miércoles, 7 de enero de 2026

El olor de los sueños

       Odiaba que su padre lo arrastrase a aquellas horas de la noche a aquel bosque. No ocurría muy a menudo porque normalmente solía quedarse con su madre. Sin embargo, alguna vez coincidía que su madre tenía guardia en el hospital y era su padre quien debía cuidarlo.

       No tenía una gran relación con él ya que era un hombre estricto, callado. Las veces, pocas, que le había pedido ayuda con algo, le había costado algún azote, por lo que había reducido cualquier interacción con él a la mínima expresión. De hecho, aunque sus amigos en la escuela llamaban “papá” sus figuras paternas, él se refería al mismo como “señor”, manteniendo así un aséptico contacto entre ambos.

       Las noches como aquella en la que entraba en su cuarto y le despertaba de madrugada, le producían un inmenso terror, ya que al arrancarlo tan bruscamente de sus sueños abría los ojos y en la penumbra de su cuarto, veía allí de pie a un hombre de rostro inexpresivo que le ordenaba que se metiese en el coche.

       Agradecía que le dejase sentarse en el asiento de atrás. Al principio, intentaba mantenerse despierto, pero el cansancio podía con él arrastrándolo de nuevo a sueños inquietos en los que veía a su padre bajarse del coche y caminar dando zancadas hasta el barro junto el río.

      Allí, entre unos árboles, arrastraba un bulto que parecía un montón de ropa. Veía cómo se arrodillaba sobre ellos. Sacaba una larguísima lengua que rozaba sobre la parte que no podía ver de aquel montón y, tras unos minutos, comenzaba un movimiento rítmico en el que el largo cuerpo de su padre se restregaba contra aquel bulto que le costaba discernir. 

       Juraría que parecía un cuerpo, pero desde donde él estaba no podía distinguirlo bien.

     Ese sueño se repetía algunas veces, el mismo sitio, el mismo bulto, otras veces eran en las proximidades, pero los bultos cambiaban. Creía despertarse cuando su padre volvía al coche. Su corazón latía tan fuerte que temía que el sonido de su pulso fuera tan sonoro que lo enfureciera así que fingía seguir dormido, aunque aquel olor que desprendía el cuerpo de su padre le provocaba náuseas.

       Por las mañanas al despertarse, veía a su padre sentado en la cocina desayunando, con la espalda rígida mientras ojeaba el periódico y su madre preparaba tortitas. Intentaba tranquilizarse, todo había sido un sueño…o no. En la primera página del periódico una fotografía acompañaba un titular: “El asesino de Shadow River ataca de nuevo”. En la imagen en blanco y negro costaba ver poco más que un bulto de ropa junto a la orilla de un río.


miércoles, 17 de diciembre de 2025

Cuento lo que vi

       Lo cuento porque lo viví. No es una de esas historias que le pasaron a un amigo de un amigo. Mientras escribo estas palabras veo mis dedos bailando por el teclado, nunca supe escribir sin ver hacia él. Bajo mis uñas todavía está la fina línea carmesí que ha dejado la sangre de aquella muchacha mientras la arrullaba sobre mis rodillas escuchando los balbuceos de súplica de alguien que expiraba su último aliento.

       En cuanto la policía me ha dejado venir a casa podía haberme dado una ducha, haberme tomado un tiempo para procesar todo lo que ha ocurrido, pero necesitaba dejar plasmadas estas palabras antes de que lo olvide.

       Ninguno de los allí presentes podía imaginarse que su día iba a seguir así, es más, estoy seguro de que aquella joven no imaginó mientras se ponía aquel delicado perfume o aplicaba la máscara de pestañas que sería la última vez que lo haría. Me preguntaba si ya habrían avisado a su familia. 

       Mientras esperábamos la ambulancia me sentí tentado a buscar su documentación, a que algún ser querido cogiera su mano, escuchase su voz por última vez. Que al menos tuviera la oportunidad de despedirse. No lo hice porque enseguida nos rodearon decenas de personas y no quería que pensasen que mi intención era robarle. Además de que no tenía ninguna mano libre ya que con una sujetaba su cabeza y la otra apretaba el profundo corte del abdomen como si así pudiera contener sus vísceras en el interior.

