miércoles, 17 de diciembre de 2025

Cuento lo que vi

       Lo cuento porque lo viví. No es una de esas historias que le pasaron a un amigo de un amigo. Mientras escribo estas palabras veo mis dedos bailando por el teclado, nunca supe escribir sin ver hacia él. Bajo mis uñas todavía está la fina línea carmesí que ha dejado la sangre de aquella muchacha mientras la arrullaba sobre mis rodillas escuchando los balbuceos de súplica de alguien que expiraba su último aliento.

       En cuanto la policía me ha dejado venir a casa podía haberme dado una ducha, haberme tomado un tiempo para procesar todo lo que ha ocurrido, pero necesitaba dejar plasmadas estas palabras antes de que lo olvide.

       Ninguno de los allí presentes podía imaginarse que su día iba a seguir así, es más, estoy seguro de que aquella joven no imaginó mientras se ponía aquel delicado perfume o aplicaba la máscara de pestañas que sería la última vez que lo haría. Me preguntaba si ya habrían avisado a su familia. 

       Mientras esperábamos la ambulancia me sentí tentado a buscar su documentación, a que algún ser querido cogiera su mano, escuchase su voz por última vez. Que al menos tuviera la oportunidad de despedirse. No lo hice porque enseguida nos rodearon decenas de personas y no quería que pensasen que mi intención era robarle. Además de que no tenía ninguna mano libre ya que con una sujetaba su cabeza y la otra apretaba el profundo corte del abdomen como si así pudiera contener sus vísceras en el interior.

     El mundo se había detenido, aquello había apagado las bocinas de todos los coches colindantes, incluso la respiración de todos aquellos curiosos, que se acercaban movidos por el morbo y que al ver la oscura sangre que emanaba caliente del cuerpo de ella dejando escapar su vida entre mis dedos, parecía haberse cortado.

      Cuando los técnicos de emergencias me pidieron que les dejase sitio, que ellos se ocupaban, yo ya sabía que no iban a poder hacer nada por ella. Hacía un par de minutos que pude ver cómo sus ojos perdían el brillo de la vida, de los sueños por cumplir. Me vi reflejado en aquellos enormes ojos verdes.

     El corte había sido mortal de necesidad, nadie hubiera podido salvarla. Había cruzado la calle tambaleándose, pidiendo auxilio con ambas manos tapando una herida que ya teñía del todo aquel precioso vestido de gasa beige. Los coches se habían detenido sin colisionar con ella, pero los ocupantes miraban hipnotizados una imagen que parecía sacada de una película sin moverse del interior de los vehículos.

      Vi que iba a desplomarse y corrí todo lo que me alcanzaron las piernas. Me acerqué a ella y de un rápido movimiento saqué el cuchillo que todavía llevaba clavado para que mis manos cubriesen aquel agujero.

      Me acerqué a ella y le susurré que no tuviera miedo, que ya no había dolor, que me quedaría con ella hasta el final. Ella me miraba fijamente mientras dos cristalinas lágrimas resbalaban por su rostro. De repente, el día pareció hacerse noche ya que la luz del sol quedaba oculta detrás del grupo de personas que hicieron corrillo encerrándonos en un círculo de piernas. 

      La policía y las dos ambulancias llegaron casi a la vez. Los agentes despejaban el lugar de curiosos permitiendo que los sanitarios se acercasen con todo lo necesario para intentar salvar la vida de aquella mujer que yacía sobre mis piernas simulando la escena de La piedad de Miguel Ángel.

    Cuando los sanitarios comenzaron sus maniobras de reanimación, intenté ponerme de pie. Tenía ambas piernas entumecidas por la adrenalina y la postura incómoda sobre el asfalto. Un agente se dio cuenta y se acercó para darme un punto de apoyo. 

     Me acompañaron a la parte de atrás de una de las ambulancias y allí mismo me tomaron declaración. Les dije la escena que había presenciado, y cómo vi a la chica gravemente herida. Vi que uno de los agentes de la científica traía el cuchillo dentro de una bolsa cerrada en la que se recogían las pruebas. El detective que me estaba interrogando me preguntó si había visto quién llevaba el cuchillo.

     —¡Por supuesto que lo he visto! —contesté sin pensarlo —Ella misma lo llevaba, hundido en su abdomen. Yo mismo se lo saqué para poder cubrir su herida e intentar salvarla.

      El detective me dijo que no debería haberlo extraído, que era posible que aquello hubiera acelerado la muerte de la chica, por no hablar de que debían tomarme las huellas para descartarlas de las que encontrasen en el arma y ver si conseguían distinguir las del autor del crimen.

      Acepté a regañadientes la reprimenda de aquel imberbe detective que pareció compadecerse de este pobre anciano que solo intentaba salvar a aquella mujer y que se sentía molesto por la falta de reconocimiento a su valor.

     —Es posible que hubiera muerto igualmente, a simple vista la herida parece mortal y me sorprende incluso que haya sido capaz de avanzar unos metros. La próxima vez no retire nunca un objeto que esté dentro de una herida porque en cierto modo ese mismo objeto que produce la herida, la tapa y si lo retira hace mayor el corte.

    —De acuerdo, agente. Lo siento…—contesté bajando los ojos. Me tomaron las huellas y salí de allí cabizbajo, después de que me avisasen de que igual necesitaban más adelante volver a tomarme declaración. 

     Me hubiera gustado decirles que sabía de sobra lo de retirar el cuchillo, pero es que mi intención era que la mujer no hablase, no pudiera decir que había sido yo mismo el que unos minutos antes le había introducido aquel horrible cuchillo en lo más profundo de su ser. Claro que iban a ver las huellas del asesino y, por supuesto que no podrían diferenciarlas de las mías, pero eso aun no lo saben.



miércoles, 10 de diciembre de 2025

El escritor

        Me miraba sonrojada, tímida. No tardé más de unos segundos en analizar su actitud y hacerme una idea acerca de ella. Estaba seguro de que era su primera entrevista. Era posible que fuera una invitación por parte del organizador del evento, aquel cincuentón que me había dado la mano al entrar mostrando una dentadura de un blanco antinatural. Por el lugar en el que le había posado la mano en las últimas lumbares estaba claro que esperaba una compensación por aquello.

       Llevaba un vestido vaporoso que le daba un aire etéreo a su blanca piel. Sus ojos esquivos hablaban de muchas inseguridades, quizá una infancia de acoso en la escuela. Uñas cuidadas y manos delicadas, en casa no tenía que fregar ni encerar los suelos, o seguía protegida por papá y mamá o podía permitirse tener servicio doméstico.

       El maquillaje muy suave, casi ausente. Una delicada capa de rímel y un brillo en los labios que le daba aquel toque adolescente, apetecible. Color del cabello a juego con sus cejas, era natural y no se veían canas incipientes, era joven, mucho. No llevaba altísimos tacones de aguja como estaba acostumbrado a ver en otras presentadoras, no buscaba llamar la atención, es más, parecía incómoda cuando el foco acariciaba su piel y le tocaba acercar el micro a la boca para hablar. Pude imaginarme pequeñas gotas perladas de sudor resbalando por su piel bajo aquel vestido. Deseé arrancárselo y comprobarlo. 

       Dedicó unos minutos a leer el breve currículum que mi agente había escrito para que pudiera hacer la presentación. Todavía me producía cierta añoranza escuchar cómo habían sido mis primeros pasos. Dediqué aquellos instantes previos al comienzo de mi exposición para seguir acariciando su cuerpo con mi pensamiento.

       No tenía pareja, nadie hubiera sonreído o permitido aquella intimidad con el viejo verde, y tampoco ella parecía muy pendiente de nadie en concreto. Después de las cientos de entrevistas que me habían hecho, sabía que estos segundos debía sonreír y poner mi mirada más humilde, buscando conectar con el público.

     Las últimas líneas las hizo de memoria, según me había contado era una gran fan y había leído mucho sobre mi vida. Parecía sincera cuando con la mano sudada había estrechado la mía con la ilusión de una chiquilla. Creo que hoy iba a descubrir algo que no sabía.

       Tras su speech, comenzaron las preguntas camufladas de distendido diálogo pactado con semanas de antelación. Me había preguntado muchas veces si esas preguntas estaban estipuladas en alguna especie de manual, algo así como qué preguntarle a un escritor, ya que sin fallo se repetían una tras otra en cada acto así.

        Estaba en la promoción de mi última novela por lo que esta era la última presentación, 40 ciudades en los últimos dos meses. Yo mismo habría aborrecido mi novela si no fuera porque hablar de ella me seguía excitando en mi fuero interno. Aquel inconfesable lugar que escondía turbios secretos.

       Tras banales cuestiones acerca de la novela: fuente de inspiración, labor de documentación, alguna anécdota de esas que gustan, comenzó el turno de preguntas del público. Algunos de mis compañeros de profesión confesaban entre risas que ese era el momento más tenso para ellos porque no sabían nunca lo que se podían esperar. A mí eso no me ocurría. Cuando alguien levantaba la mano pidiendo el micro, los segundos hasta que podía escuchar su voz a través de los altavoces le hacía un análisis similar al de la presentadora y podía predecir qué era lo que le inquietaba. Esa primera mano era de una mujer que se mostraba segura, incluso agresiva en sus gestos, dominadora, uñas rojas perfectamente cuidadas, ojos de gata y mirada fija en mí, puede que su fetiche fuera meterse en la cama de un escritor que tenía la suerte de vivir de sus libros. Tocaba pregunta personal, quizá si tenía pareja. La respuesta era que no, siempre, según mi agente, aunque en algún momento la situación cambiase, debía mantener una imagen accesible para un público así. Todo eran ventas.

       No iba a cambiar la situación. Lo tuve claro desde la primera vez que sentí que mi placer estaba más allá de despertarme cada día al lado de la misma persona. Además, una pareja lo complicaría todo. Serían necesarios más cerrojos en casa. No, me gustaba la intimidad de mi casa alejada de todo, en medio del bosque.

       Siguieron varias preguntas igual de fútiles, y entonces la ponente se excusó en mis apretada agenda y dijo que solo había tiempo para una pregunta más. Otra mano. Un potente foco a unos metros sobre aquella cabeza me impedía distinguir su rostro, intenté cubrir mis ojos con una mano a ver si distinguía algo más, pero era imposible. Me gustaba poder ver los ojos de las personas con las que hablaba, me daba una sensación de control. 

       El voluntario que portaba el micro se lo acercó a la persona que solicitaba el turno de pregunta.

      —Buenas tardes, está claro que es un escritor excelente, pero ¿cuál cree que es su verdadero talento? —Aquella voz. Era imposible que fuera él. Había pasado mucho tiempo. Todavía me volvía loco aquel timbre, la cadencia de cada palabra, su sensualidad. Se me habían quedado tantas cosas por hacerle.

       —A lo largo de mi vida he escrito más de dos docenas de libros, a cada cual más oscuro. Todos ellos me han proporcionado una fama y un éxito de ventas que no sé si es merecido o no, pero no creo que sea ese mi verdadero talento. Llevo más de treinta años escribiendo y creo que no podría dejar de hacerlo. Lo que relato en mis libros no son más que mis memorias, momentos reales de mi vida que me causa excitación releer una y otra vez. Creo que mi talento ha sido salir impune de todos ellos. Saber que nunca han buscado a mis víctimas, que nunca las han encontrado y que nunca sabrán si lo que les acabo de contar es cierto o no.

