miércoles, 18 de diciembre de 2024

El descanso

          No recordaba cuándo había dormido la última vez. Su ritmo de sueño se resumía en algunas cabezadas momentáneas que duraban apenas unos minutos. El estrés del trabajo había conseguido que incluso fuera de la empresa se mantuviera en permanente alerta. Le habían recetado diversas marcas de somníferos, ninguno parecía funcionarle así que se había rendido.

          Al principio nadie lo notaba, pero cuando las ojeras eran evidentes, enmarcadas por unas abultadas bolsas bajo los ojos la gente le preguntaba si se encontraba bien. Intentaba disimular el temblor de las manos de los últimos días escondiéndolas debajo de la mesa cuando alguien se acercaba a hablarle o en los bolsillos cuando iba andando.

          Sin embargo, los constantes despistes le habían delatado. Los informes que había mandado a su supervisor habían hecho saltar las alarmas. Compuestos de oraciones sin sentido con frases con verbo, reflexiones sobre algo que había visto por la calle, fragmentos de alguna receta inacabada que se entremezclaba con balances mensuales de ventas. Todo ello bastante alejado de los informes esperados por parte de una editora.

          Le habían dado vacaciones forzadas. La preocupación en el rostro de su jefa no parecía fingida. Le había comentado que quizás se había incorporado muy pronto al trabajo tras dar a luz. Ella insistía en que se encontraba bien pero el temblor en su voz era evidente. Tenía quince días para dormir, para descansar. El problema era que no podía hacerlo. Una noche, mientras tenía la mirada fija en el techo, tratando de contar el dibujo de las luces que se colaban a través de la persiana en el techo, las voces habían empezado.

          Al principio era un siseo, como en una biblioteca llena de universitarios molestos. Poco a poco el tono y el ritmo habían aumentado. Le exigían atención. Gritaban su nombre. Parecían distintos locutores, todos soltando enfurecidos diversos reproches. Les pedía perdón, les rogaba que la dejasen dormir.

          Casi no sentía fuerzas ni para caminar. Había perdido hasta el apetito y sin darse cuenta lloraba sin hipo, simplemente las lágrimas resbalaban lastimosamente por su rostro. Se había visto de pasada delante del espejo del baño y por un momento se asustó al creer que había entrado una desconocida en su casa.

       Intentaba leer a ver si conseguía relajarse, pero era imposible porque aquellos gritos eran constantes. Alguna vez intentaba contestarles a gritos ella también, pero la intensidad en las respuestas era todavía peor.

          Aquella noche sin duda había sido la peor de todas, las voces habían aumentado de número y ya le resultaba imposible identificarlas, por un momento parecían algunas familiares, creyó reconocer la de su madre recordándole lo inútil que era en todo, siempre se había sentido una decepción para ella y ahora se lo gritaba dentro de sus oídos. Su jefa también le gritaba acusándola de su enorme fracaso editorial, sus amigas se reían estruendosas hablando de su físico, le decían que aquella abultada tripa la afeaba y que jamás nadie iba a quererla. Hasta su hermano la acusaba de haber perdido a su marido por no haber sabido ser una buena esposa. Todos a la vez… 

         Abrió los ojos cuando por fin sus gritos habían perdido intensidad. Poco a poco la respiración antes perdida cobraba de nuevo el ritmo. Las voces se habían silenciado. El vacío más absoluto le dejaba percibir con claridad hasta el zumbido del fluorescente del baño. 

          Silencio total. Felicidad absoluta. Quizás por fin se había dormido y estaba soñando. Sentía frío, estaba mojada. Le costó reconocer el tacto del lacado de la bañera. El pijama mojado se había pegado a su piel. Bajó la mirada a sus manos, agarraba algo. Entre sus dedos apretados al máximo estaba el delicado cuello de su bebé ya sin vida. Más que nunca deseó volver a despertar de un sueño que nunca tuvo.


martes, 10 de diciembre de 2024

Fresas y champán

          No podía quitarse de la cabeza la imagen de Marta en el agua, podía sentir su mirada cuando comprendió que era el final de su vida todavía clavada en sus ojos. Al principio intentó ayudarla a volver a subir a bordo, pero enseguida se dio cuenta de que lo mejor era alejarse de allí. No podía acudir a un hospital con ella herida por un cuchillo. 

          Había sido un accidente y los dos lo sabían. Sin embargo, ella estaba llena de hematomas y de arañazos, igual que él. Consumían habitualmente distintos tipos de drogas y cuando mantenían relaciones sexuales, la situación se descontrolaba.

          Los vecinos se habían quejado muchas veces a la policía acerca de las fuertes discusiones que escuchaban entre ellos cuando el subidón de los opiáceos desaparecía y necesitaban otra dosis.

          A ambos les había parecido una buena idea salir en el barco de los padres de él y cenar en medio del mar. Nunca habían aprobado la relación de su hijo con aquella chica a la que culpaban de haberlo metido en un círculo de autodestrucción. En realidad, había sido al revés. Cuando Ricardo conoció a Marta, ella era una muchacha sencilla que trabajaba de camarera cerca de la oficina de él.

          A la hora del almuerzo solía comer allí y poco a poco habían comenzado a salir. La primera noche que se acostaron, él le ofreció su primera raya y, desde entonces, había caído en picado. Junto a él no necesitaba trabajar por lo que se despidió de la cafetería. Sus padres habían fallecido hace años por lo que se había quedado sola en la gran ciudad.  Se pasaba el día en el enorme piso del chico, completamente sola.

         Al principio le parecía una vida de ensueño, pero poco a poco, aquella soledad fue metiéndose en su cabeza, llenándosela del fantasma de los celos, de inseguridades y de un incremento enorme del consumo de las drogas para evadirse de aquellos miedos. Él, cada vez más harto de aquella situación, procuraba llegar tarde a casa, con la esperanza de que ella ya se hubiera ido a dormir. Esperaba que quizá algún día, al volver a casa ella se hubiera marchado porque no tenía el valor suficiente para romper con ella.

          Discutían y hacían las paces por medio de un sexo desenfrenado, brutal. Ella estaba cada vez más enganchada a las drogas y él a ella. Había comenzado a autolesionarse y a amenazarle con denunciarle si la dejaba por violencia de género. Él realmente se hundía al verla en aquella espiral autodestructiva.

        La cena de aquella noche sería romántica, le propondría matrimonio con la condición de que ambos se desintoxicaran y llevasen una vida ordenada. Ya a bordo, disfrutaron del anochecer abrazados en la cubierta del barco. Entonces, llegó el gran momento, posó su rodilla en el suelo y le hizo la gran pregunta.

       La chica lloraba ilusionada, aceptó asintiendo con la cabeza porque no era capaz de articular palabra. Él sugirió un brindis, la idea era poner unas fresas con champán sobre la mesa y hacer el amor con ella allí mismo hasta que el amanecer los encontrase. Sin embargo, todo se torció.