     El mundo se había detenido, aquello había apagado las bocinas de todos los coches colindantes, incluso la respiración de todos aquellos curiosos, que se acercaban movidos por el morbo y que al ver la oscura sangre que emanaba caliente del cuerpo de ella dejando escapar su vida entre mis dedos, parecía haberse cortado.

      Cuando los técnicos de emergencias me pidieron que les dejase sitio, que ellos se ocupaban, yo ya sabía que no iban a poder hacer nada por ella. Hacía un par de minutos que pude ver cómo sus ojos perdían el brillo de la vida, de los sueños por cumplir. Me vi reflejado en aquellos enormes ojos verdes.

     El corte había sido mortal de necesidad, nadie hubiera podido salvarla. Había cruzado la calle tambaleándose, pidiendo auxilio con ambas manos tapando una herida que ya teñía del todo aquel precioso vestido de gasa beige. Los coches se habían detenido sin colisionar con ella, pero los ocupantes miraban hipnotizados una imagen que parecía sacada de una película sin moverse del interior de los vehículos.

      Vi que iba a desplomarse y corrí todo lo que me alcanzaron las piernas. Me acerqué a ella y de un rápido movimiento saqué el cuchillo que todavía llevaba clavado para que mis manos cubriesen aquel agujero.

      Me acerqué a ella y le susurré que no tuviera miedo, que ya no había dolor, que me quedaría con ella hasta el final. Ella me miraba fijamente mientras dos cristalinas lágrimas resbalaban por su rostro. De repente, el día pareció hacerse noche ya que la luz del sol quedaba oculta detrás del grupo de personas que hicieron corrillo encerrándonos en un círculo de piernas. 

      La policía y las dos ambulancias llegaron casi a la vez. Los agentes despejaban el lugar de curiosos permitiendo que los sanitarios se acercasen con todo lo necesario para intentar salvar la vida de aquella mujer que yacía sobre mis piernas simulando la escena de La piedad de Miguel Ángel.

    Cuando los sanitarios comenzaron sus maniobras de reanimación, intenté ponerme de pie. Tenía ambas piernas entumecidas por la adrenalina y la postura incómoda sobre el asfalto. Un agente se dio cuenta y se acercó para darme un punto de apoyo. 

     Me acompañaron a la parte de atrás de una de las ambulancias y allí mismo me tomaron declaración. Les dije la escena que había presenciado, y cómo vi a la chica gravemente herida. Vi que uno de los agentes de la científica traía el cuchillo dentro de una bolsa cerrada en la que se recogían las pruebas. El detective que me estaba interrogando me preguntó si había visto quién llevaba el cuchillo.

     —¡Por supuesto que lo he visto! —contesté sin pensarlo —Ella misma lo llevaba, hundido en su abdomen. Yo mismo se lo saqué para poder cubrir su herida e intentar salvarla.

      El detective me dijo que no debería haberlo extraído, que era posible que aquello hubiera acelerado la muerte de la chica, por no hablar de que debían tomarme las huellas para descartarlas de las que encontrasen en el arma y ver si conseguían distinguir las del autor del crimen.

      Acepté a regañadientes la reprimenda de aquel imberbe detective que pareció compadecerse de este pobre anciano que solo intentaba salvar a aquella mujer y que se sentía molesto por la falta de reconocimiento a su valor.

     —Es posible que hubiera muerto igualmente, a simple vista la herida parece mortal y me sorprende incluso que haya sido capaz de avanzar unos metros. La próxima vez no retire nunca un objeto que esté dentro de una herida porque en cierto modo ese mismo objeto que produce la herida, la tapa y si lo retira hace mayor el corte.

    —De acuerdo, agente. Lo siento…—contesté bajando los ojos. Me tomaron las huellas y salí de allí cabizbajo, después de que me avisasen de que igual necesitaban más adelante volver a tomarme declaración. 

     Me hubiera gustado decirles que sabía de sobra lo de retirar el cuchillo, pero es que mi intención era que la mujer no hablase, no pudiera decir que había sido yo mismo el que unos minutos antes le había introducido aquel horrible cuchillo en lo más profundo de su ser. Claro que iban a ver las huellas del asesino y, por supuesto que no podrían diferenciarlas de las mías, pero eso aun no lo saben.



miércoles, 10 de diciembre de 2025

El escritor

        Me miraba sonrojada, tímida. No tardé más de unos segundos en analizar su actitud y hacerme una idea acerca de ella. Estaba seguro de que era su primera entrevista. Era posible que fuera una invitación por parte del organizador del evento, aquel cincuentón que me había dado la mano al entrar mostrando una dentadura de un blanco antinatural. Por el lugar en el que le había posado la mano en las últimas lumbares estaba claro que esperaba una compensación por aquello.