        El silencio fue tan absoluto que parecía que el público no era real, no se movían, no respiraban. Quizá todo era un sueño, pero entonces un aplauso ensordecedor atronó en aquel salón de actos. Todos sonreían y tras terminar se acercaban a comprar otro ejemplar firmado de mi novela. Llevaba treinta años confesando mis actos y seguían siendo mis memorias sobre ellos auténticos best-sellers. Qué curiosa es la gente.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

El abismo

        Lo he leído en algún sitio, estoy seguro. Cuando te asomas a un precipicio o a alguna altura que augura una muerte segura, nuestro cuerpo se siente atraído hacia ella. Cuando caminas no titubeas, no sientes que te vas a caer hacia delante y, sin embargo, allí estaba, mirando hacia esa impresionante caída libre desde la cornisa de aquel edificio al que había acudido los últimos quince años de mi vida.

        Qué estúpidos habíamos sido. Aquella quedada debía haber terminado con un montón de recuerdos y de anécdotas que recordar y echarnos en cara el resto de nuestras vidas. Ninguno pensamos que terminaría en un carrusel de entierros y de despedidas.

       Siempre habíamos sido solo nosotros cuatro, pero en aquel viaje fuimos cinco. Se había unido el último ligue de Susan. Un tipo que la verdad encajaba con ella, vaya par de bichos raros. Gótico, oscuro y, como a ellos les gustaba autodenominarse, “adoradores del diablo”. Lo de Susan era una etapa rebelde, todos lo teníamos claro, sus padres la habían machacado desde niña vistiéndola de niña repollo, siempre de rosa y con enormes lazos sobre su cabeza. Esto no era más que ir al lado contrario de lo que siempre habían querido para ella.

       Cuando nos presentó a Perro, sí, ese juro que era su nombre, todos nos miramos e intentamos no reírnos. Perro y ella parecían inseparables. No era muy hablador, cosa que agradecimos porque estábamos seguros de que poco tendríamos en común con él. Susan era todo lo contrario, divertida, vivaracha, todo lo contrario, a su aspecto. 

       No tardamos en llegar a la casa rural que habíamos alquilado para ese fin de semana. Nadie pensaba lo que nos deparaba la noche del sábado en la que comenzó el fin para todos nosotros.

       Perro nos habló de una página que conseguía que la gente hiciera cosas impensables, era como si por leer unas líneas en una estúpida página de internet, alguien a distancia se pudiera hacer con el control de nuestras mentes. Nadie le creímos, ojalá nos lo hubiéramos tomado más en serio.

       La primera en querer probar fue Susan, cómo no. Su chico le mostró la página. Unos ojos rojos en medio de un fondo negro escaneaban el rostro de nuestra amiga. Se activó el reconocimiento facial, algo que nos pareció extraño y agradecimos que fuera el teléfono de Perro el utilizado para aquello ya que todos pensamos que se le estarían instalando cientos de virus en el dispositivo.

        A los pocos segundos, aparecieró en el dispositivo la única norma a cumplir, uno a uno después de nuestros nombres, se mostraría una frase que solo podía leer esa persona para sus adentros, nadie podía saber qué decía aquella pantalla. Uno tras otro aceptamos jugar. Solo queríamos reírnos un poco y, a falta de los juegos de mesa que Paul olvidó llevar, aquello no era más que una forma de pasar el tiempo. Cada uno de nosotros leía su frase y guardaba silencio, pensativos.

      Mi frase, “Cuando miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Menuda chorrada, pensé. Le devolví el móvil al muchacho y me sentí muy cansado, nadie tenía ganas de trasnochar más, todos lo acusamos al viaje, aunque no habían sido más de un par de horas.

        Al amanecer, el grito ensordecedor de Susan nos despertó a todos, que corrimos en ropa interior a su cuarto para ver qué le había provocado aquel estallido de pánico. No necesitamos preguntar. Cuando entramos en la habitación vimos a Perro bocarriba sobre la cama, tenía ambas muñecas cortadas y por las manchas en el camisón y cuerpo de Susan supimos que lo había hecho mientras ella dormía acurrucada a su cuerpo.

        Tras llamar a la policía y prestar declaración, volvimos a casa. No entendíamos qué había pasado. Susan estaba en estado de shock y no quisimos dejarla sola. Esa noche se vino a mi casa. No quise preguntarle nada, pero ella me dijo antes de dormir que su novio no quiso decirle nada de su frase, pero tenía algo que ver con el calor de la sangre. Ella había dormido sobre aquel cálido caldo y no se había dado cuenta.

        Me despertaron los ladridos del puñetero perro de mi vecino. La cartera había llamado a su puerta y el animal como siempre se había puesto nervioso. Me desperecé y salí de aquel incómodo sofá. Le había dejado mi cuarto a Susan, necesitaba descansar bien. Me vestí y decidí salir a comprarle algo dulce para desayunar. 

        Agradecí salir a la calle y respirar el aire fresco. Notaba todo mi cuerpo entumecido. A pesar de ser lunes, me habían dado la semana libre por lo que había pasado. No tuve prisa en volver ya que era muy temprano y no quería despertar a Susan. Decidí darle tiempo. Además, le había dejado una nota advirtiéndole que había bajado a por algo para desayunar, que fuera preparando los cafés.

      Cuando entré en el piso, enseguida vi la puerta de la habitación abierta por lo que no me costó deducir que ya se había levantado. Escuchaba el agua de la ducha. Me metí en la cocina para preparar los desayunos de ambos. Ya habían pasado veinte minutos y comencé a preocuparme. Me acerqué a la puerta del baño y pregunté en varias ocasiones a voces si se encontraba bien. Al no haber respuesta, abrí la puerta y la vi. Desnuda y con los ojos muy abiertos su piel de porcelana le daba un aspecto tétrico allí colgada dentro de la ducha. Suicidio, determinó la policía, el impacto de haber perdido a su novio debió de ser el detonante. 

       Cuando llamé por teléfono a Paul y a Tom y ninguno me cogió el teléfono, yo no lo sabía en ese momento, pero ninguno de ellos podría hacerlo. Los dos reposaban en la cámara del tanatorio.

       Esa noche sentado en mi sofá no dejaba de ver hacia la puerta del baño. Había bajado al bar de debajo de casa a tomarme un café cuando la imperiosa necesidad de orinar era inaguantable. Me negaba a entrar en el baño por miedo a volver a encontrarme con aquellos ojos sin vida.

      Cuando salí del bar me eché a caminar sin rumbo, o al menos, yo creía que era sin rumbo. Ni siquiera cuando abrí el portal que daba acceso al bloque de oficinas donde trabajaba me sorprendió. El portero me saludó con un leve levantamiento de cejas. Estaba acostumbrado a que las noches de entrega de informes acudiéramos a terminarlos a horas intempestivas. 

       No recuerdo muy bien cómo he llegado a la cornisa de la fachada de un edificio de dieciséis plantas, ni sé por qué aquello no me asusta. Miro hacia abajo y mi cuerpo cimbrea con la brisa nocturna. Qué pequeño parece todo desde allí arriba. Me siento en paz, libre. Recuerdo mi frase, el abismo, ahora el suelo de la acera parece más lejano, quizás solo es un sueño, me pregunto si tras la caída despertaré. Vuelo.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

La memoria

        ¡Qué curiosa es la memoria! Juraría haber entregado el informe en el plazo que me había dicho el encargado de planta. Casi podría describir todo lo que había junto a la metálica bandeja donde lo dejé posado.

      Hoy cuando he ido por la mañana y he visto las caras largas no supuse que fuera por mí, sentí lástima por el pobre pringado sobre el que iba a caer la ira del jefecillo. Aquel puñetero informe que me había llevado dos semanas redactar. Un estudio de mercado con el que mi jefe tenía previsto dar el bombazo y salvar a la empresa de la ruina más absoluta. Si alguien conseguía entregar un buen informe, sería ascendido con todo lo que eso llevaba consigo: aumento de sueldo, despacho propio, tarjeta de gastos de la empresa…Necesitaba aquel ascenso y no me lo pensé cuando tuve que dejar de lado mi vida personal.

        Cuando mi madre me telefoneó para contarme que mi padre había sufrido un infarto y que debía ir a la otra punta del país para pasar las últimas horas con él, la muy estúpida no entendió que no podía perder el tiempo. Estoy seguro de que mi padre sí que lo entendería.

        Él siempre lo entendía todo, había sido un cómplice cada vez que la cagaba de niño. Me protegía siempre en los castigos o conseguía que el humor de mi madre mejorase para que me los levantasen. Me pasaba los cigarros a escondidas, aquellos Ducados negros que hacían que me doliera el pecho al toser. Cuando iba a ir de pesca me llevaba con él, así descubrí qué era aquello de los club de carretera y por qué la pesca siempre era en fin de semana y duraba un par de días.

       No estuve allí para cogerle de la mano, pero él siempre me había dicho que había que ser ambicioso en la vida. Y eso estaba haciendo. Pensaba que resistiría, que yo entregaría el informe y me daría tiempo a darle las gracias por haber sido mejor padre de lo que yo lo sería jamás.

        Mi hermana y mi madre nunca tuvieron lo que él y yo teníamos, era una complicidad que iba más allá de la relación padre e hijo. Fue él quien me enseñó a conducir aquella incómoda y dura C15 que chirriaba dando giros en el polígono de las afueras.

        Recuerdo incluso el sabor de la cerveza caliente que nos bebíamos después sentados sobre el morro de la misma mientras el sol se acababa de ocultar. No volvíamos a casa enseguida, me llevaba a comer un bocadillo de sardinas rancias, que según él ayudaba a que mi madre no me soltase una zurra por notar el alcohol en mi boca.

       Cuando el encargado entró esta mañana en nuestro departamento y se quedó de pie junto a mi mesa, todos me mirasteis en silencio. Yo me hice el despistado porque quería que pareciera que no me esperaba aquel reconocimiento ni por supuesto el ascenso.

      Me imaginaba lo fuertes que sonarían los aplausos. Las últimas cuarenta y ocho horas había pensado en que había llegado el momento de cambiar de coche. Llevaba años sin sentir el aire acondicionado y el humo negro que escupía me decía que no pasaría la siguiente revisión. Quién sabe, quizá Rebeca accedería al fin a acostarse conmigo ahora que podía pagarle sus caprichos. Es posible que me hiciera el duro, después de todo iba a ser el héroe de la empresa.

       Cuando dijo mi nombre, levanté la mirada, todo el fin de semana había practicado aquella mirada. Humilde pero poderosa, inteligente. Sin soberbia, pero decidida. Cuando mis ojos se posaron en los suyos vi el color de la ira camuflado en aquellos oscuros iris. Todos los músculos de mi cara se agarrotaron y nervioso os miré a todos. Buscaba que alguien me recordase qué había ocurrido, algo me había perdido y, por su mirada, supe que yo era el culpable.