          Ella todavía emocionada, se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Llevaba días nerviosa, tratando de encontrar la forma de darle la noticia. No habían tomado precauciones y aquella prueba que había comprado en la farmacia confirmaba el motivo del retraso. Había pensado en cómo darle la noticia en cuál sería la reacción de él. Si no quería seguir adelante con el embarazo, ella no sabría qué decisión debía tomar. Ahora todo era distinto.

          Cuando consiguió tranquilizarse, llamó al muchacho que, cortando aquellos fresones en la cocina del barco, no la escuchó. Ella volvió a llamarlo, pero al ver que no respondía decidió ir a su encuentro. Él desde dentro de la cocina creyó oír que ella lo llamaba así que decidió asomarse. Se encontraron de frente, de golpe. Algo entre ellos impedía el contacto absoluto. Aquel afilado cuchillo atravesaba la incipiente barriga de ella. La sangre comenzaba a teñir de oscura sangre aquel ceñido vestido dorado.

         Instintivamente, él soltó el cuchillo, pero había entrado tan profundo en el cuerpo de la chica que se mantenía en el mismo sitio. Ella echó las manos hacia su vientre. De nuevo no podía hablar. Se tambaleaba hacía atrás mecida por las olas. Todo parecía transcurrir a cámara lenta. Cuando él fue consciente de lo que ocurría ella caía por la borda. Rápidamente intentó cogerla, agarrar su mano. Ella le pedía auxilio a gritos.

         Entonces él, en ese momento, subió de nuevo su brazo. Tenía la camisa salpicada de sangre de ella. Había sido un accidente, pero no le creerían. Sus padres le quitarían todo. En esos segundos ella dejó de gritar, sabía qué estaba pasando por la mente del muchacho cuando aquel se puso de pie. Tiró la camisa a mar y volvió al timón del barco. Cuando ella escuchó los potentes motores en marcha, entendió que nunca vería aquel amanecer.


miércoles, 4 de diciembre de 2024

La publicidad

          La publicidad es muy importante cuando te dedicas a autopublicar tus obras, eso es algo que he aprendido desde el primer momento. En las redes muchos se quejan amargamente de la cantidad de peces que hay en el mar de la literatura. Quizás es que todos los peces tienen el mismo tamaño y es tan pequeño que no invita a gastar el dinero en él.

          Escribí mi primera novela cuando tenía veinte años y la sangre y el ímpetu de la juventud corría salvaje por mis venas. Sentía que iba a convertirme de la noche a la mañana en una promesa de la literatura negra. La envié a todas las editoriales de mi provincia a ver si alguien veía en mí una inversión interesante. Sin embargo, una tras otra rechazaban mi obra. En lugar de rendirme, pensé que todos aquellos provincianos no sabrían diferenciar un diamante de un simple trozo de hormigón por lo que me lancé a las grandes editoriales nacionales que ni se molestaron en rechazarme.

     Tras meses de silencio, decidí publicar a través de una plataforma de distribución online independiente. Allí nadie te rechazaba y aunque los beneficios eran mínimos, por lo menos la gente empezaría a conocerme y seguro que llegaba el eco a algún editor.

          Cada mañana antes de levantarse, miraba los informes de ventas, el contador seguía a cero. No salía de la cama sin volver a comprobarlo cada mañana. Nada. Aquella redonda cifra parecía reírse de mí. Cuando le comentaba a la gente que la autopublicación era una ruina todo el mundo insistía en lo mismo, publicidad, había que invertir tiempo y dinero en publicitarme.

          Sentado en casa delante de un folio en blanco, comencé a valorar el dinero que tenía para invertir y me di cuenta de que, con mi salario como carretillero, apenas me alcanzaba para cubrir los gastos mensuales. Podría intentar dejar algunos recibos sin pagar e invertir esa cantidad en un único intento publicitario, pero aun así no me aseguraban unas ventas mínimas que justificasen aquel riesgo.

        Mi novela es buena, oscura, sangrienta, realista. Mi personaje es creíble, podría ser yo mismo. Aquellas tres últimas palabras se clavaron en mi mente el resto del día y toda la noche. Había una forma de no tener que pagar aquellos recibos y a la vez hacer tanta publicidad gratuita que me haría millonario. 

         Por la mañana me hice el mejor desayuno de mi vida. Por fin había tenido la mejor idea de mi vida. Nunca volvería a pasar apuros, el mundo debía prepararse para conocerme. Me duché y me vestí con mis mejores galas. Tras un último vistazo en el espejo salí por la puerta con cuidado, tratando de ocultar el sacacorchos que escondía en mi bolsillo derecho.

          Una vez en la calle me dirigí al centro, allí con el sacacorchos en mi mano derecha me aproximé uno a uno a los peatones que se cruzaban en mi camino y lo hundí en su cuello. No tardó en cundir el pánico. En menos de diez minutos estaba tendido en el suelo rodeado de más de media docena de cuerpos. Ni siquiera me resistí cuando la policía me colocaba las esposas.


         «Mike, en un estado de excitación próximo a la locura, apuró el último trago de aquella carísima botella de vino. La había comprado para la romántica pedida de mano que pensaba hacerle a aquella mujer que acababa de romperle el corazón solo por el hecho del qué dirá la gente cuando sepan que una alumna se acostaba con su profesor. Nadie lo entendería. Los juzgarían, era mejor terminar con aquel amor.

           El problema eran ellos. Todos aquellos que paseaban por la calle creyéndose jueces morales de la vida de los demás. Ellos eran los verdaderos culpables. Si no existieran ella hubiera dicho que sí y nunca tendrían que volver a esconderse. 

         Como un Quijote enloquecido, salió del portal con el sacacorchos asomando entre índice y el corazón de su mano derecha. Los odiaba a todos, quería apagar aquellas estúpidas sonrisas».


          Mi novela relataba exactamente esa escena y cuando mi nombre y ese hecho saltó a las noticias mi libro y yo mismo fuimos noticia internacional, las ventas de mi libro se dispararon y todas las visitas que recibía en la cárcel eran de agentes literarios y de editores que me ofrecían contratos estratosféricos.

          Tras cinco años en prisión, con buena conducta en una celda protegido salí a la calle. No invertí nada en publicidad, he seguido cotizando a la seguridad social, mi libro ha agotado tres veces las ediciones y desde mañana comienzo un tour televisivo donde a cambio de obscenas cantidades de dinero contaré cómo me vi cegado por un brote psicótico que no me dejaba discernir la realidad de la fantasía.


martes, 26 de noviembre de 2024

Consumo preferente

          «Las fechas las ponen por ley, pero en realidad los yogures no caducan». Ahora aquella frase que le repetía siempre su madre cuando no quería comer un yogur al que se le había pasado la fecha, venía una y otra vez a su cabeza. A regañadientes se iba tomando aquellos postres que nunca le hicieron daño. Desde entonces, jamás les dio importancia a las fechas de consumo preferente de absolutamente nada. 