       Llevaba un vestido vaporoso que le daba un aire etéreo a su blanca piel. Sus ojos esquivos hablaban de muchas inseguridades, quizá una infancia de acoso en la escuela. Uñas cuidadas y manos delicadas, en casa no tenía que fregar ni encerar los suelos, o seguía protegida por papá y mamá o podía permitirse tener servicio doméstico.

       El maquillaje muy suave, casi ausente. Una delicada capa de rímel y un brillo en los labios que le daba aquel toque adolescente, apetecible. Color del cabello a juego con sus cejas, era natural y no se veían canas incipientes, era joven, mucho. No llevaba altísimos tacones de aguja como estaba acostumbrado a ver en otras presentadoras, no buscaba llamar la atención, es más, parecía incómoda cuando el foco acariciaba su piel y le tocaba acercar el micro a la boca para hablar. Pude imaginarme pequeñas gotas perladas de sudor resbalando por su piel bajo aquel vestido. Deseé arrancárselo y comprobarlo. 

       Dedicó unos minutos a leer el breve currículum que mi agente había escrito para que pudiera hacer la presentación. Todavía me producía cierta añoranza escuchar cómo habían sido mis primeros pasos. Dediqué aquellos instantes previos al comienzo de mi exposición para seguir acariciando su cuerpo con mi pensamiento.

       No tenía pareja, nadie hubiera sonreído o permitido aquella intimidad con el viejo verde, y tampoco ella parecía muy pendiente de nadie en concreto. Después de las cientos de entrevistas que me habían hecho, sabía que estos segundos debía sonreír y poner mi mirada más humilde, buscando conectar con el público.

     Las últimas líneas las hizo de memoria, según me había contado era una gran fan y había leído mucho sobre mi vida. Parecía sincera cuando con la mano sudada había estrechado la mía con la ilusión de una chiquilla. Creo que hoy iba a descubrir algo que no sabía.

       Tras su speech, comenzaron las preguntas camufladas de distendido diálogo pactado con semanas de antelación. Me había preguntado muchas veces si esas preguntas estaban estipuladas en alguna especie de manual, algo así como qué preguntarle a un escritor, ya que sin fallo se repetían una tras otra en cada acto así.

        Estaba en la promoción de mi última novela por lo que esta era la última presentación, 40 ciudades en los últimos dos meses. Yo mismo habría aborrecido mi novela si no fuera porque hablar de ella me seguía excitando en mi fuero interno. Aquel inconfesable lugar que escondía turbios secretos.

       Tras banales cuestiones acerca de la novela: fuente de inspiración, labor de documentación, alguna anécdota de esas que gustan, comenzó el turno de preguntas del público. Algunos de mis compañeros de profesión confesaban entre risas que ese era el momento más tenso para ellos porque no sabían nunca lo que se podían esperar. A mí eso no me ocurría. Cuando alguien levantaba la mano pidiendo el micro, los segundos hasta que podía escuchar su voz a través de los altavoces le hacía un análisis similar al de la presentadora y podía predecir qué era lo que le inquietaba. Esa primera mano era de una mujer que se mostraba segura, incluso agresiva en sus gestos, dominadora, uñas rojas perfectamente cuidadas, ojos de gata y mirada fija en mí, puede que su fetiche fuera meterse en la cama de un escritor que tenía la suerte de vivir de sus libros. Tocaba pregunta personal, quizá si tenía pareja. La respuesta era que no, siempre, según mi agente, aunque en algún momento la situación cambiase, debía mantener una imagen accesible para un público así. Todo eran ventas.

       No iba a cambiar la situación. Lo tuve claro desde la primera vez que sentí que mi placer estaba más allá de despertarme cada día al lado de la misma persona. Además, una pareja lo complicaría todo. Serían necesarios más cerrojos en casa. No, me gustaba la intimidad de mi casa alejada de todo, en medio del bosque.

       Siguieron varias preguntas igual de fútiles, y entonces la ponente se excusó en mis apretada agenda y dijo que solo había tiempo para una pregunta más. Otra mano. Un potente foco a unos metros sobre aquella cabeza me impedía distinguir su rostro, intenté cubrir mis ojos con una mano a ver si distinguía algo más, pero era imposible. Me gustaba poder ver los ojos de las personas con las que hablaba, me daba una sensación de control. 