       El despido fue inmediato. Fulminante. Me gritó que me lo había advertido, si el informe no estaba listo antes del viernes a última hora, que no me molestase en volver. Yo traté de balbucear que había cumplido, que el informe debía de estar en.… en…la bandeja metálica vacía. No podía recordar nada, me quedé en blanco. No recogí ni mis cosas. Salí por la puerta y eché un último vistazo atrás, a vosotros, a mis compañeros de trabajo los últimos quince años de mi vida. Entre vuestras insulsas caras, ¿sabes qué vi? Tu sonrisa, y entonces lo recordé todo.

       Recordé aquella bandeja metálica, recordé el plato con caramelos de tofe y piñones junto a ella que Amparo siempre saquea al llegar por las mañanas. Recordé que la oficina a aquellas horas olía a tabaco mentolado, a tu tabaco mentolado. Y en ese momento supe que tú habías entregado mi informe con tu nombre, por eso sonreías. Porque mientras yo el fin de semana soñaba con llevar mi nuevo coche hasta mi ciudad natal para coger la mano de mi padre por última vez, tú estabas ya celebrando tu éxito. El que debía ser mío.

       Bueno, ¿sabes qué decía mi padre? Que a todo cerdo le llega su san Martín y hoy es el tuyo. Voy a arrancarte diente a diente las casi cuarenta páginas del informe. Espero que no te falte ninguna pieza o saltaré a los dedos. Te aseguro que esta experiencia tú tampoco la vas a olvidar en tu vida.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Tu fotograma

        Cuando el móvil dejó de devolverle la voz de ella, lo supo. Negaba con la cabeza deseando que el desenlace fuera otro. Repetía su nombre a gritos, una y otra vez. Rogaba a Dios que el aparato le dejase escucharla de nuevo. Que aquella voz que tanto amaba volviera a sonar. Conducía de forma mecánica, sin ser consciente del tráfico. La velocidad era tan alta que los conductores de los coches que circulaban cerca se apartaban con un sonoro pitido abroncando su agresividad. No le importaba, ya nada lo hacía. Tenía que llegar a casa, era lo único en lo que pensaba. 

       El fotograma mental de su sonrisa aquella mañana cuando se habían despedido, se había quedado fija en sus pupilas. No veía nada más y, si lo que creía que por desgracia había pasado era verdad, ya no quería volver a ver, ni vivir. Volvió a negar con la cabeza hundiendo todavía más el pie en el acelerador.

     Podía haber colgado la llamada y llamar a urgencias, pero le aterraba la idea de cortar aquella llamada si había sido la última, era lo único que aún le mantenía conectado a ella y no quería cerrar aquella ventana. Solo era capaz de repetir su nombre a gritos. Le pedía que le dijese algo, le preguntaba si estaba bien y, cuando el silencio volvía a ser la única respuesta sollozaba un “ya llego mi amor, ya llego, por favor aguanta”.

       Aquel golpe seco que había escuchado le había dejado sin respiración. Fue entonces cuando la voz agitada, nerviosa, de ella se había cortado. Le decía que alguien la seguía. Que escuchaba sus pasos, cada vez más cerca. Había empezado a correr y aquellas pisadas sonaban igual de rápidas y cercanas. Estaba apenas a un par de metros de casa, le había dicho.

     Cuando enfiló las calles de la urbanización el tiempo pareció ralentizarse, aunque él seguía conduciendo a una velocidad no permitida. La gente parecía mirar en la dirección a la que él se dirigía. Algunos murmuraban o se echaban las manos a la boca. 

        Su casa estaba al final de esa misma calle. El parachoques de su viejo Volvo frenó en seco a punto de golpear las piernas del tumulto que se había formado a las puertas de su hogar. Cuando se bajó del vehículo, el grupo de curiosos se fue abriendo, dejando un estrecho pasillo que enlazaba su cuerpo con las escaleras de entrada a su casa. Como si de un cortejo fúnebre se tratase, el pasillo se fue volviendo a cerrar en silencio tras él mientras avanzaba.

        Llegó al primer escalón y se detuvo. Un líquido manto de rojo carmesí enmarcaba el cuerpo de la que había sido el amor de su vida. En la mano sujetaba todavía el teléfono móvil con la llamada contando los segundos. 


miércoles, 15 de octubre de 2025

El despertar


          No tengo buen despertar, eso es así. No se lo había advertido ni una ni dos veces, no ha sido culpa mía y ahora, sin embargo, soy yo el que tiene que pensar qué hace con su cuerpo sin vida.

         En mi defensa quisiera poder decir que lo lamento, pero todavía fluye hambrienta la adrenalina por mi torrente sanguíneo. La misma que me llevó a seguir golpeándole cuando sus ojos de sorpresa habían perdido ya la vida y yacían inertes en el suelo.

        De niño me habían hecho decenas de estudios del sueño tratando de descubrir por qué me ocurría esto. Mi madre fue la primera en descubrir las consecuencias de tratar de despertarme cuando estaba sumido en un sueño profundo.

     Algunos neurólogos habían intentado poner distintos nombres a lo que me ocurre, pero unos desmentían a otros y el resultado final fue que mis padres se quedaron sin dinero y sin ganas de seguir experimentando con mi cerebro. Así que optaron porque fuera mi padre el que me despertase a voces desde la puerta de mi habitación. Cuando llegué a la adolescencia, me regalaron un despertador y así evitaban entrar. 

       Soy un adulto funcional, trabajo, soy ordenado y los que me conocen pueden decir que jamás me han visto enfadado ni levantando la voz. Sin embargo, mis sueños son terribles. Oscuros. 

        Cada vez que me despierto noto que el corazón se me va a salir del pecho a través de mi garganta. Mi respiración está entrecortada y creo sentir que me ahogo. Es entonces cuando se activa mi instinto de supervivencia, a cualquier coste. Es un sentido animal. Siento un fuego dentro de mí que solo quiere protegerme.

       Había escuchado a mi madre decirle en diversas ocasiones a sus amigas que cuando me despertaba siendo yo un niño mi mirada era otra, parecía una fiera, un desconocido ante los ojos de una madre que no entendía quién o qué había tomado el cuerpo de su hijo convirtiéndolo en aquello.

       Por esto nunca he podido ir a un campamento de verano ni me he quedado en casa de ningún amigo a dormir. De adulto, las cosas no mejoraron y procuraba siempre, después del sexo, esperar a que mi acompañante se durmiera para escabullirme y salir de allí buscando cobijo en mi tranquila casa. Aquello me llevó a ser considerado un insensible o alguien que rehuía del compromiso.

      Los años han ido pasando y todo el círculo de amigos se han ido casando y comprometiendo. Yo había conseguido mantener mi primera relación seria. Llevábamos más de un año juntos y ella no dejaba de reprocharme que nunca me quedaba a dormir en su casa ni le invitaba yo a quedarse en la mía.

      Le había explicado mi problema y ella, entre risas, no se lo creía. Me llamaba exagerado y por desgracia mis padres ya no podían constatar lo que le estaba confesando y que mi hermana no me quisiera coger el teléfono tampoco le dio una señal de que algo en mi cabeza no estaba bien.

      Me prometió que no iba a pasar nada, que ella cuidaría de mis sueños. Yo lo intenté y le dije que estaba bien, que ese fin de semana lo probaríamos. Fue un día increíble que cerramos con un sexo de esos que merecen salir en una película. Nuestros cuerpos, desnudos y sudados, se enredaban el uno en el otro hasta que noté su respiración pausada indicándome que se había dormido.

       El momento había llegado. Solo tenía que cerrar los ojos y dejarme arrastrar al sueño. Habíamos pautado que era mejor así en fin de semana para que no fuera necesario poner el despertador ni levantarse de forma brusca. Simplemente abriría los ojos y ella seguiría allí, abrazada a mí. No me parecía un mal despertar la verdad.

       Me costó al menos dos horas conseguir dormirme. Al ver que el miedo me desvelaba decidí jugar a respirar al ritmo de ella, tan suave, tan pausado. Cuando ella cogiese aire yo lo haría también y cuando ella lo expirase la imitaría. Aquello me sirvió, poco a poco mi cerebro fue meciéndose en el sueño.

     Me veía a mí mismo, de niño. Llevaba mis viejas Converse rojas. Jugaba con mi balón de baloncesto entre los coches amontonados del desguace de mi padre. Caminaba despacio botando el balón y escuchaba entre el ruido amortiguado de aquel caucho, el ruido de algo que arañaba el interior de motor de un viejo Peugeot gris. Pensé que serían ratas, no era la primera vez que las oía, pero aquella forma rabiosa de rascar no podían provocarla las minúsculas patas de un roedor. Me acerqué despacio…dejé el balón el suelo que rodó muy lejos de allí. 

      Mis rodillas tocaban la fría defensa metálica del coche. Quería salir corriendo de allí y, sin embargo, mirando hacia abajo, vi cómo mis manos abrían al capó del vehículo. En décimas de segundo un enorme perro lobo saltó hacia mi cara, yo cerré el puño con todas mis fuerzas y golpeé al animal con intención de matarlo.  

       Ahora ella yacía allí, en medio del suelo de mi habitación con la mandíbula rota y un enorme charco de orina que salía de su interior. Se había levantado al baño, pero para mí, había salido del interior de aquel coche.


miércoles, 1 de octubre de 2025

Los noto

          Cierro los ojos y los noto moverse bajo mi piel. Al principio, intenté ignorarlo. “Es efecto de las pastillas para el pelo” pensé. Aquellas malditas gominolas que me prometen frenar la caída. Supuse que mi cabeza me picaba porque era normal que los pelos nuevos al salir irritasen el cuero cabelludo. Es más, llegué a sentirme esperanzada cada vez que sentía esa sensación de picor. Volvía mi larga melena a querer brotar. Nada más lejos de la realidad.

         Esa sensación de picor se fue extendiendo por todo el cuerpo. Dentro de mí seguí tranquilizándome, pensando en que hay poros por todo el cuerpo y, aunque las mujeres no tenemos el vello tan fuerte como los hombres, también tenemos. Así que intentaba no rascarme para no dejarme las piernas como si me hubiera cruzado con un tigre por el pasillo de mi casa.

         Mis amigos me decían que me notaban más seria, que muchas veces parecía distraída mientras me hablaban. Realmente me costaba mucho no clavar las uñas en mi piel y tratar de calmar aquel picor, pero todos sabemos que rascarnos puede llevar a una irritación de la piel que haga que nos pique más así que intentaba pensar en otra cosa, todo ello mientras veía a mis acompañantes mover la boca y yo era consciente de que no me estaba enterando de los últimos cotilleos de sus trabajos o parejas.

        Cuando por fin me atreví a pedir cita al médico sentí vergüenza de estar allí por algo que, seguro que no era más que una tontería, sin embargo, después de cambiar la marca de gel a uno especial para pieles atópicas y de dejar las puñeteras vitaminas, seguía notando aquella picazón en la piel que no me dejaba dormir apenas. Sentada en la sala de espera, miraba a ambos lados, reconocía a prácticamente todos, aunque no consiguiera recordar sus nombres. Sabía que la mujer mayor que me sonreía desde la silla más alejada a mí llevaba muchos años encogida por una artritis que había ido retorciendo su cuerpo, llevaba años padeciendo un dolor del que jamás se quejaba.