          Había estado toda la noche dado vueltas sin poder dormir. La última reunión en grupo con los jefes de la tienda de ropa para la que trabajaba le había dejado preocupada. No podía perder aquel puesto. En otro momento hubiera pensado con más optimismo, pero se habían acumulado las deudas y los aplazamientos de decenas de pagos. Necesitaba aquel salario.

          Según les habían anticipado, habría recortes en varios departamentos y prescindirían de aquellas personas que no les dieran los beneficios esperados. Ella estaba en atención al cliente junto a otras dos compañeras mucho más veteranas que ella, por lo que sabía de sobra que a efectos de liquidaciones de contrato, ella salía mucho más barata a la hora de ser despedida. Estaba claro que sus compañeras también lo sabían por eso al salir de la reunión habían intentado ser especialmente amables con ella. 

          Agotada había llegado a casa con una sensación de derrota en la piel. No tenía ni ganas de cenar por lo que directamente se dio una ducha para tratar de relajarse y se metió en la cama con la esperanza de que el día siguiente fuera mejor.

          Sin embargo, a las cinco de la mañana ya había perdido la cuenta de las vueltas que había dado en la cama. Cada vez que revivía aquella conversación, los nervios y la preocupación tomaban las riendas de su mente.

          En dos ocasiones se levantó a orinar y a beber un poco de agua. Pero cuando volvía a meterse en el refugio caliente de la cama volvían aquellos demonios a susurrarle en los oídos. Finalmente recordó que hacía unos años le habían recetado un relajante nervioso para ayudarle a superar la pérdida de su madre. Se levantó de la cama en penumbras por tercera vez y rebuscó en la caja de cartón con diseño de gatos donde guardaba las cajas de las pastillas que ya no tomaba. Tenía la esperanza de que le hubiera sobrado alguna de aquellas pastillas que recordaba que la habían hecho dormir.

          Después de vaciar casi por completo la caja y descubrir la cantidad de medicación que tenía allí menos la que buscaba, empezaba a perder la esperanza. Sin embargo, escondida bajo una enorme caja de comprimidos antitusivos allí estaba la pequeña caja blanca y amarilla de los tranquilizantes. Eran muy pequeños y como no recordaba cuantos debía tomar, dejó caer un par dentro de su boca. Al volver a guardar la caja, cayó en la cuenta de que había caducado hacía un par de años. Sonrió y dejando todo en su sitio volvió a la cama.

          A los pocos minutos sintió que los párpados le pesaban y un abrazo oscuro la arrastraba a un sueño profundo. Era un sueño rarísimo en el que entraba en su puesto de trabajo, pero en lugar de sus compañeros habían puesto maniquíes que la miraban. Casi no podía ni caminar sin tropezar con alguno. Aquello era un caos, si sus jefes veían semejante desorden la despedirían sin dudarlo. Tenía que volver a meter aquellos maniquíes desmontados en las cajas, y volver a guardarlos en el almacén. No recordaba que pesaran tanto, pero últimamente no había comido mucho por lo que quizás se sentía débil. 

          En aquel sueño les habían cambiado los uniformes y les permitían ir con cualquier ropa así que ella había optado por sus jeans más cómodos y una blusa blanca que le marcaba los pechos. Tenía que usar cualquier arma para conservar el trabajo. Al menos ella a diferencia de sus longevas compañeras seguía manteniendo el pecho firme.

          Miraba el reloj y nadie había acudido a su puesto de trabajo aún. Le extrañaba porque siempre iban los cinco del turno de mañana media hora antes de subir la persiana para iniciar las cajas, reponer productos o comprobar los cambios. Sin embargo, allí estaba, sola, detrás del mostrador.

          Las persianas estaban programadas para subirse solas a las diez en punto de la mañana así que ella sabía que sería la única empleada en su puesto cuando eso pasase, sin duda sumaría puntos ante sus jefes.

          Permaneció allí de pie hasta que entró la primera clienta. La miraba extraño, no se acercaba al mostrador si no que volvía caminando hacia atrás y salía de nuevo. Poco a poco, muchos más como ella se asomaban a la tienda y con unas caras de susto y sorpresa la miraban allí de pie, sonriendo. Algunos hasta le estaban haciendo fotos, estaba segura de que aquella publicidad era lo que necesitaba para conservar el trabajo.

          Les deseaba un buen día a todos sin embargo la gente se tapaba la boca con una expresión similar al miedo. No entendía nada. Pensó que quizá se le había roto la camisa, miró hacia abajo y descubrió que la tenía manchada…de sangre. Del susto se despertó y al intentar incorporarse en la cama se dio cuenta de que algo se lo impedía. Tampoco reconocía aquella habitación y el tubo que salía de su brazo a un traslúcido gotero.

          —No se mueva señorita. En unos minutos vendrá el inspector para hablar con usted. —No conocía al hombre que le hablaba desde una silla junto a la ventana.

          —¿Qué ocurre? ¿Quién es usted? —preguntaba desorientada.

          —No, las preguntas las haremos nosotros. Por ejemplo, ¿por qué acudió a su puesto de trabajo y mató y descuartizó a sus cuatro compañeros?

          —¿Qué yo hice que…?

          —Los hemos encontrado en sendas cajas en el almacén. Su huellas y la sangre de todos ellos en su cuerpo la delatan. Comience a hablar.


miércoles, 20 de noviembre de 2024

La deuda

          Había adquirido la costumbre de caminar con la cabeza agachada. Uno tras otro los reproches que había escuchado habían ido alimentando un fuego en su pecho. Durante años había maldecido cada uno de los defectos que todos parecían encontrarle. No importaba cuanto se esforzaba en cambiar, en disimularlos. Días en los que apenas comía, vestidos con los que disimular el tamaño de sus caderas, faltas que estilizaban sus piernas, maquillaje que le hiciera parecer bonita…Disfraces que no hacían si no convertirla en otra persona.

          Desde que tenía uso de razón se había sentido perdida. Tirándose en los brazos de amores baratos, de besos vacíos y de días grises. Pasó los últimos años de su vida atrapada en una espiral de depresiones, ansiedad y estados de ánimo cambiantes, volátiles. Tenía ataques de ira que enlazaban con grandes caídas en un pozo de tristeza y autodestrucción. 

          Aquella misma tarde, mientras se tomaba un café con leche al salir del trabajo, recibió un mensaje de su ex. Al parecer iba a retrasarse en el pago de la hipoteca porque aún no había cobrado, le pedía que lo pagase ella todo y ya le pagaría cuando pudiera. Cerró los ojos mientras trataba de ahogar la ansiedad que amenazaba su pecho. Bebió el último trago casi sin encontrarle el sabor.

        Esperó en la parada de autobús pacientemente. Cuando llegó no había nadie en la parada. El viento comenzaba a ser muy frío en esa época del año por lo que caminaba de un lado para otro intentando entrar en calor. Cuando el autobús doblaba la esquina, volvió a la parada del autobús, pero un grupo de ancianas se pusieron las primeras de la larga fila.

          —Disculpen, yo estaba aquí antes.