       El voluntario que portaba el micro se lo acercó a la persona que solicitaba el turno de pregunta.

      —Buenas tardes, está claro que es un escritor excelente, pero ¿cuál cree que es su verdadero talento? —Aquella voz. Era imposible que fuera él. Había pasado mucho tiempo. Todavía me volvía loco aquel timbre, la cadencia de cada palabra, su sensualidad. Se me habían quedado tantas cosas por hacerle.

       —A lo largo de mi vida he escrito más de dos docenas de libros, a cada cual más oscuro. Todos ellos me han proporcionado una fama y un éxito de ventas que no sé si es merecido o no, pero no creo que sea ese mi verdadero talento. Llevo más de treinta años escribiendo y creo que no podría dejar de hacerlo. Lo que relato en mis libros no son más que mis memorias, momentos reales de mi vida que me causa excitación releer una y otra vez. Creo que mi talento ha sido salir impune de todos ellos. Saber que nunca han buscado a mis víctimas, que nunca las han encontrado y que nunca sabrán si lo que les acabo de contar es cierto o no.

        El silencio fue tan absoluto que parecía que el público no era real, no se movían, no respiraban. Quizá todo era un sueño, pero entonces un aplauso ensordecedor atronó en aquel salón de actos. Todos sonreían y tras terminar se acercaban a comprar otro ejemplar firmado de mi novela. Llevaba treinta años confesando mis actos y seguían siendo mis memorias sobre ellos auténticos best-sellers. Qué curiosa es la gente.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

El abismo

        Lo he leído en algún sitio, estoy seguro. Cuando te asomas a un precipicio o a alguna altura que augura una muerte segura, nuestro cuerpo se siente atraído hacia ella. Cuando caminas no titubeas, no sientes que te vas a caer hacia delante y, sin embargo, allí estaba, mirando hacia esa impresionante caída libre desde la cornisa de aquel edificio al que había acudido los últimos quince años de mi vida.

        Qué estúpidos habíamos sido. Aquella quedada debía haber terminado con un montón de recuerdos y de anécdotas que recordar y echarnos en cara el resto de nuestras vidas. Ninguno pensamos que terminaría en un carrusel de entierros y de despedidas.

       Siempre habíamos sido solo nosotros cuatro, pero en aquel viaje fuimos cinco. Se había unido el último ligue de Susan. Un tipo que la verdad encajaba con ella, vaya par de bichos raros. Gótico, oscuro y, como a ellos les gustaba autodenominarse, “adoradores del diablo”. Lo de Susan era una etapa rebelde, todos lo teníamos claro, sus padres la habían machacado desde niña vistiéndola de niña repollo, siempre de rosa y con enormes lazos sobre su cabeza. Esto no era más que ir al lado contrario de lo que siempre habían querido para ella.

       Cuando nos presentó a Perro, sí, ese juro que era su nombre, todos nos miramos e intentamos no reírnos. Perro y ella parecían inseparables. No era muy hablador, cosa que agradecimos porque estábamos seguros de que poco tendríamos en común con él. Susan era todo lo contrario, divertida, vivaracha, todo lo contrario, a su aspecto. 

       No tardamos en llegar a la casa rural que habíamos alquilado para ese fin de semana. Nadie pensaba lo que nos deparaba la noche del sábado en la que comenzó el fin para todos nosotros.

       Perro nos habló de una página que conseguía que la gente hiciera cosas impensables, era como si por leer unas líneas en una estúpida página de internet, alguien a distancia se pudiera hacer con el control de nuestras mentes. Nadie le creímos, ojalá nos lo hubiéramos tomado más en serio.

       La primera en querer probar fue Susan, cómo no. Su chico le mostró la página. Unos ojos rojos en medio de un fondo negro escaneaban el rostro de nuestra amiga. Se activó el reconocimiento facial, algo que nos pareció extraño y agradecimos que fuera el teléfono de Perro el utilizado para aquello ya que todos pensamos que se le estarían instalando cientos de virus en el dispositivo.