         Uno de los hijos de mis vecinos, llevaba el brazo en cabestrillo por lo que deduje que la sesión de patinaje de ayer en el bordillo delante de casa no terminó bien. Debió de callarse toda la noche para no recibir la bronca de su nerviosa madre, sin embargo, los dedos hinchados como chorizos ya no podían ocultarse más. 

         Así, uno tras otro, casos médicos que requerían una atención más urgente que la mía, o al menos eso pensé. Allí sentada trataba de no rascarme compulsivamente por no parecer enferma de alguna enfermedad contagiosa que diese lugar a la extensión de un rumor infundado por el pueblo.

         Algo no iba bien, y era posible que, aunque no fuera contagioso, tampoco era bueno. Se había ido extendiendo y apenas había un centímetro de mi piel que no me picase como si fuego en lugar de sangre corriese bajo mi epidermis.

         Cuando entré en la consulta, la mirada cansada de mi doctor me hizo arrepentirme de inmediato de haber pedido la cita. Me sentía avergonzada si salía de allí con una receta de una cremita calmante, pero la verdad es que estaba asustada. Mucho.

         Mientras le contaba mis síntomas, él escribía en el ordenador sin mirarme siquiera. Me pidió que me sacase la ropa para observar mi piel y volvía al ordenador a escribir. Algo leía y negaba con la cabeza y volvía a la camilla donde el roce del papel que la cubría hacía que mis ganas de arañarme entera crecieran.

        Me solicitó varias pruebas y me citó hace dos días para hablar de los resultados. Cuando me llamó por teléfono para adelantar la cita me asusté. Siempre me habían dicho eso de “si tuvieras algo, te llaman por teléfono”, yo pensaba que era una leyenda urbana, pero allí estaba de nuevo en la sala de espera.

       Al entrar, noté preocupación en su rostro. Me pidió que me sentase y está vez sí que me miraba directamente a los ojos. Junto a él, por primera vez desde que acudía a su consulta, había otro médico que se presentó como un especialista en procesos infecciosos del sistema digestivo. No entendía nada.

       —¿Le gusta el sushi? —comenzó mirándome fijamente para analizar mi expresión. 

        No entendía el porqué de aquella pregunta. No era momento de ligar o de hablar de cosas banales. El hecho de que tuvieran que darme la noticia dos médicos acerca de qué me ocurría ya era bastante inquietante. Sin embargo, asentí. Con el cambio de horario en los turnos de la oficina, apenas me quedaba tiempo para ir a casa, comer de forma ordenada y volver a tiempo al trabajo, así que disfrutaba muy a menudo de aquel manjar oriental en el Sushi Island que habían abierto allí cerca.

        —¿Qué tiene eso qué ver con lo que me pasa? —pregunté irritada.

        —Verá…padece usted de parasitosis intestinal —leyó el informe como si aun no pudiera creérselo.

        —¿Cómo? —pregunté sin entender.

    —Tiene el cuerpo lleno de larvas, habitualmente es algo producido por comer pescado crudo contaminado. 

       Siguió hablando y me dio una retahíla de recetas con el tratamiento y las citas a seguir. Llevo dos días tumbada en la cama con la mirada fija en el techo atenazada por el pánico al sentirlos moverse bajo mi piel.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Estoy muerto


        Estoy muerto. Al menos eso es lo que le ha dicho el médico a Mary, mi mujer. Pude escucharlo, aunque estaban a unos metros de la cama de hospital en la que estaba tumbado fingiendo dormir.

        Cuando volvió a la habitación he escuchado como ahogaba el hipo de un llanto interno. Intentaba ser fuerte, Dios sabe todo lo que esa mujer ha pasado y superado y, sin embargo, esta enfermedad nos ha cogido por sorpresa a ambos. 

      Durante unos minutos sentí como si estuviesen hablando de otra persona, no podían estar poniéndole fecha de caducidad a mi vida. Joder, solo tengo cincuenta y dos años. He dejado de fumar, de beber y hasta me obligo a comer más sano. Mary me arrastra cada mañana a caminar con ella una hora. Al principio me costaba, ahora que veo que nos quedan pocos paseos solo deseo salir de este hospital y coger su mano mientras la escucho contarme las novedades del pueblo.

         Notaba un dolor intenso en la garganta, es la rabia, el desconsuelo, la negación. Como cuando eres niño y viendo una escena triste en una película no quieres llorar delante de tus amigos. No pensaba llorar, no podían precisar cuánto tiempo me quedaba, pero no iba a doblar la rodilla de forma sumisa ante la muerte.

      Cuando el médico me dio la noticia a la vez que el alta y me aconsejó que guardase reposo y disfrutase de mis seres queridos lo miré y le agradecí a regañadientes que fuera el portador de tan aciaga noticia. Mary sujetaba mi mano, pero rehuía mi mirada. Aun no estaba preparada para esto. Yo tampoco, Mary, yo tampoco.

      Cuando llegamos al coche se sentó ella al volante, no quise disgustarla, estaba claro que en su cabeza había otras preocupaciones y que dentro de ellas estaba la extraña idea de que cuanto menos hiciera más horas le ganaríamos al triste desenlace. Durante un segundo estuve a punto de bromear acerca de si sería seguro que llevase ella el coche a pesar de llevar una veintena de años sin conducir por miedo, pero cuando iba a hacerlo me di cuenta de que le temblaba el mentón y preferí callar.

        Al llegar a casa, suspiré mirando a mí alrededor, me gustaba el hogar que habíamos construido. Me alegraba saber que ya estaba pagada y que sería uno de aquellos asuntos a poner en orden que no supondría un gasto para Mary y, al no tener hijos, los asuntos, en general, se simplificaban mucho.

         Comimos en silencio y la siesta habitual esta vez fue en la cama, ella insistió en que era mejor para mí. Se abrazó fuerte a mi cuerpo, no sé si para asegurarse que mi corazón seguía latiendo o para que no me alejasen de ella mientras dormía.

         Esa noche cenamos en el porche, escuchando el sonido del bosque. Todavía nos costaba hablar entre nosotros, buscábamos palabras que no arrastrasen sentimientos y nos provocaran caer al vacío del llanto. Así que fui yo el que comenzó a hablar como si ese día nunca hubiera existido. Decidí seguir hablando de planes futuros, de cosas que quería arreglar en el campo, de viajes que haríamos a ver cómo estaban sus padres…Ella me miraba absorta, debatiéndose en si prohibirme aquellos esfuerzos o dejarme hablar y hacerle creer que aún nos quedaba un futuro juntos. Doy gracias a Dios por optar por lo segundo ya que la primera opción sería aceptar que mi vida, lo que me quedase de ella, de no ser así se limitaría a estar sentado mirando al vacío y esperando el final.

          Una mañana, me desperté temprano y decidí salir a respirar el aire puro del amanecer, cargado de la humedad del rocío. Salí sigiloso, intentaba no despertar a Mary ya que había pasado toda la noche inquieta y entonces dormía plácidamente.

         Al pasar por el lateral del porche, me pareció escuchar algo de revuelo en el gallinero, al principio no le di importancia, pero las palabras maldiciendo al gallo me pusieron en alerta. Desde hacía meses, notábamos que cada vez teníamos menos gallinas. Le echábamos la culpa a algún zorro hambriento. Desde la entrada del cobertizo, agazapado, comprobé que el zorro tenía nombre y apellidos, mi vecino. Otra de las condenas con las que había acarreado parte de mi vida. 

       Era un ser malhumorado, maleducado y faltón. La falta de higiene hacía que supiéramos de su visita desde antes de que llamase a la puerta y su presencia perduraba varios minutos después de su partida. Él era quien había ido llevándose nuestras gallinas, parte del futuro alimento de mi mujer, una viuda a la que la vida se le pondría complicada. No podía permitirlo. Mi mano se cerró alrededor del mando de la azada y en un mismo movimiento vi como mi brazo dejaba caer con toda mi fuerza la herramienta sobre el cráneo de mi ya difunto visitante. Lo eché con cuidado a una carretilla y lo serví de desayuno a los cerdos.

         Mary se ocupaba del huerto y yo de los animales, así que sabía que no se asomaría por allí.

        Después de aquello decidí que dedicaría mis últimos días a facilitarle la vida futura a Mary, sí, eso haría. Mientras desayunábamos, ella me dijo que había tenido problemas con el nuevo repartidor del correo. Al parecer la miraba de una forma que la incomodaba y nunca entregaba los paquetes a tiempo y tenía que desplazarse ella a buscarlos. Yo solo sonreí pensando en que nuestros cerdos desayunarían bien el tiempo que me quedase de vida. En la próxima matanza del cerdo, los nuestros serían los más hermosos y grandes y Mary se aseguraría buena carne para varios meses. 



miércoles, 17 de septiembre de 2025

El bocadillo

          Odiaba ir a la escuela desde el primer día que entró en aquella aula y Unai puso sus ojos en él. En aquel preciso instante había dado comienzo una etapa de su vida en la que las collejas, los insultos y los escupitajos en el pelo eran diarios.

        Al principio, lloraba y se escondía. Había comenzado a orinarse en la cama y por las mañanas, cuando su madre lo despertaba para ir al colegio, deseaba con todas sus fuerzas encontrarse tan enfermo por fuera como se sentía por dentro a ver si su madre le permitía quedarse en casa. A salvo.

         Había perdido el apetito y las ganas de hablar. Se mantenía en constante estado de alerta y es que, con el paso de los años, las maldades de Unai habían ido agravándose hasta el punto de ser peligrosas.

        Había probado de todo siguiendo las sugerencias de aquellos adultos que auspiciados en una supuesta experiencia le decían que lo ignorase, que se aburriría, que hablase con él, que lo enfrentase, que le parase los pies e incluso que se lo dijese a los profesores. Nada dio resultado, bueno sí, una nueva paliza o humillación pública.

         Todo había dado comienzo con la última paliza de su padre a su madre. Ella se cansó de él, pidió el divorcio y volvieron a la ciudad natal de su madre. «Tenía que empezar de cero», había dicho, pero se había olvidado que para él también era un cambio.

       Aquel miércoles tenían excursión al monte Aloya. Algo que podía haberle producido una ilusión tremenda ya que siempre había adorado la naturaleza y salir del centro, desde que vivía allí, aquellas excursiones se traducían en oportunidades de Unai para amenazarlo o atemorizarlo con miedos nuevos.

          Intentaba caminar siempre próximo a los profesores, en silencio, con la mirada nerviosa controlando los flancos. La idea era complicarle lo máximo posible la posibilidad de herirle, ya que aquel malvado ser conseguía siempre ocultar sus actos de la mirada de unos profesores que empezaban a dudar de que sus quejas no fueran más que para llamar la atención al ser nuevo y que para ello no dudaba en calumniar a otro compañero.

