. En ese momento le preocupaba que pudieran verle y herir su frágil sensibilidad de por vida. 

          Estuvo a punto de bajar y, sin embargo, subió el pie izquierdo a la barandilla ayudada por la pared izquierda. Notó el hormigueo de la circulación en la planta de los pies, aunque la barandilla era ancha como para no hacerle demasiado daño.

        Echó un último vistazo hacia el interior de la vivienda, aquella que les había costado tanto esfuerzo pagar con el único sueldo de él como trabajador del aserradero municipal. Ella se ocupaba de la casa y los niños con el mismo empeño y maestría que lo habían hecho antes su madre y su abuela. Había sido muy feliz en aquel hogar. Incluso cuando los hijos los abandonaron y podían haberse sumido en una tristeza infinita, habían vuelto a enamorarse como cuando eran jóvenes de aquellos silencios compartidos, de conversaciones antes de dormir y de desayunos en aquella terraza en la que ahora se encontraba.

         Los recuerdos se agolpaban en su mente. Muchos se habían ido borrando con el paso de los años; otros, sin embargo, se aferraban a ella y la consolaban. En todos ellos estaba siempre él a su lado, con su sonrisa amable. Ella siempre había tenido mucho genio, era firme, testaruda. Él paciente, tranquilo, comprensivo. La noche y el día, que no podían ser el uno sin el otro. En un pequeño impulso, izó también el pie derecho.

        La brisa le acariciaba las piernas por debajo de aquel fino vestido de flores con el que pensaba haber acudido al Mercado Central a por algo de pescado para comer. A los dos, durante el desayuno, se les había antojado pescadilla frita para comer.

        Todo eso fue antes. Mucho antes. Al menos un par de horas en las que tras el desayuno. Él se había bajado a dar un paseo por el barrio hasta el bar de la esquina. Allí leía el periódico, se tomaba un cortado y ella sabía que se fumaba un cigarro a escondidas. Se lo olía en el aliento cuando volvía a casa. Al principio, le reprendía por ello, pero a esas alturas de la vida, morir por cáncer de pulmón al fumar no era algo que les preocupase.

        Mientras él se iba, ella recogía la vajilla del desayuno y se arreglaba. Tenían que encontrarse en el portal a las diez en punto. Aunque ya peinaban sedosos cabellos blancos, les seguía haciendo ilusión vivir aquello como citas.

       Eran las diez menos cinco cuando el sonido del timbre la había asustado. Él no llamaba nunca y llevaban tanto tiempo sin recibir visitas que había olvidado la potencia de aquel artilugio. Con el corazón latiendo deprisa, contestó acercando bien el oído al auricular. Mantenían un excelente estado de forma a pesar de la edad, sin embargo, había perdido un poco de audición.

        —¿Quién llama?

     —Julita, soy la Paqui, menuda desgracia…—entre bromas en casa, la llamaban «la telediario» porque siempre estaba enterada de todo, aunque fallaba más que una escopeta de feria.

        —Tengo prisa, Paqui. A la vuelta me paso por tu casa y me cuentas.

       —Julita, es Manolo. Lo ha pillado un autobús…qué desgracia, Dios mío…yo no he podido ver más que sus zapatos porque ya lo habían cubierto con sábanas. Qué desgracia…Abre, que subo para que no pases el trago sola.

       —No puede ser…—no pudo decir más. Fue entonces cuando salió a la terraza.

        Allí estaba con los ojos enjuagados en lágrimas, quería dedicarle sus últimos pensamientos. El suyo había sido un amor de toda la vida. Se habían hecho la promesa de envejecer juntos y a pesar de las tormentas, se habían amado hasta el último día. Ella no pensaba ver un amanecer sin él.

       Soltó su mano de la pared y sintió el aire mecer su cuerpo. Entonces la puerta del piso se abrió. Manolo entró por la puerta hablando, mientras dejaba el llavero en el colgador de la entrada.

      —Julita, ¿dónde estás? Han atropellado a Vicente. Venía detrás de mí para devolverme la cartera. Cuando nos despedimos le vi cruzar por el medio de la calle como hace siempre. Qué viejo cabezota, Dios mío. Amor, ¿dónde estás?

        Los gritos sonaron desde la acera y entonces vio abierta la puerta de la terraza.


miércoles, 3 de septiembre de 2025

Su tienda de confianza

       Cuando el repartidor le pidió si podía guardarle el paquete a su vecina ausente, no pudo evitar fijarse en la etiqueta de procedencia del mismo. Aquella mujer no era la primera vez que compraba ropa en esa tienda en línea. De hecho, con el paso de los días, esta plataforma había ido cobrando tanto peso que era raro no conocer a alguien que no comprara allí.

          Los precios y la calidad eran tan competitivos que habían provocado el cierre de múltiples tiendas en su propio barrio. Una de ellas era la de la familia Hizu, proveniente de Guangzhou. Cuando aquella macroempresa decidió establecer la mayor parte de su producción allí mismo, ellos emigraron a nuestro país con la esperanza de que, estando tan lejos, aquella compañía no llegara a hacerles daño.