          —De eso nada jovencita, acabas de llegar.

          Al ver que cualquier discusión estaba perdida de antemano, les cedió el puesto y cuando se subieron ocuparon los únicos asientos que quedaban libres. Ella volvió a respirar profundamente mientras se quedaba de pie. En la siguiente parada se subieron dos jóvenes con sus monopatines. Al pasar junto a ella la miraron con desprecio y murmuraron algo entre ellos. El más bajito se apeó un par de calles más adelante, pero el que parecía mayor siguió allí de pie. Detrás de ella. Al llegar a la altura de la calle Justo Méndez, pasó al lado de ella y le susurró al oído, «apártate gorda».

          Ella se hizo a un lado dejándole paso. Cuando estuvo a su altura, dejó caer un fino hilo de saliva sobre su pie. Ella solo miraba su zapatilla y la saliva de aquel muchacho resbalando por la lona de las mismas. Levantó la mirada y vio la sonrisa jocosa de aquel muchacho que parecía despedirse de ella mostrándole el dedo anular levantado. Rápidamente pareció olvidarse ella, se dio la vuelta y empezó su camino. Ella seguía allí, de pie, mirando el vacío, con el corazón galopando frenético en su pecho. La finas venas de sus sienes latían amenazando un aneurisma.  Se apeo detrás de él.

          Él, ajeno a todo, caminaba distraído. Se había aislado del mundo tras unos aparatosos auriculares que dejaban escapar la música. Tal era el volumen que llevaba en los mismos que no escuchó sus pasos acercándose a él. Como siempre hacía, el llegar a la antigua harinera, se metió por la oscura calle de la parte de atrás. Ella se agachó y cogió algo del suelo. Apuró el paso y cuando estuvo a su altura levantó la mano y descargó toda su ira sobre el cráneo de aquel que cayó al suelo semiinconsciente.

          Ella se acercó aún más a él. De pie, con las piernas abiertas y el cuerpo de aquel en el suelo, entre ellas. Volvió a levantar la mano y descargó contra su cara aquel ladrillo endurecido de reproches, de insultos y de mentiras. Cuando terminó de golpearlo, era casi irreconocible. Volvió caminando a casa. Se duchó y se fue a dormir. Aquella noche fue la primera que durmió del tirón en los últimos años.

          Esa mañana no acudió al trabajo y cuando se hizo de noche se vistió despacio y salió hacia una dirección conocida. Apuró el paso conocedora de los horarios de la persona que buscaba. Cuando vio una figura negra acercándose es ocultó en las sombras del Parque Libertad. Solo aquella mirada felina delataba su posición y para cuando aquel individuo fue consciente del peligro era tarde. Aquella sombra le clavaba en el pecho una enorme jeringa llena de aire. Aquella burbuja le pararía el corazón en minutos. Lo arrastró hasta unos arbustos y allí tumbado suplicando por su vida, ella le susurró, «tranquilo, ya no tendrás que preocuparte más de la hipoteca». 


martes, 12 de noviembre de 2024

Tu latido

          Pequeñas gotas de sangre salpicaban de forma grotesca su rostro mientras aquella siniestra sonrisa se dibujaba en su cara. Parecía el tétrico final de una película de serie B, con excepción de que nadie se quedaría a ver el final de este pase.

          Podría molestarse en buscar alguna excusa, justificar algo así por medio de traumas infantiles, por episodios de bullying en el colegio o el instituto, sin embargo, nada de aquello sería cierto. Sus padres, de clase alta, le habían complacido en todos sus caprichos. En su etapa educativa, siempre conseguía las mejores notas con el mínimo esfuerzo gracias a los indecentes donativos de sus progenitores a los centros. Era intocable dentro y fuera, tanto en casa como en aquellos lugares. 

          Nunca había tenido que competir por la atención de sus padres contra algún hermano, era hijo único. No sabía qué suponía compartir o pasar penurias económicas a finales de mes. Para él todos los días del mes eran iguales, aunque en sus álbumes de fotos familiares abundaban las instantáneas en lugares exóticos o paradisíacos. Era raro verle sonreír en ninguna de ellas. 

          Al principio, sus padres se habían preocupado por aquello. Su hijo nunca había sonreído, parecía no sentir ilusión por nada. Jamás había mostrado el más mínimo resquicio de satisfacción o alegría.  El miedo atroz que sentían por tener un hijo imperfecto en sus inmaculadas existencias rompía sus esquemas. Visitaron a los psicólogos más reputados y todos repetían lo mismo. El niño estaba perfectamente sano, simplemente era introvertido y no sentía la necesidad de mostrar sus emociones. No pudieron más que aceptarlo como era.

          Conforme fueron pasando los años, él mismo era consciente de que nada llamaba su atención. La vida pasaba como un continuo suceder de distintas tonalidades de grises. Las ciudades no eran más que ratoneras, no diferenciaba unas playas de otras, los paisajes, los castillos, los museos…todo aquello para él, estaba vacío.

          Sus padres pensaron que quizá una mascota le ayudase a empatizar con la vida. Le regalaron un precioso cachorro de bóxer que apenas levantaba un palmo del suelo. Recién destetado caminaba graciosamente resbalando en los carísimos suelos de gres de su residencia de invierno.

          Una noche, una terrible tormenta le despertó violentamente. Se quedó sentado en la cama viendo la lluvia arañando el oscuro cielo. Aunque hipnótico, el brillo de los relámpagos le impedía volver a dormir por lo que se puso de pie malhumorado para bajar la persiana. Al levantarse, notó que su pie derecho no había llegado a sentir la rugosidad de la alfombra acariciando su piel desnuda. Por el contrario, algo se retorcía bajo él. Un relámpago iluminó el pequeño cuerpo de aquel cachorro que había decidido ignorar la cama que le habían comprado y pasaba la noche tumbado junto a la cama del niño. 

          En lugar de levantar su pie para salvar al animal de aquel sufrimiento, permaneció allí. Quieto sobre él, viendo como trataba de escapar de aquella trampa mortal. Podía notar la respiración entrecortada de un animal que apenas conseguía aullar para pedir auxilio. Él simplemente levantó el otro pie y lo posó despacio junto al otro, sobre el cachorro. Cerró los ojos mientras sentía cómo el corazón de aquel pequeño ser se aceleraba hasta detenerse.

          Cuando los padres por la mañana encontraron a la mascota muerta, pensaron que había sido un accidente y rápidamente, procurando que el niño no supiera lo que había pasado, retiraron el cuerpo y le dijeron que habían llevado al perro a una escuela especial.

          Cuando lo sustituyeron por un precioso gato persa que corrió la misma suerte, decidieron dejar de comprar mascotas para evitar que su hijo se traumatizase. Fue entonces cuando los paseos por el bosque comenzaron a ser diarios. Volviendo siempre lleno de barro y con las uñas negras. 

          Esa costumbre solo la abandonó cuando llegó el momento de ir a la universidad. Su domicilio pasó a ser la exclusiva residencia de estudiantes y cambió aquellas indefensas mascotas por compañeros que aparecían muertos cada cierto tiempo. 