          A la hora del almuerzo, los profesores se sentaron todos juntos en unas mesas de piedra que había en una especie de merendero en la cima. Pensó en pedirles si se podía sentar en la mesa con ellos, pero se lo pensó mejor ya que aquello seguro que lo avergonzaría más delante de sus compañeros.

        Alejándose unos metros, se sentó apoyando su espalda contra el tronco de un árbol, así cubriría su espalda. Masticaba despacio los trozos de aquel reblandecido bocadillo de tortilla de patatas que su madre le había preparado por la mañana con todo su cariño. Estaba delicioso. Tanto que cerró los ojos dejándose llevar por el sabor de la tortilla, el pan y el armonioso ruido del bosque. Por ello no se dio cuenta de que alguien se le había acercado por detrás sigilosamente. Alguien que llevaba algo en la mano, posado sobre un pañuelo de papel. Cuando abrió los ojos le dio el tiempo justo para ver la mano de Unai acercándose velozmente a su cara y restregando aquel papel sobre su boca. El olor y la textura no dejaban lugar a dudas, era boñiga aun caliente de vaca. Unai se echó a correr y él se quedó allí con el último trozo del bocadillo todavía en la boca.

           Los profesores desde la mesa avisaban a los niños para que fueran terminando y mirando hacia él le preguntaron si estaba rico el bocadillo de chocolate que se estaba comiendo. Con los ojos vacíos y la mirada perdida asintió mientras se limpió como pudo en una fuente cercana. Aquello era el fin, no podía más. Se acercó al borde del mirador mientras todos se subían al autobús para volver a casa. 

           Él no tenía intención de volver. Se sentía vacío, sin latido en el pecho. Miró hacia abajo, la caída era mortal. Un hormigueo en el estómago le invitaba a saltar, a poner fin a todo. Mientras una lágrima resbalaba por su mejilla como única despedida, se agachó para pasar por debajo de aquella roída barandilla protectora de madera. De nuevo Unai, se había acercado corriendo por detrás para propinarle una sonora colleja, sin embargo, no esperaba que su víctima se agachase en el preciso momento en el que ejercía toda su fuerza aprovechando la velocidad de la carrera.

          Al encontrarse con el vacío que había dejado el cuerpo de su víctima agachada, su cuerpo pasó por la inercia por encima de la barandilla. Solo fueron unos segundos, tres a lo sumo, y entonces su cráneo sonó como un coco cuando se abre. El niño ya de pie volvió a asomarse y lo vio en el fondo del precipicio, con la mirada inerte fija en el cielo. Sonrió.

        Se subió al autobús y cuando pasaron lista los profesores y dijeron el nombre de Unai, el silencio denunció su ausencia. Nadie reparó en aquel niño nuevo que seguía con la mirada fija en el suelo del vehículo, esta vez para que nadie viera que seguía sonriendo.


jueves, 11 de septiembre de 2025

Hacernos viejitos

          La idea de morir no le asustaba, nunca lo hizo. Estaba tranquila incluso allí subida, sobre aquella mesa redonda de la terraza donde tantas veces habían tomado café juntos. La madera carcomida por las termitas crujía bajo sus pies, amenazando con romperse en cualquier momento propulsando su cuerpo al vacío desde aquel octavo piso.

       Se tomó unos segundos para recordar los años que habían vivido juntos. En ningún momento habían pensado en que su final no sería a la vez y uno de los dos tenía que afrontar el resto del tiempo que le quedase solo.

         Sus hijos, a los que habían cuidado, querido y protegido, habían volado pronto del nido y, cuando los ahorros se les habían terminado, habían dejado de preocuparse por sus ancianos padres. Al menos se habían tenido el uno al otro.

       El temblor de la mesa bajo su peso hizo tintinear una tuerca que encontraron en el suelo y que habían dejado en el interior de un viejo jarrón de boca ancha que tenían allí y no habían tirado solo porque era un regalo de su difunta suegra y les hacía duelo ser irrespetuosos.

          Miró al frente. Desde allí el barrio parecía mucho más grande. Podía ver a los niños en el patio del colegio. En ese momento le preocupaba que pudieran verle y herir su frágil sensibilidad de por vida. 

          Estuvo a punto de bajar y, sin embargo, subió el pie izquierdo a la barandilla ayudada por la pared izquierda. Notó el hormigueo de la circulación en la planta de los pies, aunque la barandilla era ancha como para no hacerle demasiado daño.

        Echó un último vistazo hacia el interior de la vivienda, aquella que les había costado tanto esfuerzo pagar con el único sueldo de él como trabajador del aserradero municipal. Ella se ocupaba de la casa y los niños con el mismo empeño y maestría que lo habían hecho antes su madre y su abuela. Había sido muy feliz en aquel hogar. Incluso cuando los hijos los abandonaron y podían haberse sumido en una tristeza infinita, habían vuelto a enamorarse como cuando eran jóvenes de aquellos silencios compartidos, de conversaciones antes de dormir y de desayunos en aquella terraza en la que ahora se encontraba.

         Los recuerdos se agolpaban en su mente. Muchos se habían ido borrando con el paso de los años; otros, sin embargo, se aferraban a ella y la consolaban. En todos ellos estaba siempre él a su lado, con su sonrisa amable. Ella siempre había tenido mucho genio, era firme, testaruda. Él paciente, tranquilo, comprensivo. La noche y el día, que no podían ser el uno sin el otro. En un pequeño impulso, izó también el pie derecho.

        La brisa le acariciaba las piernas por debajo de aquel fino vestido de flores con el que pensaba haber acudido al Mercado Central a por algo de pescado para comer. A los dos, durante el desayuno, se les había antojado pescadilla frita para comer.

        Todo eso fue antes. Mucho antes. Al menos un par de horas en las que tras el desayuno. Él se había bajado a dar un paseo por el barrio hasta el bar de la esquina. Allí leía el periódico, se tomaba un cortado y ella sabía que se fumaba un cigarro a escondidas. Se lo olía en el aliento cuando volvía a casa. Al principio, le reprendía por ello, pero a esas alturas de la vida, morir por cáncer de pulmón al fumar no era algo que les preocupase.

        Mientras él se iba, ella recogía la vajilla del desayuno y se arreglaba. Tenían que encontrarse en el portal a las diez en punto. Aunque ya peinaban sedosos cabellos blancos, les seguía haciendo ilusión vivir aquello como citas.

       Eran las diez menos cinco cuando el sonido del timbre la había asustado. Él no llamaba nunca y llevaban tanto tiempo sin recibir visitas que había olvidado la potencia de aquel artilugio. Con el corazón latiendo deprisa, contestó acercando bien el oído al auricular. Mantenían un excelente estado de forma a pesar de la edad, sin embargo, había perdido un poco de audición.

        —¿Quién llama?

     —Julita, soy la Paqui, menuda desgracia…—entre bromas en casa, la llamaban «la telediario» porque siempre estaba enterada de todo, aunque fallaba más que una escopeta de feria.

        —Tengo prisa, Paqui. A la vuelta me paso por tu casa y me cuentas.

       —Julita, es Manolo. Lo ha pillado un autobús…qué desgracia, Dios mío…yo no he podido ver más que sus zapatos porque ya lo habían cubierto con sábanas. Qué desgracia…Abre, que subo para que no pases el trago sola.

       —No puede ser…—no pudo decir más. Fue entonces cuando salió a la terraza.

        Allí estaba con los ojos enjuagados en lágrimas, quería dedicarle sus últimos pensamientos. El suyo había sido un amor de toda la vida. Se habían hecho la promesa de envejecer juntos y a pesar de las tormentas, se habían amado hasta el último día. Ella no pensaba ver un amanecer sin él.

       Soltó su mano de la pared y sintió el aire mecer su cuerpo. Entonces la puerta del piso se abrió. Manolo entró por la puerta hablando, mientras dejaba el llavero en el colgador de la entrada.

      —Julita, ¿dónde estás? Han atropellado a Vicente. Venía detrás de mí para devolverme la cartera. Cuando nos despedimos le vi cruzar por el medio de la calle como hace siempre. Qué viejo cabezota, Dios mío. Amor, ¿dónde estás?

        Los gritos sonaron desde la acera y entonces vio abierta la puerta de la terraza.


miércoles, 3 de septiembre de 2025

Su tienda de confianza

       Cuando el repartidor le pidió si podía guardarle el paquete a su vecina ausente, no pudo evitar fijarse en la etiqueta de procedencia del mismo. Aquella mujer no era la primera vez que compraba ropa en esa tienda en línea. De hecho, con el paso de los días, esta plataforma había ido cobrando tanto peso que era raro no conocer a alguien que no comprara allí.

          Los precios y la calidad eran tan competitivos que habían provocado el cierre de múltiples tiendas en su propio barrio. Una de ellas era la de la familia Hizu, proveniente de Guangzhou. Cuando aquella macroempresa decidió establecer la mayor parte de su producción allí mismo, ellos emigraron a nuestro país con la esperanza de que, estando tan lejos, aquella compañía no llegara a hacerles daño.

      El padre, Wáng, había reunido el poco dinero que habían ahorrado después de una vida de sacrificios y vino a España junto a su mujer, Mei, y su hijo de 15 años, Yun. Al principio, aunque no fue fácil, consiguieron abrir su pequeña tienda de ropa en un local en el centro. Sin embargo, con el paso de los años, las ventas cayeron en picado en favor de aquella empresa de su lugar de origen, que parecía perseguir la desgracia de la pequeña familia de Wáng.

         Como una plaga, la gente parecía adicta a los productos que vendían a través de aquella estúpida aplicación. Precios ridículamente baratos, regalos, promociones… Era imposible competir con ellos. Los recibos empezaban a acumularse y, cuando por fin Wáng bajó definitivamente la persiana, la deuda era inmensa.

          Yun se había adaptado bien al nuevo país. Tenía un grupo de amigos con los que había encajado y, aunque al principio le costó, su gran capacidad y su tesón lograron que se convirtiera en el alumno con mejores notas de la clase.

         Ahora la ruina del negocio de su padre ponía en riesgo la posibilidad de acceder a la universidad con la que tanto había soñado. Aquello lo enfurecía; no podía quedarse de brazos cruzados.

         Ese verano, les dijo a sus padres que lo pasaría en China, en la casa de su abuela, a la que decía extrañar mucho. Viajaría solo y prometía volver antes de comenzar el curso. Le pedía a su padre que aguantara con el negocio hasta esas navidades. Que todo iba a mejorar, lo presentía.

       Cuando llegó a su ciudad natal, no le costó mucho recuperar el contacto con los amigos de la infancia. Uno de ellos, Jian, vivía en la zona más acomodada de Guangzhou.

       Cuando lo llamó por teléfono para decirle que había ido a pasar el verano allí, no tardó en ser invitado a comer con su familia, invitación que aceptó con gusto.

        La familia de su amigo era algo peculiar: con una madre ausente por una larga enfermedad y un padre que triunfaba como directivo de aquella famosa empresa, rara vez tenían reuniones familiares en torno a una mesa. Sin embargo, aquella ocasión era especial: el hijo del cabezota Wáng había vuelto, y el padre de Jian no quería dejar escapar la oportunidad de saber cómo les iba en Europa. Sobre todo, después de que Wáng renunciara a unirse a la empresa alegando que su pequeña tienda de ropa era suficiente para mantener a su familia.