        A los pocos segundos, aparecieró en el dispositivo la única norma a cumplir, uno a uno después de nuestros nombres, se mostraría una frase que solo podía leer esa persona para sus adentros, nadie podía saber qué decía aquella pantalla. Uno tras otro aceptamos jugar. Solo queríamos reírnos un poco y, a falta de los juegos de mesa que Paul olvidó llevar, aquello no era más que una forma de pasar el tiempo. Cada uno de nosotros leía su frase y guardaba silencio, pensativos.

      Mi frase, “Cuando miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Menuda chorrada, pensé. Le devolví el móvil al muchacho y me sentí muy cansado, nadie tenía ganas de trasnochar más, todos lo acusamos al viaje, aunque no habían sido más de un par de horas.

        Al amanecer, el grito ensordecedor de Susan nos despertó a todos, que corrimos en ropa interior a su cuarto para ver qué le había provocado aquel estallido de pánico. No necesitamos preguntar. Cuando entramos en la habitación vimos a Perro bocarriba sobre la cama, tenía ambas muñecas cortadas y por las manchas en el camisón y cuerpo de Susan supimos que lo había hecho mientras ella dormía acurrucada a su cuerpo.

        Tras llamar a la policía y prestar declaración, volvimos a casa. No entendíamos qué había pasado. Susan estaba en estado de shock y no quisimos dejarla sola. Esa noche se vino a mi casa. No quise preguntarle nada, pero ella me dijo antes de dormir que su novio no quiso decirle nada de su frase, pero tenía algo que ver con el calor de la sangre. Ella había dormido sobre aquel cálido caldo y no se había dado cuenta.

        Me despertaron los ladridos del puñetero perro de mi vecino. La cartera había llamado a su puerta y el animal como siempre se había puesto nervioso. Me desperecé y salí de aquel incómodo sofá. Le había dejado mi cuarto a Susan, necesitaba descansar bien. Me vestí y decidí salir a comprarle algo dulce para desayunar. 

        Agradecí salir a la calle y respirar el aire fresco. Notaba todo mi cuerpo entumecido. A pesar de ser lunes, me habían dado la semana libre por lo que había pasado. No tuve prisa en volver ya que era muy temprano y no quería despertar a Susan. Decidí darle tiempo. Además, le había dejado una nota advirtiéndole que había bajado a por algo para desayunar, que fuera preparando los cafés.

      Cuando entré en el piso, enseguida vi la puerta de la habitación abierta por lo que no me costó deducir que ya se había levantado. Escuchaba el agua de la ducha. Me metí en la cocina para preparar los desayunos de ambos. Ya habían pasado veinte minutos y comencé a preocuparme. Me acerqué a la puerta del baño y pregunté en varias ocasiones a voces si se encontraba bien. Al no haber respuesta, abrí la puerta y la vi. Desnuda y con los ojos muy abiertos su piel de porcelana le daba un aspecto tétrico allí colgada dentro de la ducha. Suicidio, determinó la policía, el impacto de haber perdido a su novio debió de ser el detonante. 

       Cuando llamé por teléfono a Paul y a Tom y ninguno me cogió el teléfono, yo no lo sabía en ese momento, pero ninguno de ellos podría hacerlo. Los dos reposaban en la cámara del tanatorio.

       Esa noche sentado en mi sofá no dejaba de ver hacia la puerta del baño. Había bajado al bar de debajo de casa a tomarme un café cuando la imperiosa necesidad de orinar era inaguantable. Me negaba a entrar en el baño por miedo a volver a encontrarme con aquellos ojos sin vida.

      Cuando salí del bar me eché a caminar sin rumbo, o al menos, yo creía que era sin rumbo. Ni siquiera cuando abrí el portal que daba acceso al bloque de oficinas donde trabajaba me sorprendió. El portero me saludó con un leve levantamiento de cejas. Estaba acostumbrado a que las noches de entrega de informes acudiéramos a terminarlos a horas intempestivas. 

       No recuerdo muy bien cómo he llegado a la cornisa de la fachada de un edificio de dieciséis plantas, ni sé por qué aquello no me asusta. Miro hacia abajo y mi cuerpo cimbrea con la brisa nocturna. Qué pequeño parece todo desde allí arriba. Me siento en paz, libre. Recuerdo mi frase, el abismo, ahora el suelo de la acera parece más lejano, quizás solo es un sueño, me pregunto si tras la caída despertaré. Vuelo.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

La memoria

        ¡Qué curiosa es la memoria! Juraría haber entregado el informe en el plazo que me había dicho el encargado de planta. Casi podría describir todo lo que había junto a la metálica bandeja donde lo dejé posado.