          La policía había comenzado a investigar aquellas muertes después de que el forense decretase como causa de la muerte el homicidio por asfixia. En un campus como aquel donde las familias más poderosas mandaban a sus vástagos, resultaba casi imposible llegar a hablar con los estudiantes. 

          Aquella noche, una inocente estudiante de primero había accedido a salir con él. Después de dar un paseo por el recinto boscoso del centro, se habían sentado detrás de unos arbustos. Escondidos de miradas indiscretas. La muchacha que creyó saber las intenciones del joven comenzó a desabotonarse la blusa dejando a la vista unos tersos pechos. La mirada de él no se centraba en aquel erótico escote sino en como el corazón acelerado de ella hacía palpitar su frágil piel a la altura de la carótida. Aquello provocó una inesperada respuesta en la entrepierna del muchacho que subiéndose a horcajadas sobre ella por primera vez sonreía. 

          —¿Qué es lo que más te gusta de lo que ves? —preguntó juguetona ella.

          —Tu latido —respondió seco él cogiendo una gruesa piedra con su mano derecha.


martes, 5 de noviembre de 2024

Los gritos

 Odiaba la debilidad de aquella persona que rogaba por su vida. Había sido capaz de sacarle de sus casillas. Años de humillación, de impotencia. Esa noche había sido la última que se lo permitiría. Le costaba recordar cómo habían vuelto a casa desde el restaurante. La ira nublaba su vista. Estaba a punto de llorar, pero no eran lágrimas tristes sino del dulce júbilo de un preso que por fin alcanza la ansiada libertad.

Mientras pensaba en ello, abría la carcomida puerta del garaje que usaban más de casa de aperos que para cobijar vehículos y todo porque ella no quería tener que sacar el coche de allí cada mañana para ir a trabajar como le había hecho saber a gritos una mañana desayunando. Como cada día, ella se encargaba con sus gritos de ser el hilo musical que lo acompañaba desde primera hora del día.

Aquellos graznidos seguían rebotando en su mente las ocho horas que permanecía sentado delante de la pantalla de su ordenador en el despacho. Había dejado de bajar a comer al gran comedor de la empresa por el simple hecho de disfrutar del silencio de su despacho.

Aquella dulce mujer de la que se había enamorado hacía años había desaparecido. No quedaba nada de ella. Esa que lloraba y seguía gritando era una total desconocida para él. Era la fuente de su sufrimiento, eso era. Había perdido las ganas de celebrar ningún momento especial, llevaba meses sin quedar con sus amigos porque a ella tampoco le parecía bien que se viese con esa panda de fracasados como le gustaba denominarlos.

Al principio intentaba hacerla entrar en razón, pero se daba cuenta de que aquello solo era como intentar parar el agua del mar con las manos. Ella parecía renovar sus fuerzas y su capacidad de aumentar el volumen con cada frase que él intentaba decir. Entonces, había tomado la decisión de guardar silencio. Se despertaba antes que ella para intentar desayunar en silencio, pero aparecía por la cocina antes de que hubiera terminado y comenzaba la retahíla de reproches, de exigencias, día tras día.

Cuando algún familiar se acercaba a visitarlos o eran invitados a comer con alguna de las dos familias, ella parecía disfrutar el doble de tener público al que contarle lo inútil que le parecía el hombre con el que se había casado. Él solo bajaba la cabeza y buscaba un lugar tranquilo en su mente en el que refugiarse. Esperar que pasara la tormenta. Focalizaba sus pensamientos en una cueva natural en la playa de su ciudad natal. Allí sentado al cobijo de las rocas escuchaba las olas, el siseo del aire en las grietas de la piedra, la humedad salada bañando su piel. Se imaginaba estirando los pies hacia el mar, buscando el contacto con el agua, pero entonces los gritos y los aspavientos de aquella mujer lo traían de nuevo de vuelta a aquel horrible realidad.

Esa mañana, como todas las anteriores en los últimos meses y en los últimos años, como no podía ser diferente, ella había entrado en tropel en la cocina a grito pelado. El motivo de hoy había sido que, al parecer, se había despertado con dolor en el cuello y toda la culpa era suya por no haber comprado aquella carísima cama que ella quería.

Los portazos en la nevera, en la puerta del armario donde guardaban el café y el azúcar, anunciaban un día complicado. Se habían convertido en la orquesta diaria últimamente y los últimos sonidos antes de que él dejase su vaso de café con leche por la mitad y de que se levantase en silencio y saliera de aquella casa tratando de respirar despacio para intentar rebajar el nivel de ansiedad que sentía.

Cuando llegó al trabajo le dijeron que había reunión de socios, que estaban pensando en liquidar la empresa. Eso le dejaría sin empleo, el único refugio lejos de su casa. La posibilidad de pasar más horas con ella se le antojaba un infierno. Esperaba nervioso que aquello solo fuera un rumor y no se acabara convirtiendo en una realidad.

Se había centrado en trabajar duro, quizá al final solo prescindieran de algunos compañeros y él pudiera quedarse si demostraba ser eficiente. Además de que así mantenía la cabeza ocupada. El móvil vibró sobre la superficie brillante de la mesa de su escritorio. Un escueto mensaje de su mujer le hacía saber que esa noche cenarían en el Tony’s. Al parecer, a ella le había parecido bien hacer planes sin ni siquiera contar con su deseo. Algo habitual, por otro lado.

A medio día citaron a todos los encargados y jefes de sección en la gran sala. Allí se les comunicó que, efectivamente, la empresa quebraba y en menos de un mes echarían el cierre. Permaneció inmóvil, sin pestañear. Su jefe directo lo observaba, sentía lástima por él ya que siempre había sido el mejor de sus empleados.

Cuando por la noche salió de la oficina aquel día miró atrás una última vez, ya no le quedaba nada. Ahora perdía su único refugio, lo único que había sabido hacer los últimos catorce años de su vida.

Llegó al restaurante pasando cinco minutos de las nueve, hora en la que habían quedado en encontrarse allí, la única que había llegado era su mujer. Cuando se acercó a ella para besarle la mejilla, ésta se apartó haciendo un mohín, dejándole claro que su día iba a seguir empeorando. Y eso que aún no sabía que se había quedado sin trabajo.

Al poco rato llegaron sus amigos. Un matrimonio bien avenido. Él los miraba y se daba cuenta de lo diferente que podía haber sido su vida con otra persona. Cuando volvía a posar la mirada en su mujer sola la veía hablar a gritos, reírse de forma estruendosa, salpicando pequeñas gotas de saliva cuando comenzaba a hablar de todo lo que, según ella, él hacía mal a propósito para desquiciarla. Luego pasaba por el trance de victimizarse alegando a lo dura que era su vida en una situación así…Hablaba como si él no estuviera delante y, de algún modo no lo estaba, había vuelto a su cueva en la playa.