        Yun trató de no dar detalles de la verdadera precariedad en la que se encontraban, pero dijo que buscaría un empleo en verano para intentar llevar algo de dinero de vuelta a sus padres y ayudarlos. El padre de Jian, regocijándose por dentro al saberse más listo y poderoso que Wáng, y fingiendo una inexistente preocupación por el que había sido su amigo, le ofreció a Yun un puesto en la empresa, en la cadena de empaquetado de la compañía.

        —Quién sabe —le dijo—, quizás alguno de tus paquetes acabe en manos de tus padres.

      Tras aquello, se rió dejando ver unos amarillentos dientes que a Yun le parecieron especialmente tétricos.

       Aceptó el puesto de trabajo agradeciendo la oportunidad. Cuando entró en aquel enorme edificio, supo que estaba en la boca de una bestia gigantesca que devoraba miles de negocios como el de su padre. Alguien tenía que hacer algo.

       No falló ni un día. Siempre era el primero en llegar y el último en irse. Incluso se ofrecía a doblar turno siempre que tenía la posibilidad. No tardó en darse cuenta de la cantidad de cientos de miles de paquetes que salían de aquel centro cada día.

       Intentaba no detenerse a mirar los países de destino de aquellos envíos; sin embargo, una mañana tenía en sus manos uno dirigido a España. Lo apretó entre sus dedos pensando en que cientos como aquel eran los causantes de la ruina de sus padres. Entonces, se le ocurrió algo.

      Lo bueno de vivir en la zona más pobre de la ciudad era que tenía contactos con gente muy peligrosa, quienes le facilitaron una serie de productos químicos que había pedido. Con todos ellos unidos en pequeños pulverizadores, que agotaba en menos de una hora, rociaba todo tipo de productos textiles, de baño, de hogar, menaje de cocina… Al principio solo lo hacía con los que se dirigían a España; sin embargo, cuando pensó en cuántas familias estarían bajando las persianas de sus negocios, comenzó a rociar cada paquete que pasaba por sus manos.

        Las primeras muertes en Europa no tardaron en producirse. Uno tras otro, la gente caía en distintos lugares y países. Nadie era capaz de relacionar las causas y, mientras pensaban en un ataque terrorista a gran escala, la gente, por miedo, dejó de comprar en línea y volvió a acudir a sus tiendas de confianza. Cuando, al finalizar el verano, Yun volvió a casa, su padre le contaba entre lágrimas que se había producido un milagro: la tienda volvía a darles la oportunidad de soñar con una vida mejor.


miércoles, 25 de junio de 2025

El grano

          No había sido coqueta, nunca. En realidad, tenía la autoestima justa para salir de casa e ir al instituto. Poco más. Mi vida se había resumido básicamente en la repetición de ese único trayecto una y otra vez durante el invierno y se modificaba solo para ir a la biblioteca en los meses en los que el centro educativo estaba cerrado.

         Nunca había tenido demasiados amigos precisamente por ello. Sin embargo, no había conocido otra vida así que, como no puedes extrañar algo que no has tenido, me sentía completa en mi pequeño mundo.

         Mis padres estaban siempre demasiado ocupados para darse cuenta de ello y, si algún amigo de ellos se lo comentaba en alguna cena, ellos se escudaban en “es que es rarita” sin importarles si yo estaba delante o no.

          Esa falta de interés alguno fue lo que hizo que ni me inmutase cuando noté que me había salido un bulto en medio de la frente. Al principio, supuse que era un grano propio de la adolescencia. Algunas de mis compañeras de clase montaban un drama cuando les salía alguno. Para mí sin embargo solo suponían un fastidio cuando eran dolorosos o aumentaban mucho de tamaño.

          Así que cuando vi aquella protuberancia no le di la menor importancia. En mi instituto parecía invisible por lo que no se molestaban ni en hacerme bullying. Directamente me hacían el vacío, lo cual agradecía ya que ninguno de mis compañeros me parecía lo suficientemente interesante. Nadie reparó en mi grano como tampoco lo hicieron en todos los anteriores.

          Al día siguiente, el grano había aumentado de tamaño, no tanto hacia fuera, más bien lo notaba hacía dentro. “Mierda” pensé, estos eran de los que dolían y tardaban más en irse. Aun así, no intenté sacármelo ni maquillarlo o taparlo con el flequillo como hacían los demás. Simplemente seguí con mi vida normal.

          Fueron pasando los días y aquello seguía aumentando. Yo no me miraba nunca al espejo, me vestía en mi cuarto y bajaba directamente a desayunar. Aquel día, como todos los anteriores, mi madre estaba preparando el desayuno para mi hermano pequeño mientras él no dejaba de hablar contándole mil tonterías que ella escuchaba pacientemente.

          Al entrar en la cocina, mi hermano me miró y dejó de hablar. Me miraba extrañado, yo le sonreí porque supuse que para él igual era la primera vez que veía un grano tan grande. Mi madre que estaba de espaldas atendiendo las tortitas me preguntaba si iba a querer alguna. Le dije que no mientras me sentaba. Cuando ella se acercó a la mesa con el plato de tortitas de mi hermano reparó en mi aspecto y con una cara de absoluto miedo me miraba desconcertada.

          —¡Virgen Santa! Pero…

          No pudo articular mucho más ya que se puso a buscar con manos temblorosas su teléfono móvil en el bolso. Escuché que llamaba al doctor Arizmendi para pedirme una cita urgente para hoy mismo. Cuando colgó la llamada llamó a gritos a mi padre que casi se corta afeitándose al escuchar el grito de horror de mi madre. Le pidió que llevase a mi hermano al colegio, que me tenía que llevar a urgencias.

          Siempre que escuchamos la palabra “urgencias”, tengamos la edad que tengamos, nos alarma. Yo pensé que mi madre estaba montando un circo por un grano, sin embargo, ella no era así. La de veces que nos arrastró a la escuela haciendo caso omiso a nuestras quejas de dolores imaginarios solo porque queríamos quedarnos en casa.

          Me cogió del brazo y casi me llevó en volandas al coche. Todo aquello estaba siendo muy raro así que, mientras ella conducía a toda velocidad yo, sentada en el asiento del copiloto, bajé el parasol del acompañante que ocultaba un espejo minúsculo. Al poder ver mi reflejo, entendí la alarma de mi madre.

          El grano, o lo que yo pensaba que era un grano, tenía en el centro algo parecido a…no podía ser, era… ¿un ojo? Aquello no parpadeaba, pero la morfología era inconfundible. Yo más que miedo sentía una inmensa curiosidad.

          El médico que nos atendió lo primero que hizo fue llamar a dos especialistas para que bajasen a hacerme pruebas, mediciones, fotos…se alejaban y susurraban entre ellos. Luego, a mi madre le explicaron que se trataba de un teratoma, una especie de tumor de origen embrionario. Al parecer era habitual que desarrollasen algunas facciones humanas como ojos, dientes o pelo. Al parecer era necesario operarme, sin embargo, por la situación en la que se encontraba el mío, tan próximo al cerebro, querían probar otros métodos antes del quirúrgico. 

         Mi madre firmó un montón de papeles y autorizaciones y nos fuimos de allí con decenas de citas por los distintos especialistas. Yo me sentí bastante molesta, no quería perderme tantas clases, pero al ver la cara de preocupación de mi madre, no dije nada.

         Cuando al día siguiente aparecí en el instituto, por primera vez la gente me miraba, se apartaban de mi con la boca abierta o me señalaban sin reparo. Me sentía tan observada que ir allí se empezó a convertir en un suplicio. Sin embargo, algo me despertaba cada mañana, ese algo que me llevaba a empujar hacia la carretera al pequeño Tom por burlarse de mí, a clavarle un lápiz en la cara a Anna por insultarme en el pasillo o a tirar por las escaleras a Mike cuando enseñaba una caricatura mía a sus amigos en el pasillo hacia el patio. Tres incidentes que me han traído a esta habitación acolchada. Me han preguntado mil veces por qué lo hice, no lo sé. Simplemente algo dentro de mí tomó esa decisión.


miércoles, 18 de junio de 2025

El olor

          Cada día que pasaba odiaba más aquel pequeño piso en el extrarradio en el que vivía. Los últimos recortes presupuestarios en la facultad de Historia le habían obligado a mudarse a aquel horrible apartamento.

         No tenía más que una única y diminuta habitación por lo que se había visto obligada a montar un improvisado despacho en uno de los laterales del salón. Tampoco le importó demasiado ya que no veía nunca la televisión ni esperaba visitas.

         Cuando la simpática mujer de la inmobiliaria le enseñó el sitio no pudo ocultar su decepción. Lo cierto es que la franja de precios que podía permitirse era tan reducida que todos los que habían visitado hasta entonces eran igual de deprimentes. Y parecía que la cosa empeoraba en cada visita por lo que a aquellas alturas había asumido dos cosas. La primera, que no iba a encontrar el piso de sus sueños por menos de cuatrocientos euros, y lo segundo que empezaba a desesperarse al ver que el siguiente piso sería igual o peor que ese, así que susurró poco convencida “me lo quedo”.

         La mujer de la inmobiliaria pareció sentir lástima por ella y le dijo que seguro que con una buena decoración conseguiría hacer milagros. Además, antes de despedirse le estrechó la mano con la promesa de intentar negociar el precio del alquiler. 

         Ella misma sabía que el precio era desorbitado para aquel cuchitril que olía a pocilga. Enseguida trató de convencerse a sí misma de que seguro que era debido a aquella moqueta verde mohosa que recubría todo el piso. Le daba tanto asco que había conseguido lo que su madre siempre le pedía de pequeña cuando le gritaba que no anduviera descalza.

      Dedicó el mes de vacaciones de verano a pintar las paredes, cambiar algún electrodoméstico siempre asumiendo el costo y con la firme advertencia del propietario de que cuando se fuera tendría que dejar esos electrodomésticos nuevos allí.

      Se molestó en cambiar las cortinas y poner otras con colores crema para darle un toque más agradable y elegante y, sin embargo, a mitad se había cansado al ver que era cierto el dicho que dice que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

        Para terminar de rematar su sensación de desesperación, a la semana de vivir allí, el piso se llenó de mosquitos. Inofensivos pero molestos. Cuando dejaba los restos de un sándwich en un plato a los pocos minutos decenas de mosquitos se habían quedado pegados en la margarina o en la salsa que contuviera dentro.

        Al principio, pensó que al haber llegado la primavera era algo normal ya que en el portal y las escaleras que subían hasta el segundo piso, el suyo, mostraban la abundancia de los mismos insectos. Compró multitud de insecticidas en espray, pero se cansó de que su vivienda oliera de forma perpetua a citronela. Así que, como había ocurrido en el resto de la operación de decoración, también se rindió. 

        Pasaban las semanas y guardaba la esperanza de que, en septiembre, con la llegada del nuevo curso, el número de matrículas aumentase y la universidad pudiera volver a ofrecer los salarios propios de su cargo. Porque aquellos recortes que habían anunciado como temporales, casi hacía un años que se habían vuelto, al menos en apariencia, definitivos.