      Hoy cuando he ido por la mañana y he visto las caras largas no supuse que fuera por mí, sentí lástima por el pobre pringado sobre el que iba a caer la ira del jefecillo. Aquel puñetero informe que me había llevado dos semanas redactar. Un estudio de mercado con el que mi jefe tenía previsto dar el bombazo y salvar a la empresa de la ruina más absoluta. Si alguien conseguía entregar un buen informe, sería ascendido con todo lo que eso llevaba consigo: aumento de sueldo, despacho propio, tarjeta de gastos de la empresa…Necesitaba aquel ascenso y no me lo pensé cuando tuve que dejar de lado mi vida personal.

        Cuando mi madre me telefoneó para contarme que mi padre había sufrido un infarto y que debía ir a la otra punta del país para pasar las últimas horas con él, la muy estúpida no entendió que no podía perder el tiempo. Estoy seguro de que mi padre sí que lo entendería.

        Él siempre lo entendía todo, había sido un cómplice cada vez que la cagaba de niño. Me protegía siempre en los castigos o conseguía que el humor de mi madre mejorase para que me los levantasen. Me pasaba los cigarros a escondidas, aquellos Ducados negros que hacían que me doliera el pecho al toser. Cuando iba a ir de pesca me llevaba con él, así descubrí qué era aquello de los club de carretera y por qué la pesca siempre era en fin de semana y duraba un par de días.

       No estuve allí para cogerle de la mano, pero él siempre me había dicho que había que ser ambicioso en la vida. Y eso estaba haciendo. Pensaba que resistiría, que yo entregaría el informe y me daría tiempo a darle las gracias por haber sido mejor padre de lo que yo lo sería jamás.

        Mi hermana y mi madre nunca tuvieron lo que él y yo teníamos, era una complicidad que iba más allá de la relación padre e hijo. Fue él quien me enseñó a conducir aquella incómoda y dura C15 que chirriaba dando giros en el polígono de las afueras.

        Recuerdo incluso el sabor de la cerveza caliente que nos bebíamos después sentados sobre el morro de la misma mientras el sol se acababa de ocultar. No volvíamos a casa enseguida, me llevaba a comer un bocadillo de sardinas rancias, que según él ayudaba a que mi madre no me soltase una zurra por notar el alcohol en mi boca.

       Cuando el encargado entró esta mañana en nuestro departamento y se quedó de pie junto a mi mesa, todos me mirasteis en silencio. Yo me hice el despistado porque quería que pareciera que no me esperaba aquel reconocimiento ni por supuesto el ascenso.

      Me imaginaba lo fuertes que sonarían los aplausos. Las últimas cuarenta y ocho horas había pensado en que había llegado el momento de cambiar de coche. Llevaba años sin sentir el aire acondicionado y el humo negro que escupía me decía que no pasaría la siguiente revisión. Quién sabe, quizá Rebeca accedería al fin a acostarse conmigo ahora que podía pagarle sus caprichos. Es posible que me hiciera el duro, después de todo iba a ser el héroe de la empresa.

       Cuando dijo mi nombre, levanté la mirada, todo el fin de semana había practicado aquella mirada. Humilde pero poderosa, inteligente. Sin soberbia, pero decidida. Cuando mis ojos se posaron en los suyos vi el color de la ira camuflado en aquellos oscuros iris. Todos los músculos de mi cara se agarrotaron y nervioso os miré a todos. Buscaba que alguien me recordase qué había ocurrido, algo me había perdido y, por su mirada, supe que yo era el culpable.

       El despido fue inmediato. Fulminante. Me gritó que me lo había advertido, si el informe no estaba listo antes del viernes a última hora, que no me molestase en volver. Yo traté de balbucear que había cumplido, que el informe debía de estar en.… en…la bandeja metálica vacía. No podía recordar nada, me quedé en blanco. No recogí ni mis cosas. Salí por la puerta y eché un último vistazo atrás, a vosotros, a mis compañeros de trabajo los últimos quince años de mi vida. Entre vuestras insulsas caras, ¿sabes qué vi? Tu sonrisa, y entonces lo recordé todo.