      El padre, Wáng, había reunido el poco dinero que habían ahorrado después de una vida de sacrificios y vino a España junto a su mujer, Mei, y su hijo de 15 años, Yun. Al principio, aunque no fue fácil, consiguieron abrir su pequeña tienda de ropa en un local en el centro. Sin embargo, con el paso de los años, las ventas cayeron en picado en favor de aquella empresa de su lugar de origen, que parecía perseguir la desgracia de la pequeña familia de Wáng.

         Como una plaga, la gente parecía adicta a los productos que vendían a través de aquella estúpida aplicación. Precios ridículamente baratos, regalos, promociones… Era imposible competir con ellos. Los recibos empezaban a acumularse y, cuando por fin Wáng bajó definitivamente la persiana, la deuda era inmensa.

          Yun se había adaptado bien al nuevo país. Tenía un grupo de amigos con los que había encajado y, aunque al principio le costó, su gran capacidad y su tesón lograron que se convirtiera en el alumno con mejores notas de la clase.

         Ahora la ruina del negocio de su padre ponía en riesgo la posibilidad de acceder a la universidad con la que tanto había soñado. Aquello lo enfurecía; no podía quedarse de brazos cruzados.

         Ese verano, les dijo a sus padres que lo pasaría en China, en la casa de su abuela, a la que decía extrañar mucho. Viajaría solo y prometía volver antes de comenzar el curso. Le pedía a su padre que aguantara con el negocio hasta esas navidades. Que todo iba a mejorar, lo presentía.

       Cuando llegó a su ciudad natal, no le costó mucho recuperar el contacto con los amigos de la infancia. Uno de ellos, Jian, vivía en la zona más acomodada de Guangzhou.

       Cuando lo llamó por teléfono para decirle que había ido a pasar el verano allí, no tardó en ser invitado a comer con su familia, invitación que aceptó con gusto.

        La familia de su amigo era algo peculiar: con una madre ausente por una larga enfermedad y un padre que triunfaba como directivo de aquella famosa empresa, rara vez tenían reuniones familiares en torno a una mesa. Sin embargo, aquella ocasión era especial: el hijo del cabezota Wáng había vuelto, y el padre de Jian no quería dejar escapar la oportunidad de saber cómo les iba en Europa. Sobre todo, después de que Wáng renunciara a unirse a la empresa alegando que su pequeña tienda de ropa era suficiente para mantener a su familia.

        Yun trató de no dar detalles de la verdadera precariedad en la que se encontraban, pero dijo que buscaría un empleo en verano para intentar llevar algo de dinero de vuelta a sus padres y ayudarlos. El padre de Jian, regocijándose por dentro al saberse más listo y poderoso que Wáng, y fingiendo una inexistente preocupación por el que había sido su amigo, le ofreció a Yun un puesto en la empresa, en la cadena de empaquetado de la compañía.

        —Quién sabe —le dijo—, quizás alguno de tus paquetes acabe en manos de tus padres.

      Tras aquello, se rió dejando ver unos amarillentos dientes que a Yun le parecieron especialmente tétricos.

       Aceptó el puesto de trabajo agradeciendo la oportunidad. Cuando entró en aquel enorme edificio, supo que estaba en la boca de una bestia gigantesca que devoraba miles de negocios como el de su padre. Alguien tenía que hacer algo.

       No falló ni un día. Siempre era el primero en llegar y el último en irse. Incluso se ofrecía a doblar turno siempre que tenía la posibilidad. No tardó en darse cuenta de la cantidad de cientos de miles de paquetes que salían de aquel centro cada día.

       Intentaba no detenerse a mirar los países de destino de aquellos envíos; sin embargo, una mañana tenía en sus manos uno dirigido a España. Lo apretó entre sus dedos pensando en que cientos como aquel eran los causantes de la ruina de sus padres. Entonces, se le ocurrió algo.

      Lo bueno de vivir en la zona más pobre de la ciudad era que tenía contactos con gente muy peligrosa, quienes le facilitaron una serie de productos químicos que había pedido. Con todos ellos unidos en pequeños pulverizadores, que agotaba en menos de una hora, rociaba todo tipo de productos textiles, de baño, de hogar, menaje de cocina… Al principio solo lo hacía con los que se dirigían a España; sin embargo, cuando pensó en cuántas familias estarían bajando las persianas de sus negocios, comenzó a rociar cada paquete que pasaba por sus manos.

        Las primeras muertes en Europa no tardaron en producirse. Uno tras otro, la gente caía en distintos lugares y países. Nadie era capaz de relacionar las causas y, mientras pensaban en un ataque terrorista a gran escala, la gente, por miedo, dejó de comprar en línea y volvió a acudir a sus tiendas de confianza. Cuando, al finalizar el verano, Yun volvió a casa, su padre le contaba entre lágrimas que se había producido un milagro: la tienda volvía a darles la oportunidad de soñar con una vida mejor.