        Trataba de buscarle algo positivo a aquel lugar y aunque le costaba reconocerlo, era la vivienda más silenciosa en la que había vivido. Solo tres viviendas en el viejo edificio. Debajo suya, la señora Amparo, una mujer viuda y sin hijos que no tenía más compañía que la de sus gatos y que nunca llegó a ver. En el piso de encima, un marinero de alta mar que según le habían contado en el bar de debajo de casa, se pasaba medio año embarcado y medio año en tierra. Al parecer, se había ido hacía dos meses por lo que no esperaba verle hasta empezado el curso y, con un poco de suerte, como se repetía a menudo, para entonces quizá ya estaría de nuevo en su anterior casa en el Paseo Pereda, junto al mar.

        Un día, cuando volvía de una reunión en la facultad, le llamó la atención ver su calle abarrotada de gente. Todos miraban en una dirección, el portal de su casa. Al ver el camión de bomberos pensó en un incendio, casi al borde de la histeria nerviosa, algún electrodoméstico habría hecho contacto quemando toda la instalación de hilo de un piso atiborrado de paredes de papel pintado y con una moqueta sintética como acelerante.

       Conforme se acercaba, la ausencia de olor a quemado o humo le inquietaron. No tenía nada de valor en el piso, nunca había sido una mujer ostentosa en cuanto a joyas. Y lo único que podía terminar de hundirle sería la pérdida de su portátil o de su proyecto investigador que sumaba ya más de medio millar de documentos y del que guardaba copia en un pendrive, y por suerte, jamás se separaba de lo uno ni de lo otro.

         Se convirtió en otra curiosa más de su propio edificio mientras se aproximaba al mismo. Cuando se encontraba a un par de metros del portal, se tuvo que hacer a un lado para permitir el paso de los sanitarios que llevaban una aparatosa camilla sobre la que descansaba una bolsa funeraria. Al parecer, la señora Amparo había fallecido hacía unos días y su cuerpo se había ido descomponiendo, sirviendo de alimento para los felinos, muertos también. De ahí los mosquitos y aquel olor…pobre mujer.


miércoles, 11 de junio de 2025

Nosotros

         Desde el primer día que lo vi, supe que era él. Era un sentimiento extracorpóreo que no podría describir. Simplemente lo sabía. Cada novela, cada historia de amor que imaginaba había sido con él de protagonista, aun sin saber que existía. Y ahora que estaba a un par de metros de distancia, lo supe sin más.

        El cambio de ciudad y de instituto no podría decirse que me hubiera supuesto un gran trauma. Empezaba a acostumbrarme a aquello. Y cuando veía que nadie comprendía mis explicaciones ni mis quejas y que al final siempre eran los adultos los que decidían por mí, opté por sonreír y demostrar que no me importaba absolutamente nada.

          Había cursado primaria en dos centros distintos, ya que a la estúpida de Carol se le ocurrió jugar a ver quién era más valiente. ¿Cómo demonios iba a saber yo que era alérgica a las avispas? Cuando abrí el bote con dos de ellas sobre su mano y observé su cara de pánico, supe que había ganado. Lo que pasó después no había sido ni mi culpa ni mi problema. Pensaban que el trauma de haber perdido a mi mejor amiga me había hecho así de introvertida y que a lo mejor un cambio de centro me vendría bien.

         La secundaria no fue mucho mejor y aquel era el tercer centro al que iba, después del incidente con Carmen en el primero y con Carlos en el segundo. Tampoco quisieron escucharme cuando les expliqué que la primera había sido la responsable de su caída por aquel puerto de montaña en la excursión. Y Carlos… bueno, él simplemente estaba mejor muerto, aunque aquello nunca lo dije. Se había reído de mi carta de amor. Me había humillado leyéndola en voz alta en medio de clase. Cuando me encontré con él por casualidad en el sendero que atravesaba el arbolado de pinos de White Pine, supo que iba a morir. No lo encontraron jamás, pero alguien contó lo de aquella carta y prefirieron que fuera yo quien se cambiase de centro.

         Así que, por tercera vez, allí estaba: de pie frente a mis compañeros, presentándome y diciendo de dónde venía. Por supuesto —y por consejo de mis padres—, omitiendo detalles. La versión oficial sería que habían trasladado a mi padre, algo que no era del todo mentira, ya que lo había pedido él mismo.

        Las cosas no parecían distintas de un centro a otro. Seguían existiendo los mismos grupitos: los atléticos, las niñas de papá que me miraban como a un bicho raro, de arriba abajo, juzgando mi apariencia y, al fondo, junto a los perdedores, un pupitre vacío. Estaba claro que ya había sido encasillada.

       En la primera fila, junto a los percheros, estaba él. Con su cabello despeinado y su sonrisa. Aquellos ojos castaños que miraban hacia la ventana, lejos de allí. Tenía la cabeza ladeada, posada sobre su mano.

        Me quedé en blanco, el tiempo parecía haberse detenido. Dejé de escuchar las risas, los insultos y hasta la voz de la profesora que me invitaba a sentarme en mi sitio. Yo seguía allí, frente a todos, pero mirándolo solo a él.

         Las risas fueron en aumento y, cuando la profesora tocó mi hombro suavemente para devolverme a la realidad, del susto di un respingo hacia atrás, provocando las carcajadas y los aplausos de una clase que coreaba mi nombre seguido de una rima. “Valentina gorrina” era lo más original que habían conseguido.

       Al acabar las clases, pensé en esperarlo, en pedirle que me acompañara a casa. Mis planes se vieron frustrados cuando vi que un grupo de compañeros, junto con él, salían corriendo del aula y se dirigían al campo de fútbol. Le esperaría. No me importaba.

    Cuando ya anochecía y mis padres habían empezado a llamar desesperados al centro, el entrenamiento había terminado y poco a poco todos iban recogiendo sus cosas y volviendo a sus casas. Él se había quedado solo.

      Recogía el material deportivo mientras yo, poco a poco, descendía desde las gradas de frío hormigón desde donde lo había visto entrenar. Estaba a unos metros cuando oí la voz de una de las compañeras que se habían estado riendo de mí en clase. Se tiró en sus brazos y comenzó a besarlo. Parecía que iba a comérselo, pero literalmente. Me ardía la sangre al ver la escena. Era mío y no iba a permitir que aquella fulana me lo quitara. A él no.

        Cogí una de las banderillas del córner y, cegada por la ira, atravesé con todas mis fuerzas aquel famélico cuerpo, que cayó entre estertores al suelo. Él estaba allí, congelado, sin reaccionar. Su rostro era una mezcla de sorpresa y miedo. Hasta en esa situación, me parecía guapo.

         —¿Puedo acompañarte a casa? —le dije.


miércoles, 4 de junio de 2025

Madre

        Nada los había preparado para aquello. Desde que coincidieron en una de las asignaturas de la carrera, habían congeniado tanto que a nadie le extrañó cuando aparecieron un día por la facultad cogidos de la mano. Sus vidas habían estado destinadas a ser compartidas, aun sin saberlo. Profesionalmente, siguieron los mismos caminos: cuatro años de carrera, dos de máster, múltiples cursos, conferencias. Habían visitado yacimientos históricos por medio mundo, participando activamente en la selección, identificación y datación de restos. Se habían especializado en Antropología y Sociología. Les fascinaba el ser humano y todo aquello que le concernía.

         Sus estudios habían sido recogidos en diversos libros de carácter divulgativo por todo el país y, sin embargo, allí estaban, en blanco. Solían llevar con ellos cuadernos y grabadoras donde recogían todos los datos necesarios para luego poder plasmarlos en los informes. Además, aunque siempre fotografiaban los hallazgos para documentar con exactitud el yacimiento, a ella le gustaba dibujar a mano la escena. Defendía que solo cuando te fijas en algo para dibujarlo es cuando realmente ves lo que en una fotografía puede pasar desapercibido.

       Como siempre, habían dividido el lugar en cuadrantes y cada grupo se situaba en un conjunto de cuadrantes que tenían que cribar, pincelar, enumerar, extraer, documentar… concienzudamente. La teoría la conocían todos a la perfección y, aun así, ellos dos tenían la capacidad de entender, a través del estudio de lo que extraían, la escena o el lugar en el que se encontraban y lo que esperaban encontrar en las proximidades.

         Aunque la etapa prehistórica era la que más habían trabajado, la Edad Media era su favorita. Allí, donde los restos hablaban de batallas, de vidas familiares polarizadas entre la más extrema pobreza y la opulencia más desbordada. Donde la belleza de la empuñadura de una espada resaltaba como la diadema de la más exquisita reina.

         Habían decidido pasar una temporada en el yacimiento medieval de los siglos VII y VIII en Imola, Italia. Ambos contaban con una excedencia investigadora de un par de años, por lo que no dudaron en que aquel era el momento indicado.

        Los primeros meses no descubrieron gran cosa y, a pesar de ello, el color de aquellos atardeceres y la cultura de aquel país los había embrujado completamente. De hecho, alguna noche, tras haber hecho el amor, hablaban entrelazando sus cuerpos, de la posibilidad de mudarse a vivir allí.

        En aquellas tierras les había pillado por sorpresa el embarazo de ella y, como todavía era reciente, esperaban poder seguir trabajando unos meses más. La vida les sonreía y, en ocasiones, creían vivir en un sueño.

        Los dos primeros meses de embarazo fueron complicados: las náuseas matinales y los vómitos le quitaban totalmente el apetito y hacían que hubiera perdido mucho peso. Tanto, que él temía por su salud y la del pequeño.

         Conforme la tripa seguía creciendo, le costaba más ponerse en cuclillas o de rodillas para pincelar los restos, así que le habían pedido que se sentase junto a ellos y tomase nota de lo que fueran diciendo.

        La noche anterior, se había despertado entre gritos y sudores. Había tenido una pesadilla horrible donde ella era enterrada viva. Por más que intentaba eliminar aquella imagen de su recuerdo, era incapaz de hacerlo. Llegó a hacerle prometer que, si algo le ocurría, la velarían por lo menos un par de días antes de enterrarla para estar seguros de su fallecimiento. Aquello empezaba a obsesionarla.

         Por la tarde, habían vuelto a la excavación con el propósito de no pasar allí más de un par de horas; ella necesitaba descansar. Su vida y la del pequeño corrían peligro. Sentada en aquella incómoda silla plegable, tomaba nota de cada dato que él le decía.

         La sorpresa surgió cuando, pincelando, apareció lo que parecía una calota craneal. Ella soltó la libreta y, sin pensárselo dos veces, cogió otro de los pinceles para ayudar a su novio a sacar a la luz aquellos restos. En unos minutos, todo el equipo de arqueólogos los rodeaba con el mismo entusiasmo.

         Fueron descendiendo poco a poco, dejando al descubierto el torso de aquel cuerpo. Continuaron un poco más el descenso, hasta que, bajo las delicadas cerdas del pincel de ella, apareció un segundo cráneo. Esta vez más pequeño, mucho más pequeño. Era un bebé muy pequeño. Aquello la angustió, aunque no era la primera vez que se encontraban con un enterramiento múltiple.