Ya subidos en el coche los gritos fueron en aumento, tanto que le costaba concentrarse en la conducción. En una de las rotondas se cruzó de carril y el vehículo que estaba a su lado comenzó a reprenderle con una sonora tocada de claxon. Pidió perdón con la mano, pero aquel tipo seguía gritándole mientras su mujer, como contagiada por el momento, comenzó a hacer lo propio. Cuando llegaron a casa ella se bajó del vehículo y zanjó la conversación cerrando de un bestial portazo la puerta del coche.

Él había dejado de sentir sus manos, sus pies caminaban sobre el hormigueo de un sueño histriónico. Todo se movía a cámara lenta en su mente, el único sonido que era capaz de escuchar era el de los latidos acelerados de su corazón. Entró en casa, siguió el recorrido de su mujer y la encontró en la cocina, preparándose un café. Extendió el brazo y agarrando el pesado jarrón de diseño de la encimera golpeó el cráneo de ella dejándola inconsciente en el suelo.

Echó el cuerpo inerte de ella sobre su hombro y arrastrando con una de sus manos una silla, salió con ambas al medio del descampado que tenían frente a su casa. En aquella desolada zona en la que a ella se le había antojado comprar la carísima casa que ya no podrían pagar. La sentó en la silla y agarró su torso y piernas con varias vueltas de cinta americana. Cuando ella recuperó el conocimiento comenzó a gritar, a insultarle. Él solo estaba sentado en el suelo, mirándola. Ella seguía sin descanso, haciéndole saber que lo pagaría muy caro, que no valía nada ni como persona ni como hombre.

Él la sonreía de una forma tétrica. Cuando la voz de ella llegó a quebrarse en unos aullidos lastimeros y su timbre de voz se volvió afónico, él se levantó y solo entonces ella vio la garrafa roja de combustible que se había empeñado en comprar. Cuando él le retiró el tapón y se acercó a ella, lo comprendió todo. Comenzó a rogarle que se detuviera, que podrían arreglarlo, que le enseñaría a hacer las cosas bien para que él no se equivocase tanto. Él seguía con su propósito y fue en una oscura danza, dando vueltas alrededor de aquella silla vaciando la garrafa sobre el cuerpo de su mujer.

Aun sonreía cuando caminando se alejó de allí escuchando los gritos de aquella pira humana que se consumía de la misma forma que había vivido, a gritos.

 


sábado, 26 de octubre de 2024

Al cerrar los ojos


Si cierras los ojos puedes sentirlos moverse alrededor de tu cama. Intentas mantener tu cuerpo tapado con la ropa de la cama porque sabes que si no acariciarán tu piel son sus gélidos dedos. Te observan mientras duermes. Alguna vez te han hablado cerca del oído mientras soñabas y por eso te has despertado de golpe, con el corazón latiéndote a mil por hora. Tu subconsciente lo sabe.

No necesitan abrir la puerta, pueden atravesar cualquier superficie, en ocasiones incluso se meten en tus sueños y ven qué te preocupa, se alimentan de tu miedo. Hay veces que están inquietos y te empujan hacia la muerte, te despiertas asustado porque creías caer a un abismo.

Cuando la habitación está completamente a oscuras, si observas con atención te das cuenta de cómo se mueven las sombras, se acercan a ti. Te sonríen. No llevan sábanas blancas como te los mostraban los dibujos animados cuando eras niño. Visten aquellos ajados ropajes con los que fueron enterrados. Son tus seres queridos, te extrañan, por eso te rondan esperan que llegue el momento en el que te unas a ellos.

Hay noches en las que te hacen vivir sueños horribles, otras te oprimen la vejiga esperando que tengas ganas de orinar te levantes a oscuras y pases a su lado. Notas ese aire frío en tus mejillas, en el pelo de tu cabeza, te acarician al pasar. 

Cuando prendes la luz se desvanecen, vuelven a su destierro en el Más Allá. Esperando que vuelvas a quedarte a oscuras para poder seguir en tu cuarto, para saborear tu piel. Se alimentan de tu alma mientras duermes. Aquellos días en los que te duele el cuerpo es porque han estado especialmente activos. Te han molestado, te han hecho moverte en posturas imposibles. Algunas veces se suben a tu pecho y tienes la sensación de que te falta el aliento.

No necesitas verlos, si cierras los ojos los sientes, sabes que están allí. Seguramente los has oído susurrar entre ellos. Cada cierto tiempo juegan a introducirse dentro de ti. A través de tus suspiros se cuelan en tu cuerpo, te usan como envoltorio de su alma oscura. Por eso hablas de noche, tratan de comunicarse. Te crujen los huesos al despertarte porque tu cuerpo no es lo suficientemente grande para ellos y han tenido que mover un poco tus articulaciones.

Cuando decides leer antes de dormir, esperan agazapados a los pies de tu cama. Alguno desde el techo con mucho cuidado va cerrando tus ojos para que el sueño te arrastre a su voluntad. Apagas la luz y por fin comienzan su tétrico baile.

Hay personas muy sensibles a su presencia y, cuando saben que un nuevo alma les ronda, huelen la cera de las velas que los acompañaron en el duelo de su muerte. Otras sin llegar a notar esa fragancia, escuchan algún movimiento en el solitario pasillo de casa. 

Las tormentas no les asustan, pero saben que te pone nervioso así que empujan violentamente las persianas mientras duermes. Son los dueños de los sonidos nocturnos, el tic tac de un viejo reloj, el goteo de un grifo, el rodamiento de canicas en el piso de arriba… 

Cuando te atragantas, si miras en un espejo puedes verlos detrás de ti, sonriendo con sus pieles moradas y negras. Ponen sus largos dedos alrededor de tu cuello. Según aquel que te acompañe en ese momento suelta el agarre o no. Cuando las cosas se cambian de sitio es porque juegan a confundirte. Cuando piensas en alguien y te escribe o aparece es porque ellos te susurran al oído su nombre. 

Esta noche es noche de difuntos, hoy son especialmente poderosos. Procura no dejar tus pies al aire o conseguirán arrastrarte con ellos, te llevarán a vagar por siempre por el mundo de la oscuridad.


martes, 22 de octubre de 2024

La harina


Se había preguntado qué se siente esos últimos segundos antes de perder la vida. Era una de esas dudas existenciales que compartía habitualmente con Dave antes de volver a subirse a su vieja camioneta con destino a su casa. 

No esperaba mucho, pero sí tenía la duda de si se vería una especie de película de su vida con aquellos grandes momentos por los que cualquier ser funcional atraviesa. Era algo que le inquietaba porque él no había tenido muchos de ellos. Y lo poco vivido no estaba seguro de querer recordarlo.

Un único amigo, Dave, desde siempre, se había convertido en el hermano que le hubiera gustado tener. Estaba seguro de que en aquellos momentos que quisiera recordar, exceptuando los escasos momentos en los que había conseguido llegar a la última base con alguna chica, estaría él.