       Recordé aquella bandeja metálica, recordé el plato con caramelos de tofe y piñones junto a ella que Amparo siempre saquea al llegar por las mañanas. Recordé que la oficina a aquellas horas olía a tabaco mentolado, a tu tabaco mentolado. Y en ese momento supe que tú habías entregado mi informe con tu nombre, por eso sonreías. Porque mientras yo el fin de semana soñaba con llevar mi nuevo coche hasta mi ciudad natal para coger la mano de mi padre por última vez, tú estabas ya celebrando tu éxito. El que debía ser mío.

       Bueno, ¿sabes qué decía mi padre? Que a todo cerdo le llega su san Martín y hoy es el tuyo. Voy a arrancarte diente a diente las casi cuarenta páginas del informe. Espero que no te falte ninguna pieza o saltaré a los dedos. Te aseguro que esta experiencia tú tampoco la vas a olvidar en tu vida.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Tu fotograma

        Cuando el móvil dejó de devolverle la voz de ella, lo supo. Negaba con la cabeza deseando que el desenlace fuera otro. Repetía su nombre a gritos, una y otra vez. Rogaba a Dios que el aparato le dejase escucharla de nuevo. Que aquella voz que tanto amaba volviera a sonar. Conducía de forma mecánica, sin ser consciente del tráfico. La velocidad era tan alta que los conductores de los coches que circulaban cerca se apartaban con un sonoro pitido abroncando su agresividad. No le importaba, ya nada lo hacía. Tenía que llegar a casa, era lo único en lo que pensaba. 

       El fotograma mental de su sonrisa aquella mañana cuando se habían despedido, se había quedado fija en sus pupilas. No veía nada más y, si lo que creía que por desgracia había pasado era verdad, ya no quería volver a ver, ni vivir. Volvió a negar con la cabeza hundiendo todavía más el pie en el acelerador.

     Podía haber colgado la llamada y llamar a urgencias, pero le aterraba la idea de cortar aquella llamada si había sido la última, era lo único que aún le mantenía conectado a ella y no quería cerrar aquella ventana. Solo era capaz de repetir su nombre a gritos. Le pedía que le dijese algo, le preguntaba si estaba bien y, cuando el silencio volvía a ser la única respuesta sollozaba un “ya llego mi amor, ya llego, por favor aguanta”.

       Aquel golpe seco que había escuchado le había dejado sin respiración. Fue entonces cuando la voz agitada, nerviosa, de ella se había cortado. Le decía que alguien la seguía. Que escuchaba sus pasos, cada vez más cerca. Había empezado a correr y aquellas pisadas sonaban igual de rápidas y cercanas. Estaba apenas a un par de metros de casa, le había dicho.

     Cuando enfiló las calles de la urbanización el tiempo pareció ralentizarse, aunque él seguía conduciendo a una velocidad no permitida. La gente parecía mirar en la dirección a la que él se dirigía. Algunos murmuraban o se echaban las manos a la boca. 

        Su casa estaba al final de esa misma calle. El parachoques de su viejo Volvo frenó en seco a punto de golpear las piernas del tumulto que se había formado a las puertas de su hogar. Cuando se bajó del vehículo, el grupo de curiosos se fue abriendo, dejando un estrecho pasillo que enlazaba su cuerpo con las escaleras de entrada a su casa. Como si de un cortejo fúnebre se tratase, el pasillo se fue volviendo a cerrar en silencio tras él mientras avanzaba.

        Llegó al primer escalón y se detuvo. Un líquido manto de rojo carmesí enmarcaba el cuerpo de la que había sido el amor de su vida. En la mano sujetaba todavía el teléfono móvil con la llamada contando los segundos. 


miércoles, 15 de octubre de 2025

El despertar


          No tengo buen despertar, eso es así. No se lo había advertido ni una ni dos veces, no ha sido culpa mía y ahora, sin embargo, soy yo el que tiene que pensar qué hace con su cuerpo sin vida.

         En mi defensa quisiera poder decir que lo lamento, pero todavía fluye hambrienta la adrenalina por mi torrente sanguíneo. La misma que me llevó a seguir golpeándole cuando sus ojos de sorpresa habían perdido ya la vida y yacían inertes en el suelo.

        De niño me habían hecho decenas de estudios del sueño tratando de descubrir por qué me ocurría esto. Mi madre fue la primera en descubrir las consecuencias de tratar de despertarme cuando estaba sumido en un sueño profundo.