         Cuando ambos cuerpos quedaron expuestos, ambos se miraban incrédulos. Él pudo ver el miedo en los ojos de ella. La posición del niño indicaba que había muerto en pleno proceso del parto. No había duda: aquella mujer había tenido una extrusión fetal post-mortem, o lo que se conoce como “parto en ataúd”.

         Ella no pudo volver a dormir, falleciendo a los tres días, completamente desnutrida y agotada.


miércoles, 28 de mayo de 2025

Aquella mirada

       No llevaba mucho tiempo trabajando en la morgue. A pesar de que sus amigos y familiares se habían tomado a chiste la elección de su profesión, ella la amaba. La tanatopraxia aunaba el silencio y la calma. Desde luego que algo se le removía dentro cuando empezó en el oficio, pero con el paso del tiempo había aprendido a consolar aquella angustia con el hecho de saber que ella conseguía que las familias se llevasen un último recuerdo de sus seres queridos que les permitiera alejar la pesadilla de la pérdida.

         No siempre era fácil, especialmente cuando se trataba de niños. Por suerte, no eran muy habituales y los padres solían preferir guardar el último recuerdo del infante vivo antes que verlo como un muñeco.

         Aquel día, cuando llegó a la sala, repasó las sesiones que tenía programadas. Casi una decena. Las festividades navideñas, en las que el alcohol regaba las mesas, solían, por desgracia, aumentar el número de fallecidos.

        Comenzaba por urgencia funeraria, es decir, aquellos que debían estar terminados sí o sí antes de cierta hora de recogida, dejando así para el final los más recientes. En este caso, la última sería una joven que se había cortado las venas.

       Repetía con diligencia el proceso rutinario de preparación de los cuerpos, poniendo especial esmero en disimular las cicatrices de las autopsias, las heridas, las fracturas… Los dos primeros habían sido un par de ancianos. Uno de ellos había fallecido por un infarto de miocardio y el otro por un fallo multiorgánico propio de la vejez. Ambos fueron procesos sencillos. Al ser varones de elevada edad, la idea era que lucieran dignos, elegantes e incluso bonachones.

       A estos les siguió un accidente de tráfico que había llevado a tener dos cuerpos allí postrados y era posible que llegase un tercero del mismo siniestro. Por lo que pudo leer en el informe, el conductor, una víctima varón, iba ebrio y se había llevado, además de su vida, la de su esposa. La hija luchaba por vivir en la UCI, aunque su pronóstico era muy grave. Apretó la mandíbula de rabia mientras negaba con la cabeza. Los recuerdos de su padre alcohólico acudían siempre a su mente.

      La siguiente cámara tenía el cuerpo de un pandillero acuchillado en una pelea. Era joven, demasiado. Se imaginaba el tormento que habría supuesto para su familia en vida, y ahora en muerte. Tenía la piel completamente tatuada. Las heridas habían sido certeras al corazón y a varios órganos vitales. Al menos, todas las lesiones podrían ocultarse con la ropa.

        Cuando había terminado la mitad de los cuerpos, ya pasaban de las cinco de la tarde, y decidió que era hora de parar a comer. No había sentido apetito en toda la mañana y prefirió esperar a llegar a la mitad del trabajo, por lo menos. Salió a la azotea del edificio; le gustaba sentarse allí, alejada del ruido, del mundo.

     Repasó mentalmente el mensaje de Carlos, su novio. La cosa no iba bien y ambos lo sabían. Evitaban mantener contacto visual para que ninguno se viera obligado a dar el paso. Sin embargo, aquel mensaje era un adiós. Lo sabía. Durante unos minutos recordó aquellos momentos felices, que le parecían muy lejanos en el tiempo. Poco a poco, los dos se habían ido sumergiendo en sus trabajos, llevando su relación a una rutina que había matado el amor y la pasión inicial.

      Llevaba la mitad del sándwich solamente, pero ya no le entraba más. Lo envolvió en el resto del papel de aluminio y se lo metió en el bolsillo. Volvió a la sala. Abrió el siguiente expediente. Causa del fallecimiento: politraumatismo debido a una caída desde una gran altura. Al parecer, había ingerido alguna sustancia y se había proyectado desde el balcón de un hotel en el centro. Recordaba haber escuchado algo sobre el caso en las noticias del día anterior. La verdad es que, cuando vio el cuerpo, escribió en el informe “Se aconseja ataúd cerrado” e hizo lo que pudo. No le dedicó mucho tiempo porque no había forma de evitar que aquello destrozase a los familiares.

   Continuó con los otros tres cuerpos con premura. Dos de ellos serían incinerados y, además, pertenecían a los servicios fúnebres municipales, por lo que se trataba de personas sin hogar o sin familia. En todo caso, los trató con el mismo mimo y respeto, recortando las barbas y los descuidados cabellos.

      Cuando sacó el último cuerpo, miró el reloj: no faltaba mucho para las once de la noche. De nuevo salía tarde de allí. Abrió despacio la bolsa que cubría el cuerpo, descubriendo a una joven de una belleza inaudita. La palidez de su piel hacía que pareciese una ninfa de porcelana. Su delicado rostro estaba enmarcado por una lacia melena negra. Tenía los ojos cerrados y su boca parecía mostrar una mueca de alivio. Quizá su muerte le había dado, por fin, una paz que no había sabido encontrar en vida.

       Con suma delicadeza pasó la esponja enjabonada por su cuerpo. La secó y perfumó. Planchó su pelo y pintó sus uñas. Sus facciones eran tan bellas que apenas necesitaba un poco de rubor en las mejillas y brillo en los labios para conseguir que pareciera que el calor de la sangre en sus venas y la inocencia de su juventud todavía insuflaban vida a su cuerpo. Tomó ambos productos del carro del maquillaje. Desechó la idea de utilizar ninguna sombra, ya que, al tener los ojos cerrados, parecía que dormía plácidamente. Aplicó el brillo de labios de un tono natural y subió hacia las mejillas, dispuesta a aplicar el rubor.

      Sin embargo, por primera vez, algo la asustó de verdad. Aquellos ojos ahora miraban al techo: sin vida, sin brillo, fijos en el infinito de un mundo al que ya no pertenecía y, sin embargo, allí estaba. Jamás olvidaría aquella mirada.


miércoles, 21 de mayo de 2025

Chiquillos

          Desde que nací había sido el ojito derecho de mamá. Hasta que aquel mocoso llegó a casa, yo era el dueño de todo el tiempo y las sonrisas de mamá. Disfrutaba de toda su atención. Cada nueva meta que alcanzaba se convertía en una fiesta de abrazos y besos y, por supuesto, de obligada repetición ante papá, los abuelos y cuanta visita viniera a verme.

        Porque sí, porque era a mí a quien venían a visitar, y siempre me traían chucherías de todo tipo: chocolates, bolsas de aperitivos, caramelos… Incluso, en contadas ocasiones, juguetes. Yo lucía mi mejor sonrisa y pronunciaba un "gracias" de esos que dejaban a los adultos con cara de lelos, mirando el hueco de mi primer diente caído. Luego, mi primera bata del cole de mayores, después mis primeras notas, mi mochila de mayores…

        Una tarde de verano —y lo recuerdo muy bien porque estaba disfrutando del reflejo del sol en el agua de la piscina de casa—, mis padres me llamaron. Me hicieron salir del agua, cosa que no me gustó, aunque pensé que sería para ofrecerme un helado, así que intenté cambiar el morro de enfado por una mirada curiosa hacia la mesa. No vi el helado, así que volvieron los morros.

        Mi madre me miraba muy fijamente y se reía de mi cara de ancianito. No lo entendí, por lo que al morro fruncido le acompañaron las cejas bajas. Yo quería volver al agua; además, empezaba a tener frío mientras notaba el agua resbalando por mis piernas.

      —¿Te cuento un secreto? —la miré embelesado. Aquella pregunta podía ser mejor aún que el helado. Esperé allí, expectante, a conocer ese secreto que hacía que mi padre también sonriera como un tonto. Dios, aquel helado debía de ser impresionante—. Vas a tener un hermanito.

        No sé la cara que debí de poner, porque estaba demasiado preocupado en volver al agua si no iban a darme ningún premio por haber salido de la piscina. Mi padre me hizo una foto en la que yo miraba a la piscina. Aquel hermanito ya empezaba mal.

         Conforme la tripa de mamá parecía una pelota, ella empezaba a sentirse siempre muy cansada para jugar conmigo. La gente venía a verla a ella y no a mí, y de las bolsas de regalo ya solo salía estúpida ropa de bebé.

      El día que mamá volvió del hospital con mi hermano, yo decidí hacerme pis encima. Era mi bienvenida a aquel niño que no hacía nada más que dormir y que no sabía ni sumar dos números. Cuando, con el tiempo, consiguió mantenerse sentado —ya que solía caerse de espaldas el muy tonto—, mis padres aplaudían y le hacían mil fotos. Me puse de pie y le empujé un poco hacia atrás, y volvió a caerse. Yo estaba seguro de que era porque le pesaba mucho la cabeza. Mi madre, sin embargo, se molestó conmigo y me llevó a "la silla de pensar", que no solía visitar mucho hasta que él llegó.

       Conforme pasaron los años, empecé a verle un poco la gracia a eso de tener a alguien con quien jugar, y me iba cayendo un poco mejor. Incluso, cuando comenzó en el cole de mayores, yo dejé de jugar con mis amigos para vigilar que nadie le hiciera nada. Era mi hermano pequeño, era mi deber. O así lo entendí yo.

       Yo ya tenía doce años cuando, una mañana de sábado, se me ocurrió jugar con mi hermano al escondite. La idea era que mamá y papá no lo encontrasen. El problema era aquella risa suya tan aguda y contagiosa que siempre lo delataba, así que le puse un pañuelo bien atado en la boca. Se me ocurrió que el mejor sitio para esconderlo era bajo mi cama, metido en el canapé.

       El juego debía empezar cuando mamá me llamó a voces para que me acercase a la tienda de Matilde a comprar el pan. Iba a explicarle el juego, pero pensé que eran unos minutos y que, al volver, seguiríamos jugando.

       Con las prisas por ir y volver, crucé sin mirar, y el estúpido coche del vecino chocó contra mí. No recuerdo mucho, porque todo se apagó, y cuando desperté, estaba en el hospital. Mi madre había envejecido como mil años y mi padre tenía los ojos tan hinchados de llorar que me costó reconocerlos.

        Estaba confuso. Cuando conseguí hablar, les pregunté por mi hermano, y aquello provocó de nuevo el llanto de mis padres. Al parecer, había desaparecido. La policía creía que debía haber salido detrás de mí a la calle y se había perdido, o alguien pudo llevárselo.

        Pregunté, nervioso, cuántos días llevaba en el hospital. Tres. Llevaba allí tres días.

      Me entristecía la desaparición de mi hermano más de lo que me había imaginado jamás. Recordé cómo me divertía jugando con mi hermano… Jugar… Escondite. Dios mío.