Los separaban un par de meses de edad y, desde el día que se conocieron no recordaba un día en el que no se hubieran visto. La vida de Dave había sido tanto o más dura como la suya, viendo como su madre alcohólica perdía el conocimiento casi a diario en el patio trasero de su destartalada casa. Sus pantalones desgastados, sus sucias zapatillas y aquel pelo rebelde. Ese era el aspecto de Dave, día tras día, año tras año. 

Solían pasar horas sentados en lo alto de aquella colina en silencio, solamente mirando lejos de allí, muy lejos. Miraban a un futuro que no llegaría, al menos eso ahora era algo que él mismo tenía claro. Sin sueños, sin esperanzas y sin dinero, los dos sabían que acabarían sus días en aquel angosto pueblo. Tampoco les importaba demasiado, se habían acostumbrado a aquella vida. Allí todo el mundo tenía vidas grises como las suyas. Era una tierra para los que no esperaban nada mejor. El refugio al que acuden los animales malheridos para morir en paz.

Allí no había instituto ni universidad por lo que cuando los muchachos terminaban la escuela elemental comenzaban a trabajar. Mientras su amigo lo hacía en la gasolinera a la salida del pueblo, él servía cervezas a todos aquellos hombres que preferían beber antes de volver a casa con aquella sensación de fracaso en la mirada y el corazón destrozado por llevar la vida con la que se habían conformado.

Los niños nacían sin sueños en aquel sitio. No había parques ni verdes zonas infantiles que veían en las películas en el autocine. Allí todo estaba muriendo poco a poco. Los había con suerte y a veces alguien heredaba una propiedad de algún familiar lejano y se iban de allí, pero aun saliendo de allí, esa vida viscosa iba dentro de ellos.

Aquel había sido un día similar a todos los anteriores si no fuera por aquel coche que se encontró con él. Al salir de trabajar, sin haberlo hablado, siempre se encontraba con Dave en la vieja colina. Había detenido su camioneta en la otra acera y cruzó la calle para poder adentrarse en el bosque. Sin embargo, cuando iba por la mitad de la calzada vio movimiento entre los árboles y se detuvo. Un pequeño ciervo que corría despreocupado se había detenido frente a él.

El coche no había podido hacer nada. En aquella curva sin visibilidad se lo había encontrado de frente. Un muchacho parado en medio de la carretera. El impacto había sido brutal. Tanto que Dave, desde lo alto de la colina, escuchó el frenazo y enseguida supo que algo había pasado. Corrió hacia la carretera, sentía en su pecho que algo malo pasaba.

Allí, tirado en el suelo estaba él, su hermano de otra madre. No podía quedarse solo, todavía no. No era justo. Desde aquel áspero asfalto lo oía gritar. Maldecía a aquel conductor que gritaba desesperado pidiendo ayuda. Sabía que si hubiera podido abrir los ojos lo último que vería serían las roídas converse rojas de su amigo.

Dave, con su triste sonrisa, con su característico olor a bosque, con su voz queda. Su hermano, solo él le había abrazado cuando su padre le dijo que su madre se había caído por las escaleras. Ella estaba amasando en la cocina y debió de escuchar un sonido en el piso de arriba. Había ido a mirar y, al parecer, había perdido el equilibrio en el piso superior y en la caída se había golpeado de forma fatal en el cráneo.

Cuando su padre le había dado la noticia apestaba a alcohol. Tenía los ojos rojos como solo el whiskey barato le ponía. Sus padres no discutían a menudo, y cuando lo hacían su madre siempre amanecía con un ojo morado. La policía había dicho que le parecía curioso que el cuerpo estuviera tan lejos del último peldaño, pero no investigó más. Lo cerró como un accidente, su padre, todavía con restos de harina en la camiseta, le había dado la noticia a su único hijo que apenas tenía doce años y se había largado para siempre de allí. Nunca entendió aquellas manchas de harina si la que cocinaba era su madre. Ahora, como última revelación antes de morir, lo entendió todo.


martes, 15 de octubre de 2024

La ribera del río

La sombra de su perseguidor ya la cubría por completo. No quería mirar atrás porque no estaba preparada para enfrentarse al mismo diablo. Siempre que tenía que volver del trabajo ella sola, tenía la intuición de que alguien la seguía. La misma persona que veía en la acera de enfrente de su modesta casa. Protegida por las sombras de una farola a la que los gamberros habían roto la bombilla.

No podía describirlo a la policía porque la negrura de su ropa no le permitía distinguir ni un rasgo. Además, se sentía una estúpida incluso al pensar que alguien como ella pudiera tener un acosador que la siguiera a todas horas.
Tampoco era capaz de imaginar quién podía ser. No tenía muchos amigos debido a su timidez, pero es que no era capaz de imaginarse a ningún enemigo. La paranoia le había hecho ver como sospechosos a todos los clientes del bar que se quedaban hasta el cierre y que estaba segura de que la desnudaban con la mirada. Ella trataba de mantenerse ocupada y no darles importancia, pero cuando se metía detrás de la barra le temblaban las manos.
Cuando se veía superada por el nerviosismo, se metía en el almacén y se sentaba un par de minutos sobre las cajas de botellines vacíos hasta que conseguía controlar la respiración. La bombilla de ese viejo almacén agonizaba y a veces parpadeaba sin motivo alguno o se apagaba sin más y luego se encendía sola. En uno de esos apagones, que no llegó a durar ni diez segundos, sintió como si alguien respirase junto a su oreja. Se estremeció poniéndose de pie casi de un salto. Salió de allí convencida de que alguien había entrado.
Esa noche al cerrar el bar, Javi, el camarero al que le había tocado el mismo turno que ella se ofreció para acompañarla, pero ella como siempre, agradeció el gesto y simplemente se despidió con un movimiento de cabeza y comenzó el camino de regreso a su casa por la ribera del río. Se había acostumbrado a llevar los auriculares puestos con música a todo volumen, le ayudaba a relajarse.
Rebuscó en el bolso esperando encontrar el móvil para conectar su lista de música. Por desgracia, se lo había olvidado en el trabajo. Maldijo en silencio y apuró el paso. Apenas notaba el cansancio gracias al subidón que le producía la adrenalina que emanaba del miedo. Escuchó el crujido de una rama detrás suya. Casi se echa a correr, pero le pareció absurdo. Recordó los cientos de películas que había visto donde las protagonistas trataban de escapar de sus captores, pero al final morían igualmente. Cerró los puños instintivamente.
Tenía la esperanza de encontrarse a alguien en el camino que se diera cuenta de que necesitaba ayuda. Sin embargo, a aquellas altas horas de la madrugada entre semana, el ruido y el trajín de la ciudad parecía dormir.
Trataba de pensar que ya no le quedaba mucho para llegar a la seguridad de su casa. Ansiaba más que nunca cerrar la puerta tras ella, dar dos vueltas a la llave y volver a respirar. Aunque por más que miraba a lo lejos todavía no se distinguía el final del camino. Los pocos coches que pasaban lo hacían lejos de allí. Podía haber seguido otro camino, pero era mucho más largo y a esas horas no era tampoco seguro, de esta forma al menos llegaba antes a casa.
No podía apenas respirar, sacó el pequeño inhalador del bolsillo y cuando se disponía a aspirar la dosis del medicamento, aquella sombra pasó a su lado protestando, diciendo que iba por el medio del camino y no le dejaba pasar. Hubiera pedido perdón, pero aquel joven no la hubiera escuchado debido a los enormes cascos que llevaba puestos. El susto que se llevó provocó que perdiera el equilibrio cayendo por el desnivel de la ribera y golpeándose el cráneo fuertemente. 
Al día siguiente la prensa abría con la noticia de que habían encontrado a una mujer brutalmente asesinada con un fuerte golpe de una piedra en la cabeza la madrugada de ayer. Se fue sin saber que aquella sombra que sentía que la espiaba no era otro que Javi, que intentaba reunir el valor para pedirle una cita. Ella nunca lo supo y Javi siempre pensó que, si la hubiera acompañado aquella noche, nadie la habría herido.