     Algunos neurólogos habían intentado poner distintos nombres a lo que me ocurre, pero unos desmentían a otros y el resultado final fue que mis padres se quedaron sin dinero y sin ganas de seguir experimentando con mi cerebro. Así que optaron porque fuera mi padre el que me despertase a voces desde la puerta de mi habitación. Cuando llegué a la adolescencia, me regalaron un despertador y así evitaban entrar. 

       Soy un adulto funcional, trabajo, soy ordenado y los que me conocen pueden decir que jamás me han visto enfadado ni levantando la voz. Sin embargo, mis sueños son terribles. Oscuros. 

        Cada vez que me despierto noto que el corazón se me va a salir del pecho a través de mi garganta. Mi respiración está entrecortada y creo sentir que me ahogo. Es entonces cuando se activa mi instinto de supervivencia, a cualquier coste. Es un sentido animal. Siento un fuego dentro de mí que solo quiere protegerme.

       Había escuchado a mi madre decirle en diversas ocasiones a sus amigas que cuando me despertaba siendo yo un niño mi mirada era otra, parecía una fiera, un desconocido ante los ojos de una madre que no entendía quién o qué había tomado el cuerpo de su hijo convirtiéndolo en aquello.

       Por esto nunca he podido ir a un campamento de verano ni me he quedado en casa de ningún amigo a dormir. De adulto, las cosas no mejoraron y procuraba siempre, después del sexo, esperar a que mi acompañante se durmiera para escabullirme y salir de allí buscando cobijo en mi tranquila casa. Aquello me llevó a ser considerado un insensible o alguien que rehuía del compromiso.

      Los años han ido pasando y todo el círculo de amigos se han ido casando y comprometiendo. Yo había conseguido mantener mi primera relación seria. Llevábamos más de un año juntos y ella no dejaba de reprocharme que nunca me quedaba a dormir en su casa ni le invitaba yo a quedarse en la mía.

      Le había explicado mi problema y ella, entre risas, no se lo creía. Me llamaba exagerado y por desgracia mis padres ya no podían constatar lo que le estaba confesando y que mi hermana no me quisiera coger el teléfono tampoco le dio una señal de que algo en mi cabeza no estaba bien.

      Me prometió que no iba a pasar nada, que ella cuidaría de mis sueños. Yo lo intenté y le dije que estaba bien, que ese fin de semana lo probaríamos. Fue un día increíble que cerramos con un sexo de esos que merecen salir en una película. Nuestros cuerpos, desnudos y sudados, se enredaban el uno en el otro hasta que noté su respiración pausada indicándome que se había dormido.

       El momento había llegado. Solo tenía que cerrar los ojos y dejarme arrastrar al sueño. Habíamos pautado que era mejor así en fin de semana para que no fuera necesario poner el despertador ni levantarse de forma brusca. Simplemente abriría los ojos y ella seguiría allí, abrazada a mí. No me parecía un mal despertar la verdad.

       Me costó al menos dos horas conseguir dormirme. Al ver que el miedo me desvelaba decidí jugar a respirar al ritmo de ella, tan suave, tan pausado. Cuando ella cogiese aire yo lo haría también y cuando ella lo expirase la imitaría. Aquello me sirvió, poco a poco mi cerebro fue meciéndose en el sueño.

     Me veía a mí mismo, de niño. Llevaba mis viejas Converse rojas. Jugaba con mi balón de baloncesto entre los coches amontonados del desguace de mi padre. Caminaba despacio botando el balón y escuchaba entre el ruido amortiguado de aquel caucho, el ruido de algo que arañaba el interior de motor de un viejo Peugeot gris. Pensé que serían ratas, no era la primera vez que las oía, pero aquella forma rabiosa de rascar no podían provocarla las minúsculas patas de un roedor. Me acerqué despacio…dejé el balón el suelo que rodó muy lejos de allí. 

      Mis rodillas tocaban la fría defensa metálica del coche. Quería salir corriendo de allí y, sin embargo, mirando hacia abajo, vi cómo mis manos abrían al capó del vehículo. En décimas de segundo un enorme perro lobo saltó hacia mi cara, yo cerré el puño con todas mis fuerzas y golpeé al animal con intención de matarlo.  

       Ahora ella yacía allí, en medio del suelo de mi habitación con la mandíbula rota y un enorme charco de orina que salía de su interior. Se había levantado al baño, pero para mí, había salido del interior de aquel coche.