viernes, 4 de octubre de 2024

El cine

Odiaba cuando le tocaba el turno de noche. No era un tipo miedoso, pero aquel dichoso libro de relatos que estaba leyendo le había vuelto algo paranoico y cada ruido detrás de sus espaldas hacía que su corazón palpitase como loco.

El trabajo en la zona de restauración del cine era una tarea llevadera la gran mayoría de los días, aunque los turnos de tardes cuando se estrenaba algún éxito de dibujos animados se convertía en una locura. Aun así, aquellos pequeños con sus miradas de emoción y sus risas nerviosas no dejaban de divertirle. Las noches, sin embargo, eran turnos de trabajo más cortos, pero más duros ya que tocaba el cierre y conteo de cajas, la limpieza de la maquinaria de bebidas, palomitas y control de la temperatura de cámaras antes de salir.

Su hermano, Hugo, fanático de las películas de terror, le había regalado aquel libro de relatos. Desde pequeño había asombrado a todos con su memoria fotográfica y aquellos datos que no dejaban de hacer estremecer a quien los escuchaba. Con el paso de los años, se había ganado a pulso el apodo de bicho raro en el colegio cuando lo habían visto jugando con un gato muerto detrás del pabellón de deportes o en el instituto cuando hizo una exposición antes sus compañeros de temática libre en la que explicó con todo lujo de detalles el proceso de momificación en el Antiguo Egipto con evisceración incluida.

Cuando David abrió el envoltorio del regalo que le había entregado su hermano y supo cuál era la temática de aquel libro firmado por un tal James Shiver, se aventuró a hacerle ver que aquellos cuentos no le asustarían en absoluto, sin embargo, le dio su palabra de leerlos. Empezando esa misma semana en la que su turno terminaba pasada la medianoche.

No solían quedarse solos por seguridad, pero aquella noche, Mónica, la compañera que debía cerrar con él, le pidió el favor de salir antes ya que su madre estaba hospitalizada y debía pasar la noche cuidándola en el hospital. No puso problema ya que llevaba enamorado de ella desde el primer día que la vio.

Cuando comenzaron los pases de las películas de las diez de la noche, los pasillos del cine estaban casi desiertos, algo habitual entre semana. Aquellos largos pasillos de paredes forradas de un perturbador terciopelo rojo con un suelo de infinita moqueta negra. Los pesados sacos de basura se bajaban en el ascensor interno de personal a una entrada al almacén a la que se accedía desde el último piso del parquin. Mientras arrastraba aquellos sacos tuvo la sensación de escuchar unos pasos detrás suyo. Se volvió un par de veces para comprobarlo, pero no había nadie.

No podía dejar de tener la sensación de que alguien lo observaba por el pasillo, detrás de aquellas enormes figuras publicitarias de los monstruos de las películas proyectadas. Se reprendía por tener aquellos pueriles pensamientos, sin embargo, comenzó a realizar las operaciones de cierre de cajas tan apresuradamente que erraba los cálculos y el tener que realizar nuevos recuentos retrasaba inexorablemente su salida.

Cuando entró en el office tuvo la sensación de que alguien en el mostrador susurraba su nombre. Se asomó convencido de que se trataría de Antonio, el compañero de la empresa de seguridad que había tenido la misma suerte de turno de trabajo que él y que debía estar metiéndole prisa para salir de allí. Cuando salió al mostrador para informarle de que en cinco minutos los dos estarían fuera no vio a nadie. Volvió al office pensando que debía haber sido un ruido de las cámaras frigoríficas que le habían creado esa ilusión.

Apagó la luz y cuando iba a cerrar la puerta, en lo más profundo de la oscuridad de aquel cuarto volvió a escuchar su nombre. Aquella vez estaba seguro de que la pronunciación vocal de las letras no provenían de ningún electrodoméstico. Volvió a encender la luz, nada. El único zumbido que escuchaba era el de aquel viejo tubo incandescente. Cogió el afilado cúter con el que abrían los paquetes de mercancía que recibían. Sabía que sus compañeros en el turno de la tarde echarían humo al no encontrarlo, pero necesitaba sentir que llevaba una suerte de arma.

Cerró y deseó salir de allí cuanto antes. Se sentía estúpido por dejar que aquel miedo infantil le estuviera paralizando las piernas. De nuevo debía cruzar aquel pasillo, pasando por delante de todas aquellas figuras que en la oscuridad del local ahora se antojaban vivas. Sacó el cúter. Lo llevaba abierto en su mano derecha. Le extrañaba no haber visto a Antonio por los pasillos, seguramente estaba comprobando en las salas que no quedase nadie.

La moqueta del suelo amortiguaba sus pisadas y, sin embargo, de nuevo aquella sensación de que alguien le seguía. Se detuvo en seco. Los pasos de su perseguidor se detuvieron también. Sabía que estaba cerca, tanto que podía escuchar su respiración casi acariciando su nuca. Las luces del pasillo que se apagaban automáticamente a una hora determinada lo dejaron sumido en una espesa oscuridad. Trató de agudizar sus sentidos, sin embargo, aquel que nos mantiene alerta le decía que tenía a su perseguidor a unos centímetros. No se lo pensó, nadie se hubiera quedado a esas horas con buenas intenciones. Lo más probable era que su vida estuviera en peligro. Dio una voz llamando a Antonio, pero no apareció por ninguna parte.

Cuando una palomita olvidada en el suelo de aquel lúgubre pasillo crujió detrás de él no se lo pensó. Apretó el cúter en su mano y con un giró rápido de su torso la hundió en el cuello de aquella sombra que estaba detrás de él. El cuerpo oscuro de alguien cayó pesadamente a sus pies. Balbuceaba echándose la mano al cuello tratando de cortar aquella hemorragia que lo desangraría en cuestión de segundos.

La voz de Antonio lo sacó del trance cuando desde la puerta del montacargas le dijo en voz alta:

—David, ha venido tu hermano a buscarte. Le he dejado pasar para que no estés solo. Nos vemos mañana.